Parador

Un salón rústico, venido a menos, pero dentro del cual relucen aún detalles antiguos, vestigios de su antiguo señorío. Losas de barro bailadas por invitados de renombre gastado y vestidos coloreados. Camareros cansados desfilan entre nosotros mientras bailamos y reímos, ajenos por un día a su cotidiana profesionalidad. Música profana, nostálgica a ratos, hace que el día se alargue y llegue la tarde sobre las cimas y la noche se extienda sin estrellas sobre los campos.

La comida copiosa ya recogida, las copas abandonadas apenas dados dos sorbos, ráfagas de viento serrano refrescando nuestras caras palidecidas tras meses de encierro; atrás quedan los temores del mediodía.

Me gustaría tener un minuto para convertirme en espectador de esta escena atemporal desde lejos, algo así como el dron que nos filma, invitado inesperado a esta fiesta clandestina. Pero enseguida busco tus ojos y tus labios, ya míos, ya nuestros hasta el amanecer.

Pandemia

Al final, la pandemia, como cualquier  tormenta, cataclismo o catástrofe natural, es una cura de humildad para toda la humanidad, y en especial para aquellos imbéciles que consideran que el control de lo incontrolable es algo posible, o que han hecho de su profesión el aparentar hacerlo o el tener la varita mágica para prometerlo.

Protocolos improvisados, medidas absurdas, demonización de las reuniones familiares; de los encuentros entre amigos y de las celebraciones de las grandes etapas de la vida, para mucha gente único consuelo entre duras y largas jornadas de trabajo. Buscar y denunciar causas de contagio en lugar de hacerle frente.

El problema no es la gente, ni tan siquiera el virus, sino la mentira e hipocresía comunes de la sociedad enfermiza en la que vivimos confinados.