Artículos

A propósito del blog

Desde hace varios años —tres o cuatro creo recordar— la llegada del verano coincide con un momento inventivo poco habitual en mí. Los síntomas se resumen en una gran ebullición en el interior de mi cabeza a la que tiendo a responder siempre del mismo modo: coger una hoja cualquiera, en blanco, virtual o de papel, y tratar de plasmar en ella lo que me atormenta con tanto ímpetu. Pero he aquí que comienzan los problemas. Las dudas. Las vacilaciones al emplear algunas palabras que no domino del todo. Las descripciones imposibles. Párrafos que se repelen. El bloqueo. La hoja en blanco que habría querido mancillar con palabras o garabatos se me resiste.

Me entran ganas de hacerme un blog. Tal idea proviene de un fuerte deseo de tener un espacio donde compartir todo lo que me pasa por la cabeza. Al principio le dedico horas que se me antojan preciosas. Me invade la alegría, y de noche soy presa del insomnio. El blog en cuestión —ya ha tenido varios nombres— dura apenas un mes. Llegan los problemas cotidianos que todos tenemos, y la falta de tiempo consecuente. Cada minuto dedicado al blog parece perdido. Las entradas ya no me parecen interesantes. Tengo la impresión de derrochar ratos enormes de mi tiempo en una mierda como una catedral. Una mierda que además nadie lee. La desilusión me puede y lo termino borrando.  Y es decepcionante ver cómo acaba una historia casi al momento mismo de empezar. Me pregunto por qué un deseo intenso como aquél se me enfría tan pronto. Y la respuesta a esta cuestión es vaga.

Conocerse a uno mismo, ver y reconocer dónde están tus límites, así como descubrir lo que uno quiere realmente hacer con el regalo de la vida, en el fondo, no es tarea fácil. En absoluto. Es entonces cuando uno echa la mirada atrás y busca lo que realmente le motiva a seguir viviendo, lo que hasta ahora ha dado sentido a su vida. Los deseos, las personas queridas, los aspiraciones… Los sueños en definitiva.

Escribir un viejo sueño que abandoné parcialmente durante mi formación universitaria. Desde hace ya cierto tiempo he querido retomarlo. Y me he puesto manos a la obra. Me ha costado recuperar algunos hábitos, como volver a ir empanado por la calle pensando en las musarañas, cosa que acostumbraba a hacer durante mis años adolescentes, de camino hacia el instituto. Cuando entré en la universidad dejé de poner en peligro mi integridad física de esa manera, y opté por dedicarme a leer durante los frecuentes trayectos en autobús y en metro. Ahora que persigo mis antiguos sueños, he vuelto a las andadas, con moderación, claro está, pero lo sigo haciendo. Ando por la calle como un sonámbulo, eso sí, solo cuando nadie me acompaña o no me da conversación. Y escribo sobre lo que pienso, de todos los días saco algo.

Quiero compartir algunas de esas ideas con vosotros. Por eso he vuelto a la blogosfera una vez más, y esta vez he venido para quedarme. Cada palabra escrita, cada nueva entrada en este espacio, es una victoria contra mi gran enemigo y mejor aliado: el papel en blanco.

Para empezar a escribir hay que leer

Mi infancia no fue todo lo normal que puede decirse, si bien no recuerdo haber hecho cosas demasiado raras, como hablar con las serpientes en el zoo o crucificar sapos. Hay cada elemento por ahí que sí que lo hace… Pero es cierto que no hacía todo lo que se supone que uno debe hacer a edades tan tempranas. Por ejemplo, jugar al fútbol en el recreo, el divertimento absoluto. A mí en cambio me gustaba leer, y leía muchísimo. Más que la mayoría de mis compañeros de clase, algunos de los cuales solo lo hacían por obligación del profesor. Yo me moría de gusto; quería devorar entera la biblioteca que teníamos en el aula. Me recuerdo con el libro por debajo de la mesa durante las pesadas clases de Matemáticas y Lenguaje. Más de una vez me pillaron, y descubrí que no siempre lo hacía de forma intencionada. Una de esas veces me encontraba tranquilamente en mitad de un cuento sobre un fantasma que se aburría en su castillo, y hete aquí que el profesor me llama por mi nombre. Al ver que no respondo, se acerca a mí, me arranca el libro de las manos y diagnostica mi caso en voz alta: “Jesús es un buen lector, pero a veces con la lectura se emboba y no se entera de que la hora de leer se ha terminado”. Enrojecí —pienso— hasta las orejas, pero me percaté ya por aquel entonces de que algo me distinguía del resto. Y ese algo no era necesariamente positivo, podía derivar en un serio problema. Para empezar, eso me hacía raro a los ojos de los otros. Pero podía incluso tratarse de algo peor, que estuviese pirado, por ejemplo. No me atrevo a descartar ninguna posibilidad.

La célebre Historia interminable de Michael Ende comienza con un capítulo que me encanta y que he leído infinidad de veces. En él, Bastián, un chico gordo y poco sociable, cuenta un poco su vida a Karl Koreander, un librero gruñón que vende libros de segunda mano, costumbre, como todos sabemos, muy alemana. Bastián explica que sus compañeros de la escuela le llaman “chiflado”. El librero le pregunta por qué. Bastián contesta que le gusta inventarse “historias, nombres y palabras que no existen”, y que a veces habla solo. En efecto, el muchacho no es lo que se dice muy normal, pero su caso tampoco me parece tan raro hasta el punto que haya que putearle continuamente. La gente que inventa y escribe por afición existe, y algunos incluso llegan a dedicarse profesionalmente a esta actividad. Raro y poco frecuente no son lo mismo. Ni tampoco excepcional.

Es cierto que a mucha gente no le apetece leer. La televisión, Internet, la música, las películas y la fiesta son cosas que requieren menos esfuerzo que coger un libro y tratar de entenderlo, sobre todo si se trata de un tostón. Con los niños pasa igual; muchos de ellos solo quieren hacer aquello que se les antoja en cada momento. Esto no es negativo en sí, pues forma parte de nuestra naturaleza. Estamos orientados hacia el placer. Si por nosotros fuera, pasaríamos las horas cultivando nuestras aficiones favoritas o dando rienda suelta a las pasiones más ardientes que cada uno alberga en su interior. En el caso de los niños, la pasión dominante suele ser el juego y las chuches; la mente adulta es más compleja, y todo depende en gran medida del modo de vivir y de las ambiciones personales, pero el componente sexual suele estar ahí, de alguna forma. Los adultos gozan de muchas más posibilidades; tienen toda una gama de diversiones al alcance de la mano. Pero el exterior nos frena constantemente. El mundo y las personas que lo constituyen nos inducen a realizar acciones concretas: estudiar, trabajar, rezar, comprar cosas, afiliarnos a un partido político, ver una serie de TV, casarnos, tener hijos, etc. No podemos hacer lo que nos da la gana a todas horas; la mayor parte del tiempo que pasamos despiertos estamos condicionados por las estructuras de la sociedad en que vivimos. Por nuestros deberes ciudadanos. Por las costumbres sociales. El placer ha de suministrarse en pequeñas dosis, según nuestras posibilidades de procurárnoslo. No hay elección.

