Hartazgo

Vivimos tiempos difíciles, ¿pero acaso fueron fáciles alguna vez para el común de los mortales? La inmensa mayoría de nosotros luchamos por sobrevivir en medio de este loco mundo y tal vez por poder alzar algo la cabeza sobre el lodo mientras los de más arriba, los de siempre, se ríen de nuestros duros esfuerzos. Pero, tras años peleando contra la precariedad legalmente instaurada con el beneplácito de los corruptos, finalmente ha llegado uno de esos momentos en los que sale a cuenta resistir un poco a imposiciones sin fundamento pero aun así firmes, y a superiores idiotas con evidentes complejos de inferioridad, porque si hay algo que casi todos tenemos en común es que la mayoría estamos desde hace poco más de dos años hasta los cojones de todo, aunque solo los más íntegros (no por ello más afortunados) estamos quizá dispuestos a reconocerlo.

Ya no nos valen las instrucciones manidas diseñadas por coaches y gurús de tres al cuarto sobre los entresijos de la mente, ni nos contentamos con buenas palabras o promesas verbales para un futuro vertiginoso que ya nadie puede prever. La vida es bastante más dura y costosa de lo que era hasta ahora, y todos los que hemos sabido perseverar y llegar a apreciarnos a nosotros mismos, sin excepción, reclamamos más por mucho que nos lo echen en cara los que más nos deben.

Lo económico, al igual que el tamaño, sí importa, especialmente en este sistema impuesto. No creas jamás en lo que dicen los vendehúmos. Los problemas no son oportunidades, sino inconvenientes que suponen esfuerzos extras raramente compensados. Nadie te ayuda cuando te ves en la mierda más absoluta, porque es entonces cuando te conviertes en símbolo de lo que todos temen aunque no lo admitan: el fracaso total es el último tabú aún no vencido del siglo XXI. La salud y el amor son las preocupaciones siguientes a verte sin nada; para poder tomarte el lujo de inquietarte por quimeras semejantes primero has de tener un apoyo sobre el que permanecer visible en el tiempo, apoyo que rara vez construye uno mismo, pero que siempre está en peligro de hacerse añicos.

Tótem

Refugio es como se suele llamar aquel lugar escogido donde uno se siente momentáneamente a salvo y recupera fuerzas para enfrentarse al presente, pero siempre con vistas al futuro, un futuro que parece más próximo que nunca mientras estemos allí. Para muchas personas, refugio es sinónimo de rodearse de personas cercanas en beneficio propio, pero quienes conocemos bien a los seres humanos nunca pondríamos toda nuestra esperanza en uno solo de nuestros semejantes. Sin embargo mi refugio no es un único lugar, aunque bien me gustaría que así fuera, sino una región entera, inmersa entre dos antiguos reinos, sobre la cual relucen a lo lejos pantanos entre sembrados, arboledas y dehesas. Por toda ella hay bosques, ríos, cuevas y, por supuesto, montañas. Hay balaustradas de color blanco reflejadas contra el atardecer serrano y gente alegre de piel morena con acento que sonríe ante las adversidades sin cambiar su carácter.

Es un breve aroma a flora sobre un suelo limpio de barro; es un caserío olvidado de piedra en lo más alto de los llanos. Es un antiguo campamento de niños abandonado hace años sin motivo aparente. En el centro del fuego hay un tótem de madera: un canto del hombre a los poderes superiores y eternos de la naturaleza, la aceptación de que nuestro control sobre ella será siempre parcial y temporal, al igual que lo es con la vida y con todo lo que nos importa, por mucho control que queramos ejercer sobre ello. Es aroma a sol y frescor de fuente de agua cristalina corriendo bajo adelfas. Es salitre y arena negra entre los dedos de los pies, es el rumor del mar por la noche. Es también un piso antiguo y desvencijado, lleno de recuerdos, con vistas al monte coronado y a una antigua gruta inhabitada.