Las Abiertas

Parecen hechas de un sueño inmaterial, esculpido sobre roca dura, concebido bajo una noche oscura. Pero solo son de tierra, una tierra sorprendentemente fértil en estas latitudes tan meridionales, una tierra que se extiende en la lejanía, abierta como la palma de una mano, descendiendo lenta y sinuosamente hacia montañas con formas irregulares. Conforman una planicie alta, a más de doscientos metros sobre la altura del mar, envuelta de aire limpio y bajo un sol duro, áspero y blanquecino, que enrojece la piel y aviva los sentidos. Por sus venas corren ríos y arroyos de agua a ratos verde, raras veces fangosa, curso arriba helada como el cristal.

Aquí, a pocos pasos del hogar, nuestro hogar, huele a verano eterno, incluso en invierno.

A través de la noche

Llovía, pero no alcanzaba a divisar más gotas que aquellas trenzadas en un filo hilo anaranjado bajo la farola más cercana. Alrededor, noche oscura y estrellas invisibles; largo tiempo hace ya que perdieron el brillo sobre las ciudades, y hoy día empieza a ser incluso difícil distinguirlas en las afueras debido a la contaminación lumínica. Pocos son ya quienes las miran, ya apenas se les presta atención. Y sin ellas no hay esperanza posible, solo una noche vacía aguardando que llegue un alba pálida que filtre un poco de luz, tan necesaria, entre la cada vez más densa polución que nos hace perder, poco a poco, el olfato y por tanto el gusto, mientras el persistente ruido va terminando con nuestros oídos.

Algunos hombres crecieron mirando las estrellas, aprendieron a orientarse bajo los astros siempre inmóviles, aun a ciegas, aun en medio de la penumbra. Nadie les mira, nadie les escucha sino para reírse, para burlarse quizá con momentáneo y vano alboroto, pero ellos siguen dando órdenes en silencio, su gran aliado, y trazando mapas que puedan tal vez ayudarnos a guiarnos bajo la oscuridad, a tientas, cuando se hayan desgastado todos nuestros demás sentidos.