Leer no es la afición más placentera físicamente hablando. Nuestro cuerpo no lo aprovecha. Pero se trata de una actividad que aporta muchísimas cosas al espíritu. Emocionalmente puede alcanzar los mismos niveles que la música. En cuanto al plano intelectual, cunde más que el estudio forzado de materias aburridas, puesto que los conceptos nuevos se asimilan mejor cuando se extraen de una buena historia. Quien quiera entender por fin qué fue la Guerra de los Cien Años, que lea El Bosque de la Larga Espera, de Hella Haasse. Le aseguro que disfrutará mucho más que aprendiendo infinitos nombres y fechas mediante un manual de historia.

Soy de los que piensan que, a fuerza de mucho leer, uno se termina aficionando a escribir sus propios relatos. La lectura aviva nuestra imaginación, la nutre de la misma forma en que el alimento da vitalidad y energía al cuerpo. Y nuestra imaginación, al verse abarrotada, cobra vida propia y empieza a utilizar toda esa materia prima en beneficio propio. Trata de responder al ingreso de ideas externas generando otras ideas a partir de lo que ya hay. Por este motivo no existe ningún autor realmente original: su prestación se basa en una mezcla bien batida de historias que se leen a lo largo de toda una vida, mezcla a la que él trata de aportar cosas que considera nuevas. Para que la capacidad inventiva siga funcionando con normalidad, es preciso seguir añadiendo ingredientes a esta masa informe de pensamientos, ya que la imaginación, al igual que el cuerpo que la sostiene, actúa y mejora mediante una estimulación continua. Por eso para producir hay que leer. Y mucho. Solo así encontraremos la ansiada inspiración que a veces falta.

Un escritor de carne y hueso

Mi primer contacto personal con un escritor tuvo lugar en el primer ciclo de Secundaria, durante una conferencia sobre literatura en el salón de actos del instituto. Habían invitado al zaragozano Fernando Lalana, autor de la novela El paso del estrecho, la cual se había establecido como una de las tres lecturas obligatorias del curso. Se trataba de un relato dinámico, entretenido a ratos, con tintes de novela policíaca y algunas escenas de acción a la americana, es decir, mucho calibre doce y un loco asesino suelto. Y ya de paso se introducían también en ella algunos detalles puntuales de sensualidad, precisamente lo que conviene a unos adolescentes a punto de volverse unos monstruitos impulsivos e insoportables durante el resto de la ESO. Había mucha guasa con el capítulo en que se hablaba de las tetas de la protagonista, una vez que por fin salían a la luz; el fragmento mejor escrito de todos, sin duda. En definitiva, una novela juvenil escrita con el fin de entretener, así como introducir algunos temas recurrentes en las noticias —en este caso la inmigración ilegal— y sin muchas más pretensiones. Pasable.

Durante la semana anterior habíamos estado discutiendo en clase de Lengua qué preguntas hacer al escritor al final de la charla. A mí me encargaron apuntarlas en una lista, formularlas de manera clara y asignar una a cada compañero interesado en participar activamente en la reunión. Había un poco de todo, como: “¿Cuántas novelas ha publicado?”, “¿cuánto ganan los escritores?”, “¿qué hay que hacer para ser escritor?”, etc. Mi preferida entre todas ellas era —obviamente— la que se me había ocurrido a mí: “¿Cuándo descubrió que tenía vocación de escritor?”. Para mi desgracia, no hubo necesidad ninguna de lanzarla al aire, ya que Lalana nos estuvo hablando precisamente sobre aquel asunto durante buena parte de su conferencia.

Llegó vestido con una chaqueta marrón claro. Era de altura mediana y algo corpulento. Tenía una llamativa barba oscura y hablaba marcando las eses, como buen aragonés. Muchos de los que allí estábamos no habíamos visto a un escritor en nuestra vida, al menos no uno que nos fuera presentado como tal y de quien hubiésemos leído algo.

La conferencia fue muy interesante. Para nosotros era todo un descubrimiento tener por delante a un tipo que decía ganarse la vida escribiendo libros, sin más. Yo ya tenía algunas ideas preconcebidas sobre lo difícil que era el mundo literario en términos de beneficios inmediatos. Y a aquel hombre no parecía irle demasiado mal, todo lo contrario, su discurso era muy positivo y alentador. Se consideraba escritor a tiempo completo. A mí, que me gustaba escribir y que tenía un especial interés por aquel afortunado modo de vida, se me pasó volando la hora.

Nos contó un poco su vida, sus comienzos con las letras. Había mandado un cuento a un concurso literario y, a pesar de no ganarlo, su libro llamó la atención de uno de los miembros del tribunal. Le ofrecieron publicarlo en la célebre colección “El Barco de Vapor” de Ediciones SM. Nos mostró el ejemplar en cuestión. Aseguró que siempre lo llevaba en la maleta. Después de aquel pequeño éxito, su carrera como escritor empezó a tomar forma.

Recuerdo también que tardó —según dijo— unos ocho meses en escribir la obra que muchos teníamos en las manos. Nos explicó un poco su forma de diseñar y escribir novelas; el esquema argumental, los borradores, etc. Reconoció que a veces podía ser un trabajo duro y fatigante.

La lección más importante de Fernando Lalana la pongo a continuación, y pienso poder transcribir sus palabras de manera casi o completamente textual, a pesar del largo espacio de tiempo que ha transcurrido desde aquel día hasta hoy: “Para ganarse la vida escribiendo libros no hay que estudiar mucho, pero sí que hay que tener, en cambio, muchas ganas de aprender, ganas de aprender cosas nuevas”. Al principio no entendí bien por qué decía eso; hoy día no solo lo he terminado comprendiendo, sino que he tratado de aplicar esta divisa a mi vida cotidiana. ¿Cómo vamos a poder escribir cosas interesantes si no descubrimos cosas que sorprendan a los demás? Cosas que despierten el interés y la imaginación. ¿Y de qué forma se conocen estas cosas? Leyendo, observando atentamente a nuestro alrededor, escuchando a personas con cultura, con un discurso más rico y elaborado que el propio de las conversaciones cotidianas entre amigos. Y, si se puede, viajando. Hay que viajar mucho; conocer mundo. No necesariamente muy lejos; a veces al adentrarnos en pueblos o urbanizaciones que apenas distan de nuestra casa treinta kilómetros podemos hallar material interesante. Anotar todo aquello que nos haya llamado la atención. Toparnos con cosas nuevas que choquen con nuestra rutina, con lo ya conocido y visto hasta la saciedad. Desde luego no es una profesión aburrida.

Al final subimos todos al estrado a que nos firmara el libro. A cada uno de mis compañeros les preguntaba cómo se llamaban y sus nombres le recordaban ciertos personajes de sus novelas. Usaba muchos nombres. Había escrito sobre un tal “Ernesto”, un “Paco”, pero no un “Jesús”. Mi nombre le sorprendió un poco; no parecía muy acostumbrado a oírlo. No me hizo pues ningún comentario especial, tan solo me estampó su firma en la primera página con una simple dedicatoria. Y sin embargo, a pesar de aquel último momento un tanto decepcionante disfruté mucho de aquella mañana enriquecedora. Fernando Lalana me dio, sin saberlo, consejos y ánimos que he marcado a fuego en mi memoria. Consejos que hicieron cambiar poco a poco mi vida, sin que me diera del todo cuenta.

