Después de la tormenta

Al poco de que cayera casi toda la oscuridad del cielo llegaron juntos el sol y la calma. Una abubilla bebía de un charco que reflejaba la vía del tren bajo la última luz del día. Dos niños caminaban dando tumbos en torno al agua estancada, a riesgo de mojarse los pies o ensuciarse de barro.

Al fondo, en la no tan distante lejanía, se veía la granja, los últimos campos que la ciudad aún no había conquistado por extenderse sobre el lado virgen del río.

San Eloy

Es mi lugar preferido en Sevilla para realizar breves actos de contrición, tanto si la culpa fue mía como si no, nunca me queda del todo claro, si es posible mejor con una cerveza en la mano y un serranito en la otra; el resto de las tapas y en especial las tartas vegetales no las aconsejo. Te sientas en esas escaleras de azulejos, incómodas, a esperar a que llegue tu adversario, porque no cabrías sentado en la planta de arriba, la cual es solo es medio piso. Y allí esperas lo que el destino y tu buen hacer os deparen a ambos durante unas cuantas horas.

Es en ese lugar donde quedas con quien durante años no quisiste ver, contra quien tenías toda clase de argumentos vomitivos y cargabas todo el peso de tu fingida indiferencia. Porque la indiferencia siempre es fingida, los humanos somos curiosos por naturaleza y nada es invisible a nuestros ojos salvo por ignorancia. Pueden pasar los años y aún recordamos los dos apellidos y el día en que nació esa persona por quien nos afanamos en no volver a cruzarnos. Pero quizá no fuiste tú el primero en dar la espalda, quizá te hicieron el vacío primero, cosa muy frecuente en estos tiempos insulsos.

No obstante, con el paso de los años me ha quedado bien clara una irrefutable verdad: los amigos no se pierden, se dejan marchar.