Barqueta

No pensé al principio que aquel coche parado en medio del puente señalaba mi destino. Nunca pensé que viviría tres años completos frente al escenario donde Sevilla creció y murió al cabo de un ejercicio. Ni que aún me quedan dos años más por enfrentar y aprender de ellos, ya bastante más al sur, río abajo.

El centro siempre ha sido como un pueblo, donde la vida se desarrolla a pie de calle. Donde lo mismo ves a un niño jugar en su cuarto al pasar frente una ventana como una pierna cruzada sobre otra encima de un colchón, con un portátil despidiendo colores entre las rodillas, en plena vida de hogar sin posibilidad de ocultación salvo cerrando las persianas.

Mi vida siempre ha sido una vida de despedidas y traslados, de mudanzas y viajes sin intención de asentarme en ninguna parte. Siempre he vivido bajo la sombra de una nostalgia errática, con el murmullo entre los oídos del adiós, con la certeza de que nada es para siempre. Y sin embargo siempre añoro lo que dejo atrás, quizá más que nadie en este mundo girante. Y nunca he echado más de menos que mi primer hogar y su entorno inmediato, a pesar de haberlo odiado durante muchos años.

Sevilla, siempre rancia, siempre eterna.

Carretera de Utrera

Anoche, al acercarme a la incorporación para subir a la SE-30, tuve por un momento la tentación de seguir adelante, sin desviarme a casa, y terminar por adentrarme en la oscuridad más absoluta para perdernos por los campos, con un destino un tanto incierto.

Quizá me sorprendiera la lluvia durante el camino, palpando el volante casi a tientas, intuyendo el trazado de la carretera, hasta que me cegara el sol naciente subiendo tras las Cordilleras Béticas y envolviéndolas de oro.

Durante un segundo tuve aquel sueño, estando aun despierto. No obstante, torné finalmente a la derecha en el último momento y dejé a un lado mis ensueños para otro día, espero que no muy lejano y ciertamente más afortunado que ayer.