Libros infantiles/juveniles que pueden cambiar peligrosamente tu vida (o la de tus hijos)

Hoy quiero hablaros de distintos libros que comencé a leer desde pequeño y que me marcaron de una u otra manera. Los puedo considerar culpables en buena parte de mi adicción por la lectura y del intenso placer que experimento al escribir mis propias historias. Son libros con los que he crecido; mis favoritos entre aquellos que las diferentes bibliotecas municipales de Sevilla podían proporcionarme. La mayoría de ellos están integrados en grandes colecciones y tienen bastante fama, aunque siempre me ha resultado difícil encontrar a gente que los haya leído todos. He preferido hacer una lista por autores para clasificarlos de alguna manera nítida:

Enid Blyton: autora inglesa famosa en el mundo entero. Sus libros han sido traducidos a cerca de 90 idiomas. Una gran parte tratan sobre grupos de chicos y chicas que viven aventuras y juegan a ser detectives. Es precisamente a partir de las obras de Blyton que esta temática se ha popularizado. Un buen día empecé con un tomo de la serie Siete Secretos, y no cesé hasta leerlos todos. Se leían en un suspiro; los misterios por resolver en cada historia me fascinaban sobremanera. Poco después hice lo propio con su serie de aventuras más famosa: Los Cinco. Fue otro flechazo, aunque esta vez se trataba de libros un poco más extensos y serios. Los protagonistas, Julián, Dick, Ana,Jorge y Tim son tan entrañables que más de una vez he identificado a ciertas personas que conozco con cada uno de ellos. Son unos aventureros natos y los misterios a los que se enfrentan son aún mejores que los del Club de los Siete Secretos. Una delicia de lectura infantil. Eso sí, se pasan el día entero comiendo. A Blyton le encanta describir comidas familiares y picnics. Si te pones a leer a Los Cinco un sábado por la mañana sin haber desayunado previamente —como solía hacer yo—, lo puedes pasar francamente mal.

Disfruté de momentos muy agradables leyendo aquellas historias y tratando de descubrir quién era el malo malísimo antes que los propios protagonistas. Algunos han acusado a Blyton de ser poco original y bastante repetitiva, y una vez que examinas su obra con ojos de adulto admites que posiblemente sea cierto. Pero un niño no se da cuenta, y se vuelve fácilmente adicto a estos libros. Es como una droga. Algo especial tiene. Porque casi ninguno de los cuantiosos autores que han tratado de imitarla posteriormente me han convencido.

Roald Dahl: otro fenómeno inglés. Tiene bastantes cuentos fantásticos y divertidos como Matilda, Charlie y la fábrica de chocolate, James y el melocotón gigante, Las Brujas, Danny el campeón del mundo y El Gran Gigante Bonachón. El estilo de este narrador es dinámico y entretenido. Nunca me he aburrido leyéndole. Además, tiene un sentido del humor francamente bueno, así como una imaginación que sobrepasa los límites de lo corriente (melocotones voladores del tamaño de una casa; un gigante que sopla sueños a los niños por medio de una trompeta…). Junto a Enid Blyton, se trata del autor literario que me ha hecho pasar los mejores ratos en el sofá de mi casa durante mi infancia, algo que no es poco. Cuando crecí y empecé a interesarme un poco más por su vida descubrí dos pequeñas autobiografías suyas, Boy (relatos de infancia) y Volando solo, que no están nada mal. Cuando crecí un poco más y comencé a leer en inglés, encontré igualmente una serie infinita de relatos cortos escritos por Dahl que me parecieron igual de buenos y chispeantes que los cuentos citados más arriba.

Julio Verne: ingenioso autor francés del siglo XIX. He de matizar aquí que las obras que tanto me gustaban de él y que leía varias veces al año no eran las originales. Mis padres me habían comprado una colección de libros adaptados para lectores jóvenes (de la editorial Susaeta). Fue bastante más tarde, cuando me atreví a leerle en francés, que me di cuenta de todos los detalles que me había perdido de sus historias. La Isla misteriosa se convirtió desde el principio en mi tomo favorito; es como un Robinsón Crusoe, pero en equipo. Se trata de literatura juvenil en el sentido estricto, pero yo le descubrí muy pronto, antes de que me saliera bigote. A pesar de la existencia de ediciones adaptadas, se notan mucho las convenciones estilísticas de hace dos siglos, cuando aún no existía un sector editorial potente especializado en literatura para niños. El vocabulario es elaborado, pero la acción constante compensa estas dificultades. Verne era un hombre versado en ciencias, y siempre dedica un capítulo o dos a cuestiones técnicas sobre los artilugios novedosos de que se hablan en cada novela. Tales capítulos se pueden saltar perfectamente durante la lectura si nos resultan demasiado pesados sin que pase absolutamente nada. La mayoría de los protagonistas son personas adultas —hombres mayoritariamente— que se convierten enseguida en modelos a seguir para los jóvenes lectores. El valor es la principal virtud que se transmite en estas obras.

Thomas Brezina: autor austriaco (siempre lo creí alemán) que sigue la estela de Blyton en un mundo más parecido al actual. La tecnología y lo sobrenatural son temas que le apasionan. Sus libros son interactivos; el lector debe averiguar datos o hallar pistas ocultas a lo largo de la lectura para obtener una puntuación final. A mí me fascinó inmediatamente este sistema, que representaba un cambio drástico con respecto a todos los libros que había leído hasta entonces. Un ejemplar del Equipo Tigre cayó por casualidad un día en mis manos y me produjo un efecto parecido a Los Cinco, si bien supe reconocer de inmediato que la calidad literaria era menor que la de Blyton. A Brezina no se le da bien describir sentimientos o hacer cosas complicadas con el lenguaje. Pero tiene un enorme talento para inventar escenarios terroríficos o aparatos de tecnología avanzada. Su estilo recuerda muchísimo al cine de acción. A mí me inspiró para incorporar a mis primeros cuentos materiales adicionales, como sobres de papel con pistas dentro.

