El hotel del fin del mundo

Es una tarde con una luz similar a aquella otra de nuestro enlace, pero mucho más fría, ya puestas las flores de Pascua sobre las mesas vestidas con manteles de color vino, y la enorme chimenea doble encendida, calentando el gran salón encalado y vacío, recubierto de vigas. Me recuesto sobre uno de los vencidos sofás y sueño durante media hora que me parece eterna, frente a un café humeante acompañado de un paquete de azúcar con cita.

En mi sueño hay un padre orgulloso de ver a su hija casarse con un hombre de origen incierto, sin apellidos distintivos, pero con una ambición desmedida por vivir la vida que nunca le dejaron tener. No sabe que apenas un año más tarde la misma vida le traerá un nieto que portará su nombre y que será la viva imagen de sus comienzos. Si lo supiera, le diría a aquel niño que no creciera nunca.

Al abrir los ojos te veo a ti y a nuestro hijo y sonrío, repleto. El sol cae en dirección a Sevilla y la última noche de estos dos duros años llega inexorable. Mañana amaneceremos en Cádiz, como debe ser.

Polo

Fue nuestro primer bólido de carreras. Mi tío Pepillo, propietario de un desguace ubicado en algún lugar incierto de los alrededores de la ciudad, lo tuneó apropiadamente para su época y le colocó unos altavoces que realzaban la música de casete que entraba por la antena colocada sobre el capó con alegre altanería. Un coche pequeño, lento, pero que para nosotros era de categoría. Durante más de una década soñé con poder conducirlo, sabiendo que el día que lo consiguiera entonces me habría hecho mayor, siendo al menos semejante a mi padre, a quien tanto admiraba y temía.

Dos décadas después, mi tío político, portador del mismo nombre que el modelo del coche de mi padre, me cedió un automóvil apenas usado, similar en tamaño y prestaciones, con la única salvedad de que el cuentakilómetros llegaba hasta 200 km/h, cosa que antes del cambio de siglo no era tan frecuente en un utilitario de aquel formato. Lo exploté al máximo, otorgando a aquel vehículo, tanto tiempo inmóvil y olvidado, una segunda vida, llegando con él hasta todas las provincias de mi tierra, antaño pobladas de caballos. Buscaba sus límites sin encontrarlos; puse a menudo mi vida en compromiso a través de riscos y cuestas que el motor apenas si alcanzaba a superar, pero siempre obteniendo la alegría de volver sano y salvo a casa después de cada aventura recorrida por los campos de Andalucía.

Para mí el automóvil representa el intento humano de romper las fronteras puesto al alcance de la clase media, o al menos eso fue durante buena parte del siglo XX. Al mismo le debemos casi tanto como los marinos mediterráneos a sus carabelas o los pilotos de correo transoceánico del periodo de entreguerras a sus viejos aviones de hélice. Todos los vehículos son instrumentos de libertad.

Don

Durante incontables y largos años, un plazo que ahora parece brevísimo y remoto, viví sin conocer el dinero. No tenía idea, ni siquiera aproximada, de su valor ni de las posibilidades que ofrecía, y no le otorgué interés alguno. En lugar de ello, me refugié en las palabras, a la vez preciosas y útiles, como reliquias con las que podía plasmar ideas y ensueños míos —quizá no míos del todo, tal vez en parte inspirados por otras fuentes— y comunicarlos a otras personas, aunque mi intención era tan solo darles forma, no compartirlos en primera instancia. Más tarde me vi obligado a emplear las palabras, aquellos tesoros puestos durante décadas a buen recaudo en lo más profundo de mi interior, para fines lucrativos y comprobé el poco valor que tenían para el mercado aunque para mí lo fueran todo o casi. Maldije aquella vanidad y estupidez creada en mi opinión por personas huecas y sin escrúpulos, que juzgaba sin conocer plenamente. Pero el paso de los años me hizo darme cuenta de que, fuera de las palabras, más allá de las metáforas, recursos literarios y descripciones, lo que queda es la vida. «Unos viven y otros escriben», me dije.