Sevilla

Siempre tuviste los ojos y los oídos bien abiertos, mas sabías cuando cerrar la boca para tu conveniencia, aunque de cuando en cuando se te escape apenas un sorbo de lo que deseas, no de lo que piensas; tienes cara de pensar mucho mientras hablas conmigo, pero no estoy seguro de que lo hagas, aunque si lo hicieras nunca sabría de qué se trata.

Por tus calles estrechas y sinuosas abundan las tiendas de colores, objetos antiguos e inútiles y retazos de modernidad igual de inservibles. Pero reconozco que hay cierta magia en el aroma de tus naranjos, en el azahar, y en el brillo del sol sobre el agua al caer la tarde.

Hablas con uno y otro, ávida de compromiso pero llena de mil y una dudas, porque en fondo lo que quieres es fama y dinero, en eso no tienes nada de diferente a las demás capitales de provincia. El vestido de flamenca no te distingue de otra andaluza más que el de una arlesiana a otra provenzal. Solo lo luces una semana en la que el tiempo pasa volando, sin consecuencias importantes.

Te haces de rogar para entrar en tu vida, para dar a conocer tus defectos y vergüenzas, pero, al final, resultas ser un montón de azulejos rotos, coloridos por delante, toscos por detrás.