C.S.S. Lewis: autor inglés, creador de las célebres Crónicas de Narnia, en las cuales la magia, el honor y la inocencia son los principales ingredientes. Tuve la suerte de leer una de las viejas ediciones de Alfaguara y no la más reciente de Destino, cuya versión me ha decepcionado bastante, ya que a fuerza de cambiar nombres y obviar palabras cultas han empobrecido los textos. Conocí estas historias mucho antes que salieran las películas, y las disfruté de veras. Tienen un toque de calidad que las hace más auténticas que otros libros de la misma temática. La influencia de Lewis en el campo de la literatura fantástica moderna es enorme, y no son pocos los que han tratado de copiarlo —como también ha sucedido con el legado de Tolkien— buscando un éxito que no les pertenece. Por desgracia o por fortuna, muchos de estos imitadores solo se han fijado en los detalles (el elemento fantástico, o lo que viene siendo los “monstruitos”) de las novelas de estos autores emblemáticos, y no han terminado de entender que la esencia verdadera de El Señor de los Anillos y de Las Crónicas de Narnia no es la magia, los dragones o las batallas a capa y espada, sino el aspecto espiritual que tratan de representar por medio de elementos épicos y fantásticos. No se ha de olvidar que ambos autores eran cristianos creyentes y que sus obras están impregnadas de referencias y alegorías a la religión, aunque no siempre de forma directa. Sin esta preocupación por lo espiritual, los libros de Lewis y Tolkien serían muy distintos a los que conocemos. A mí personalmente me encantan estas historias porque me hacen ver aspectos hondos del ser humano de un modo completamente distinto al del resto de libros que me caen en las manos. Incluso me inspiraron inicialmente para escribir un relato que se ha convertido en una maldición particular, pero eso es otra historia que no trataré por el momento.

Angela Sommer-Bodenburg: autora y maestra alemana, conocida por ser la creadora de la serie El pequeño vampiro, libros entretenidos que mantienen una atmósfera algo oscura, pero no cruenta, dado que se dirigen a un público infantil. Lo interesante aquí es ver cómo convierte a los vampiros, seres normalmente monstruosos y diabólicos, en personajes apasionantes, no tan distintos de los humanos. También se trata la cuestión de los mundos paralelos: la noche, que pertenece a los no-muertos, y el día, momento en que se encuentran en trance e indefensos. El contacto entre un humano (Anton) y los vampiros es de lo más peculiar, dado que forjan una verdadera amistad, cosa rara de ver en la literatura tradicional sobre este tema hasta tiempos recientes. Quien haya leído Crepúsculo sin conocer a Rüdiger, Anna y Lumpi, no ha tenido infancia vampiresca. Peor para él. Mala por cierto la película que se hizo en 2000, aunque a la escritora le gustara. Nunca me han agradado en demasía las adaptaciones cinematográficas que resumen toda una colección de libros en un film caótico, especialmente si encima meten a vacas voladoras asesinas como guinda.

J.K. Rowling: la he puesto en último lugar porque mi primer contacto con Harry Potter llegó algo tarde, a los 13 años. La primera vez que tuve un tomo en mis manos (El Prisionero de Azkaban concretamente) no pasé de la tercera página. No sabía si se trataba de un bodrio o de un relato verdaderamente bueno, pero no le di la oportunidad que solía dar a los demás libros que tenía a mi alcance. Tiene gracia, porque pocos años más tarde era totalmente adicto a la serie, y El Prisionero de Azkaban fue el que más escalofríos me dio durante su lectura. Harry Potter es simplemente uno de los mejores cuentos de fantasía infantil que he leído en mi vida. La historia es muy original, magistralmente planteada, y la manera en que Rowling la narra, un verdadero modelo a seguir. Otro día dedicaré seguramente una entrada completa a esta autora y a su obra, tan especial y única.

Este listado es solo una muestra de mis libros preferidos de hace más una década. No es una lista exhaustiva, y no creo que consiga elaborar una con rapidez, pues son muchos los libros que se me han ocurrido mientras redactaba este artículo. Quizá continúe otro día con este tema, pero al menos ya os he dado unas breves referencias de títulos que considero importantes. He decidido presentaros brevemente a cada uno de estos autores porque pienso que son capaces de estimular de forma poderosa la imaginación y la capacidad inventiva de un joven ser humano, así como crear en él un hábito lector. Los recomiendo por tanto de manera pública como buenos libros para dar a nuestros hijos, aunque eso sí, opino que siempre se ha de inculcar a los niños a leer un poco de cada cosa.

Libro electrónico y derechos de autor

El Kindle es un invento que está de moda. El dispositivo de lectura digital sobre el que más artículos se escriben y del que más publicidad se puede hallar hoy en Internet. Las consecuencias de este tipo de artilugios en el sector editorial son objeto de un debate bastante caldeado en los medios de comunicación, sobre todo en línea.

 Antes de decir nada, quiero dejar claro que no tengo Kindle, ni ningún otro dispositivo e-reader. Pero mi hermana tiene uno (un Wolder) y de vez en cuando me deja echarle una ojeada para que descubra su gama de posibilidades. Lo he probado y no me convence demasiado. Es lento para cargar libros y pasar página. La pantalla, además de ser de reducido tamaño, no resulta excesivamente legible, dado que el fondo es de color gris. En defensa del e-book diré que se trata de un modelo estándar y de precio relativamente bajo (130 euros en Fnac). La principal ventaja es su capacidad de memoria; puede almacenar hasta 2 gigas de textos. Pero a mí sigue sin convencerme del todo, por más vueltas que le doy.

El principal inconveniente que encuentro es que la tinta electrónica no me parece un sistema excesivamente cómodo para leer. En cualquier caso, no alcanza el mismo nivel de confort que la tinta impresa sobre papel blanco, la cual se distingue bastante mejor, sea cual sea el tipo de luz que tengamos encima. Y esto, a pesar de lo que digan los publicistas para convencernos de lo contrario, parece que va a seguir así de momento.

Otro elemento que echo en falta en los dispositivos e-reader es el olor a papel. Puede pareceros una tontería, pero a mí me encanta como huelen los libros nuevos. Desde luego se trata de un detalle secundario, pero sumado a todas las características anteriores que considero importantes se vuelve cuanto menos significativo. Como último detalle estúpido os diré también que los libros en papel tienen portadas por lo general más atractivas que las copias en escala de grises que ofrece el e-book medio.

Algunos (o muchos) de vosotros estaréis pensando que soy muy clásico, muy tradicional o incluso arcaico. Los más técnicos me llamaréis “fetichista”. Es posible. Cada uno tiene sus preferencias. A algunos les gusta tener el último modelo en todo, y a otros no les parece tan importante. Pero solo quiero dar mi opinión. Sé que se trata de un tema polémico, y algunos tachan de dinosaurios a los que vemos este sistema con cierta reticencia. A mí, sin embargo, siempre me gustado la informática, utilizo Internet diariamente, consulto páginas webs y prensa digital, escribo un blog y leo muchos otros, y no pretendo en ningún caso hacer una regla general, solo señalar algunos de los problemas que pienso que este asunto plantea.

Es verdad que estos dispositivos nos ofrecen una nueva forma de leer y de acceder a distintos textos de forma automática. O de consultar informaciones adicionales sobre una palabra haciendo una ligera presión sobre la misma con el dedo. Cosas inusitadas hasta hace poco. Pero un libro sigue siendo un libro, por muchas características que se le incorporen. Y los libros, como muchas otras obras artísticas, están sometidos a una legislación como propiedades intelectuales que son.

Los problemas derivados del atentado actual contra los derechos de autor constituyen un asunto espinoso que nos afecta a cada uno, puesto que todos consumimos en mayor o menor medida obras artísticas. Los libros, la música y el cine son productos que tienen un precio, puesto que representan el fruto del trabajo de personas que ganan su vida creando. Quizá a algunos les parezca que no se trata de un trabajo serio, pero puedo aseguraros que un buen escritor, un buen cantante o un buen actor no es una persona vaga por lo general. Y en el caso de aquellas que sí lo son, se trata de gente a la que al menos le gusta enormemente su trabajo, pues tienen que dedicar mucho tiempo y esfuerzo a estas actividades para poder destacar en este mundo altamente competitivo.

El ocio es un sector poderoso económicamente, puesto que el ser humano, como ya he comentado en una entrada anterior, está orientado hacia su placer personal. Placer que busca a toda costa cuando puede hacerlo sin que nadie se lo impida. El arte muchas veces se pone al servicio de la industria del entretenimiento, ya que esta es la mejor manera de obtener beneficios reales.

Internet nos ofrece el modo de procurarnos estos productos gratis, a veces de manera fraudulenta y con el posible riesgo de ser interceptados por las autoridades según los países, o de ser objeto de un ataque de virus informáticos, ya que ciertas páginas webs de descargas son un hervidero. Sin embargo, escaso parece ser el número de personas que nunca se han bajado una película, una canción en MP3 o un videojuego utilizando la Red. Y gratis. Es decir, que no han pagado un céntimo por obtener algo que ellos consideran que no merece la pena comprar.

El agua, la electricidad, el teléfono, el coche, el alquiler, la gasolina y las patatas fritas de bolsa son cosas esenciales para nuestra vida que hemos de adquirir para satisfacer una serie de necesidades, básicas o no. Y a ellas dedicamos una parte considerable de nuestro sueldo. Los precios nos convencerán más o menos, pero no tenemos elección. No todo puede ser gratis; lo hemos querido así. El sistema monetario fue implantado hace siglos y parece funcionar. Aunque no todo se paga, afortunadamente. No existen impuestos por respirar, por caminar por la calle o por usar la boca para hablar. Y hoy en día podemos hasta hacernos un blog y contar nuestros rollos sin pagar obligatoriamente un dominio propio. A mí de momento no me molesta tener escrito “wordpress” en la URL del blog, de modo que no he pagado para que me lo quiten.

Únicamente pagamos aquello que no podemos procurarnos de manera directa. Si algo sale gratis y la forma de conseguirlo está a nuestro alcance ¿para qué vamos a comprarlo? Si hay gente que se dedica a ver los últimos estrenos tranquilamente en su PC sin gastar un euro ¿por qué cojones vamos a ser los únicos tontos en ir al cine o en comprar el DVD? Y con la música pasa un poco lo mismo: Youtube, Spotify, Deezer, Grooveshark, etc., nos ahorran una buena pasta que podemos destinar a nuestras facturas de agua y electricidad o a comprar más patatas fritas de bolsa. A mí me pierden las Lays “receta campesina” y los Doritos.

Las compañías cinematográficas y discográficas pierden muchísimos millones al año debido a las descargas ilegales. Las cifras de ventas de DVD o CD en países como España son de chiste en relación con lo que deberían ser. Pero el cine tiene sus adeptos, a pesar de haberse encarecido de forma escandalosa, en especial tras la implantación del euro. Ver una buena película con los amigos en la gran pantalla es un plan entretenido, sobre todo con un vaso de Coca-Cola y unas palomitas en la mano. Aunque, en mi opinión, la gente solo se pega por comprar entradas para ver los estrenos de películas más prometedoras y caras, puesto que para el resto suelo veo la sala medio vacía. Pero el cine funciona. Una película vista en un PC no tiene la misma intensidad. Las grandes productoras no podrían gastar lo que gastan en realizar ciertos filmes si las salas de cine no reventaran de cuando en cuando.

Los cantantes conocidos también tienen sus modos de recuperar el dinero que pierden las discográficas, en especial a través de conciertos y giras internacionales. ¿Pero el escritor qué hace? ¿Cómo se las arregla para compensar las pérdidas?

Los escritores famosos no son gente que se dejan ver por lo general. Son más bien personas que suelen trabajar en silencio, cada uno en su escritorio, y que mandan regularmente sus escritos a la editorial para que los examine. No necesitan trabajar en equipo, como sucede con la música o el cine. Y el resultado final, el libro, no constituye un espectáculo multitudinario: se trata simplemente de un conjunto de páginas impresas que, por lo general, no emiten luces ni sonidos. Los eventos en que un autor puede participar de manera pública son muy reducidos (firmas de libros, cuentacuentos, etc.) y no aportan en absoluto las ganancias de un concierto, si es que realmente aportan algo en el plano económico.

El libro electrónico plantea problemas de diversa índole que afectan al devenir de la literatura contemporánea. Sus precios son ridículos. Si los autores ya ganaban poco por una copia vendida en papel, ahora ganan mucho menos por la venta de cada e-book. Además, las copias ilegales pueden terminar de tumbarlos. Los ficheros de texto simple son extremadamente fáciles de copiar y enviar por Internet. Aunque existan sistemas de protección como el DRM, la piratería en el ámbito de la literatura seguirá aumentando y esto irá siempre perjudicará al escritor, por muy querido que sea por los fans que lean la versión digital pirateada de sus obras. Desgraciadamente no todos los autores pueden permitirse escribir sin recibir un beneficio a cambio. Ellos también comen patatas fritas de bolsa como nosotros. Y si el escritor ha de ganarse la vida de otra manera, cosa que hacen muchos desde siempre, tenderá a escribir menos y cuando no se encuentre demasiado cansado, es decir, por afición. Aunque en los escritores noveles este sea con frecuencia el orden del día —ya que nuestra profesión es complicada y poco reconocida— pienso que no debería ser así para autores que ya han demostrado su valía y tienen lectores fieles. Bastante difícil es ya el mundo de las letras.

Artistas: la primera impresión no es definitiva

“El 15-M lo forman una panda de niñatos y perroflautas”. “Los socialistas se quieren cargar a la Iglesia”. “Los andaluces no trabajan”. “Coldplay es de nenas”. “Votar, ¿pa qué? Son todos iguales”.

Reconozcámoslo. A todos nos gusta generalizar. Yo diría que se trata de algo inherente al ser humano. Nuestra mente necesita encasquetar etiquetas a todo lo que se mueve a nuestro alrededor. Necesitamos comprender y catalogar exhaustivamente los objetos de la realidad para sentirnos seguros día a día. Y no solamente cosas inertes: también personas, las conozcamos o no. Para las que no conocemos en persona tendemos a una clasificación más rigurosa y crítica. Y metemos a muchos individuos en ella, cuantos más mejor, así asimilamos la realidad de la forma más rápida y eficaz posible.

Si no nos gusta un determinado autor o grupo de música, lo metemos en una de nuestras listas negras y no nos interesamos en su trabajo. Y fin. Y la de cosas buenas que nos perdemos. Hasta que no se ha escuchado una buena parte de los temas de un álbum no se debería decir de manera irrefutable que su música no nos gusta. Que una canción o un libro no sean buenos (o no lo parezcan) no significa necesariamente que el resto de la producción artística de un autor no lo sea. Y lo mismo un día nos puede terminar gustando un poco, o mucho. Hay que asumir riesgos… y probar. Abrir la mente. Reconocer que no lo sabemos todo de todos y dejarnos sorprender. A mí me ha pasado en incontables ocasiones, y me he llevado sorpresas muy agradables. Con autores, grupos de música, cantantes, intérpretes, directores de cine e incluso futbolistas.

A veces se produce exactamente lo contrario: tus autores favoritos no están a su nivel habitual y decepcionan. Esto último me pasó con Coldplay, grupo cuyas canciones suelen agradarme, si bien todos sus discos traen alguna que otra basura entre los mejores temas. El verano pasado les dio por innovar en el mundo digital y sacar a la luz temas de su nuevo álbum vía Youtube, a razón de una canción por semana. El resultado fue un desastre para mi gusto.

De entrada, la portada del nuevo disco me parecía hortera. Simple y llanamente. El tema grafitero de colorines no me decía nada. Lo único que me interesó a primera vista fue el título: Mylo Xyloto. Quería descubrir en qué lengua estaba escrito. Me sonaba azteca o maya, y no quedaba mal. La primera canción, Every Teardrop is a Waterfall, me sorprendió mucho; no era lo que me esperaba de ellos en absoluto. Aquí tenéis el enlace en Youtube donde la podéis escuchar entera, por si aún no habéis tenido ocasión (o ganas) de hacerlo:

Esperé una semana y sacaron Major Minus, tema que me decepcionó aún más. El disco no funcionaba. Habían dado tantas vueltas a su estilo que resultaba irreconocible. Decidí que Coldplay había pasado a mejor vida. No esperé a que llegaran el resto de canciones y me dediqué a otra cosa. Pasaron varios meses. Un día, cierta chica que conozco puso en su muro de Facebook el videoclip de la canción Paradise, tema de Mylo Xyloto. Le di una oportunidad porque me fío bastante de su criterio musical. El vídeo era extremadamente chocante —como suelen ser los producidos por esta banda— y tenía su gracia, aunque el escenario no pegaba demasiado con la música. La canción era bastante buena, de calidad, pero hube de escucharla dos veces para convencerme. Y seguí probando con el resto del disco, tema por tema. Al final reconocí que Mylo Xyloto tenía buena música. No mejoraba lo que ya era Coldplay, pero se trataba realmente de Coldplay, sin duda.

Algo parecido pasa con los libros. A veces las portadas no son las adecuadas. Una decisión poco acertada por parte de una editorial puede mandar al garete años de trabajo. De niño este aspecto me parecía verdaderamente importante a la hora de decidir qué libro merecía la pena leer. Y más de una vez dejé de lado algunos libros de aspecto soso que más tarde me cautivaron por la belleza de su contenido. Eran auténticos tesoros escondidos bajo unas pastas viejas y descoloridas, o una imagen concebida por un mal ilustrador. Una pena no haberlos leído antes. Los libros infantiles actuales suelen ser diseñados con mimo por esta misma razón.

La literatura para adultos constituye un mundo diferente. Los libros suelen ser más sobrios, sin ilustraciones, aunque se cuida la presentación exterior. Forma parte de los requisitos de calidad exigidos a día de hoy por un sector con problemas constantes de ventas. Aunque a veces bajo estas cubiertas impecables se ocultan auténticas birrias sin demasiado interés. Los buenos libros no siempre cuentan con la ayuda de la publicidad.

Como mero ejemplo del tipo de relatos que pueden darnos alguna sorpresa recomiendo El otro árbol de Guernica, de Luis de Castresana. Es un libro que no hace mucho ruido, escrito por un autor modesto de quien nadie os hablará hoy día, pero que describe sentimientos que llegan al corazón. Trata sobre un grupo de chicos bilbaínos que son expatriados a Francia durante la guerra civil. Pasarán algunos duros años en aquel país, aprendiendo un nuevo idioma y viviendo con familias de acogida. Al tiempo que recuerdan su lejana patria con solemnidad, por miedo a olvidarla. No entiendo por qué no conozco a casi nadie que lo haya leído. Y tampoco comprendo por qué razón sí hay gente de mi edad que se ha tragado en cambio al Niño con el pijama de rayas (traducido) y me hablan de él hasta en la sopa. En realidad sí lo entiendo: todo es fruto del marketing. Pero siempre es un buen momento para volver a los clásicos, a ver qué podemos encontrar. Hay cientos de libros que valen la pena y son poco conocidos, o no lo son en absoluto. O han sido olvidados, como dice Ruiz Zafón en La Sombra del Viento. De cuando en cuando tengo la suerte de dejarme sorprender por uno de estos relatos que me resultan difíciles de soltar. Y esos momentos son simplemente deliciosos, como cuando probamos un plato nuevo de otro país y nos sabe rico.

Por todo esto, quiero animaros a que deis una segunda oportunidad a todo artista (no hablo solo de libros) que no os haya gustado de primeras. Interesaos un poco en su vida, en sus obras, en los diferentes estilos que ha ensayado. Probad un poco, que no hace daño. Atreveos a hojear sus libros, o a escuchar un par de canciones de cada uno de sus álbumes. A veces no hará falta solo una segunda oportunidad, sino también una tercera, una cuarta y hasta una quinta. Pero tal vez un día podáis sentir lo que yo experimento al comprobar que una obra artística que miraba escéptico al principio empieza a gustarme.

Agarrados por la lengua

Existe un buen número de formas de desahogarse. Por lo común, una persona en situación límite cierra los ojos, suelta una palabra más o menos malsonante, y respira de nuevo, aliviado ya de lo que antes era un verdadero incordio. Decir las cosas claras ayuda a superar el estrés. Lástima que dentro de pocos años, la imposición de lo “políticamente correcto” nos hará cambiar el clásico “me cago en…” por los aún más clásicos “caramba”, “caray”,  o quizá por uno de esos neologismos que ciertos iluminados del lenguaje pasan horas y horas tratando de llevar al diccionario. No sería sorprendente que a uno se le prohibiera “defecar sobre la leche” lingüísticamente hablando, por respeto a los derechos de la vaca o de la cabra, o vaya usted a saber de qué.

Y aún hay más. En principio, nadie puede referirse a mí en público de modo hiriente o irrespetuoso, a no ser que delante de mi nombre vaya bien resaltada la palabra mágica “presunto”, sazonada en ocasiones con el maravilloso condicional narrativo que tan bien conocen los periodistas: “el presunto difamador Fulano comparecería ante el juez a las diez de la mañana de hoy…”. A los sofistas helenos les habría encantado seguramente poder decirle a uno todo lo que quisieran y quedar bien y contentos con todo el mundo.

Y ya que la palabra negro no puede aceptarse, ni con salsa de presunto, hay varios que prácticamente apuestan por extirparla del diccionario, para que la noche se quede sin adjetivo, y los racistas sin piedras para tirar. Todo esto está muy bien mientras los negros —¡perdón, todavía no ha desaparecido el término!— no decidan ser racistas y haya que borrar también la palabra “blanco”. Por cierto que Blancanieves es una redundancia innecesaria, así que a cierto americano se le ha ocurrido llamarla también algo oscuro, para que el cuento de toda la vida cumpla con las normas de la globalización. Por suerte no tuvo la delicadeza de pensar también en los chinos y en los sudacas, porque de este modo iba a tener que transcribir con riesgo severo de plagio media canción de “El Arrebato”: “Negrablancamarillamorenaycolorá”.

En fin, dejemos a los “genios” trabajar mientras no molesten demasiado. Ya que les gusta salvar al mundo en mayor grado de lo que les corresponde, quizá ellos mismos caigan en la cuenta de que van cuesta abajo y sin cinturón. De todos modos, aún nadie ha logrado erradicar la pobreza del mundo, aunque los negros ya no sean marginados lingüísticamente.

¿Amigos o desconocidos?

A los andaluces se nos conoce por nuestro trato alegre y fácil, porque nos hacemos amigos al momento. Se utiliza muy fácilmente la palabra “amigo”, se le da un uso especial. Prácticamente toda persona a la que hayamos visto una vez será digna de esta apelación, alguien a quien saludaremos siempre con efusividad y con el que acabaremos inmediatamente en un bar de tapas si tenemos ocasión. El amigo es una especie de acompañante para las salidas y fiestas, un muñeco que incorporamos a nuestra vida social para crear grupo. Hablo por supuesto de la vida social exterior, en la calle. Muy pocos de esos muñecos traen de serie una boca en condiciones para decirnos cosas que necesitamos oír. Solo algunos hacen uso de sus cuerdas vocales para contradecirnos o para darnos consejos incómodos pero necesarios; cosas que creo que toda persona debería apreciar en una amistad. Los demás se limitan a reír y a hablar siempre de lo mismo, o de nada en absoluto: a veces los temas futbolísticos o televisivos están tan trillados que se hace necesaria una pausa de refresco. También son expertos en hacerse la pelota continuamente y se conocen palmo a palmo las calles y los lugares de copas más divertidos.

En las redes sociales también se utiliza la palabra “amigo” a la andaluza; ha pasado a mejor vida el término “contacto”, más formal y serio. Toda esa gente que tiene acceso a tu perfil, a tus fotos en la discoteca, posando en bañador o abrazado a tu pareja es, según la nomenclatura de Facebook, “amigo” tuyo.

Si te paras a consultar tu lista de contactos de Facebook o Tuenti ahora, reconocerás que muchos de ellos son gente con la que no hablas nunca y a la que, por tanto, sometes a una especie de vacío, sin saber muy bien por qué. Piensa, si puedes, en uno de ellos. Quizá mirarás sus fotos, pero no le darás al botón “Me gusta”. Leerás sus estados, verás todos los reflejos de su vida que te permita ver, pero nunca mostrarás un interés visible por lo que comparte contigo. Así y viceversa, hasta que uno de los dos borre al otro.

Los amigos no son imprescindibles para vivir, pero sí para que la vida tenga en ocasiones sentido. Para tomar aire cuando no podemos soportarnos a nosotros mismos y para contarles cómo nos sentimos. Para alegrarnos o criticar; para contarnos cosas íntimas. En realidad, nos hacen por momentos tanta falta como unos padres; sin ellos nos sentimos irremediablemente solos, aunque a veces uno piense que puede prescindir de todo el mundo.

A mí me seduce más bien la gente “interesante”, con la que puedo hablar de cosas que me gustan y que también parece interesarse por lo que les digo. Con quienes que no hace falta ingeniárselas para que se rían de una gracia tuya. Si no hay un flujo de ida y vuelta no me parece una amistad real, solo un nombre más en mi vida, tan fácil de poner o de eliminar como cualquier seguidor anónimo de Twitter.

Los amigos de verdad son difíciles de conservar, porque siempre llega algún contratiempo que nos separa de ellos. Todos debemos decir adiós a nuestro entorno alguna vez, pero cuando tenemos que dejar a quienes nos importan, duele mucho más.

Algunos llaman a este tipo de personas “amigos íntimos”. Para mí son los únicos que puedo llamar “amigos”. Todo lo demás son relaciones superficiales sin compromiso. Algunas de tipo profesional, otras virtuales, todo depende del ámbito en que se conozca y trate a esa gente. Pero no son realmente amigos nuestros, aunque nos sepamos sus nombres y apellidos o hayamos ido una vez a sus casas a hacer un trabajo de la facultad. Se empieza a hablar amistad cuando no hacen falta excusas del exterior para verse y pasar tiempo juntos, y cuando en esos momentos disfrutan ambos. No son amigos los que te dejan mil comentarios en Tuenti plagados de “jajajas” y emoticonos de dudoso gusto y utilidad, sino los que pasan tiempo real contigo, cara a cara, hablando de cosas divertidas y amenas, sí, pero de viva voz.

A veces algunos de esos amigos se enfadan, se alejan o desaparecen. No siempre se da uno cuenta a tiempo. Si se pierde fácilmente el interés es porque esa relación no está bien consolidada. Si la relación se degrada es porque uno de los dos no es sincero con el otro, o no le abre sus oídos cuando este lo necesita. Si una verdadera amistad se rompe un día, ambos son responsables de lo que ha sucedido y en sus manos está arreglarlo para recuperar el trato íntimo conseguido en el pasado. Dejar pasar el tiempo es peligroso, aunque se antoje necesario para poder cicatrizar algunas heridas mutuas. Una vez que se pierde del todo la intimidad, sin duda, se pierde totalmente al amigo.

Recoge su caca

Hay una frase muy buena que alguien decidió poner en un cartel cerca de mi casa, en letras mayúsculas: “La limpieza de las calles es el mayor exponente de la cultura de un barrio”. No puedo estar más de acuerdo. Chapó para el intelectual de turno que supo enmarcar tanta sabiduría en tan reducido espacio. Cada vez que paso por allí y leo el cartel, miro de refilón el suelo no vaya a ser que pise una caca. Porque la verdad es que las aceras rebosan de mierda; calculo que aproximadamente una baldosa de cada cinco tiene regalo seguro. El cartel aún no ha surtido todo el efecto que se esperaba de él; a lo mejor es demasiado ambiguo.

En mi barrio hay muchos perros. A la gente le gusta tener animales de compañía, y cuando llega la oportunidad se compra uno. Los veo todas las mañanas al bajar para hacer un recado. Cuando el ascensor no funciona y tengo que subir las escaleras, estos no dejan de ladrar al oír mis pasos acercándose. En cierto modo, la mascota es como un objeto que tiene que haber en la casa, lo mismo que el teléfono, la televisión y el microondas. La sociedad funciona por imitación: cuando una familia posee un bien que otros no tienen, surge la necesidad imperiosa de contraatacar llenando el vacío que se produce de inmediato. Todos tendemos en principio a la igualdad social y económica, aunque en realidad lo que se persigue es ser superior a los demás y dar envidia; no es muy difícil darse cuenta. Somos así. No tiene por qué haber nada malo en ello, y menos aún en tiempos donde todo es relativo y cada uno es libre de tener la opinión que quiera sobre lo que sea.

El problema deriva de las consecuencias, no del acto de comprar un perro. Los cachorros que se exponen en las tiendas suelen ser muy lindos, dan ganas de darles abrazos y hacerles mimos. Como a un peluche; solo que con ojos brillantes y traviesos. Hasta ahí vamos bien: es un animal más o menos gracioso (depende de la marca) y nos gusta contemplarlo. Sé que lo que está ahora de moda son los gatos, pero lo que yo suelo ver por la calle son canes, discúlpenme. Al niño o a la niña se le apetece y se juzga oportuno invertir en una mascota viviente para toda la familia. Sin embargo, antes de lo que uno espera, el hermoso cachorro crece y se convierte en todo un señor perro, con todo lo que ello implica. Al perro hay que alimentarlo, ponerle las vacunas adecuadas y sacarlo a la calle para que se desfogue. Y muchos individuos de mi barrio y del país en general no saben, no se enteran, no piensan que la calle es de todos, y no únicamente de los perros y de sus amos. Al ser de todos, existe también un mínimo de reglas tácitas que se han ido estableciendo para que la convivencia sea más o menos pacífica. Hay comportamientos considerados inaceptables o poco adecuados sobre el pavimento público. A muy pocos se les ocurre cagar en la calle, por ejemplo. La gente suele salir vestida, aunque sea en pijama o chándal, pero no baja desnuda a comprar el pan. Sin embargo, al perro le da exactamente igual lo que permitamos o no hacer en la calle. Los inodoros de casa no están adaptados a su tamaño, de modo que un can hará sus necesidades donde buenamente le parezca. Y lo peor es que a los dueños les da un poco lo mismo lo que haga su mascota siempre y cuando no sea en casa, claro.

Más de una vez me he encontrado el portal de mi bloque empapado de pipí perruno; este verano han sido mínimo dos veces. ¡Dentro del portal, sobre el mármol! Y lo peor de todo no es que el amo no tuviera la capacidad de reacción necesaria para llevarse a su mascota a otro sitio para hacerlo, sino que en ambas ocasiones se escabulló rápidamente en su apartamento para no limpiarlo.

Me parece que al perro hay que cuidarlo también hasta ese punto. Hay que hacerse responsable de las “necesidades” de la mascota. Obviamente no es una práctica muy apetecible, pero nadie está obligado por ley a comprarse un perro. Quien se encapriche de un cachorrillo, sea niño, niña o adulto irresponsable, debería tenerlo en cuenta con vistas al futuro. Cuando el animal levanta la patita trasera no suele ser para bromear. Espero que algún día no haga falta insistir en cosas tan simples para que los adultos se comporten como tales. Todo lo que trato de solicitar a la ciudadanía mediante este artículo puede resumirse en una frase: «Recoge su caca».

Hasta entonces, caminar por muchas calles del país será como ir sorteando minas.

Nuestra generación de cerebros

Llevo largo tiempo observando desde fuera la crisis que atraviesa mi querida patria española. Cada poco, con una regularidad que asusta, he visto aparecer en la prensa alarmantes artículos sobre la “fuga de cerebros”, una de las mayores —dicen— preocupaciones de la sociedad de hoy. Nótese el elogio hacia la gente que se va: somos unos “cerebros”. Lo que se queda en España no lo es; no son “cerebros”; debe tratarse quizá de “manos”, de “ojos” o de “culos” simplemente. Los “cerebros” son los que toman las de Villadiego. Adiós, cerebros, adiós…

Estamos ante la generación más preparada —dicen también— de la historia de España. Y la que menos cobra, la que más problemas tiene para conseguir un primer empleo e independizarse, la más cabreada con el gobierno, la que más se echa a la calle a manifestarse y a hacerse los chulos ante las fuerzas de seguridad, y los que salen después llorando con la mejor lágrima viva ante las cámaras. Y sin embargo, los mejor preparados. Los que hemos llenado las universidades, hasta hace medio siglo reducto reservado a los niños pijos de papá. Todo porque nos lo hemos ganado, claro. Nosotros, los que nos hemos dejado los codos estudiando. Los que podemos mostrar con orgullo nuestros títulos de educación superior y los que tenemos derecho a portar orgullosamente el sobrenombre de “élite del conocimiento”. La “aristocracia de la inteligencia”, la “esperanza sapiencial”, los “cerebros” que se fugan, a fin de cuentas.

Somos los putos amos. Nuestra inteligencia es muy superior a la de la generación precedente; hemos alcanzado el pleno desarrollo de la facultad mental humana. Nuestros padres deberían hablarnos con sumo respeto, aunque vivamos aún bajo su techo, o dependamos en la distancia de sus salarios, y no ganemos un solo céntimo de euro con nuestros cojonudos títulos bajo el brazo. Somos la élite intelectual de una sociedad decadente. Claro.

Cerebros, cerebros míos… Pienso que somos también un poco vagos, un poco fiesteros, un poco incapaces de pasar media hora seguida de estudio sin una pantalla de tamaño variable por delante, ya sea en la universidad, o en casa, o en la biblioteca. En clase, cuando hay que usar el ordenador para hacer las actividades —ahora ya prácticamente todas las carreras se han inventado asignaturas con informática aplicada— disponemos de una importante fuente de distracciones a nuestro alcance inmediato. Quien no chatea, juega al FarmVille o al MagicLand o a los dos, o a mierdas diversas. Al lado de la pestaña de trabajo están las de Tuenti, Facebook y paridas varias. No hablemos del móvil, por favor. No hablemos.

No sabemos prestar atención, cerebros, la tenemos cortada a cachos, distribuida en cientos de cosas. Cuando la mayoría de estas cosas no guardan relación con nuestra carrera y nos permitimos desviar nuestro intelecto hacia ellas en horario de estudio, mal vamos. Nuestras neuronas se van a bailar la samba cada rato que pasa.

Por supuesto que todo esto tiene solución. Claro que hay que entretenerse, divertirse. El problema es encontrar el confuso equilibrio perdido entre el ocio y la realidad. La realidad, por desgracia, es aburrida y dura, muy dura. De todo menos lúdica. De ahí que necesitemos ocio de cuando en cuando. En su justa medida. Pero, desgraciadamente, no estamos en condiciones de ponernos a medir. Cuando salimos de fiesta no sabemos medir la cantidad de alcohol que ingerimos. No sabemos medir  el número de fiestas durante la semana. Lo imprevisto es lo más guay; hacer planes, organizar el entusiasmo, pertenece al pasado. No, no son tiempos propicios para la mesura. Y, por tanto, tampoco lo son para hacer planes de futuro. Lo más sensato es que esperemos todos que la situación mejore por sí sola, que lo hará sin nosotros. Claro. Que los sucesivos gobiernos de España hagan lo que decimos. Acampemos sobre la acera para decidir qué es lo que tienen que hacer ellos. Gritemos. A estas alturas de siglo XXI, todo el mundo tiene derecho a que le endosen inmediatamente un trabajo al acabar la carrera. Claro que sí. Entretanto sigamos todos con el culo pegado a la silla, enganchados a Internet. Sigamos caminando por la calle, móvil en mano, tuiteando cada cosa que vemos (cuidado con las farolas). Sigamos siendo unos cerebros miopes, sigamos así. Cerebros de cuidado.

Siempre nos quedarán los libros (de los otros)

En ocasiones, me puede la pereza, en otras, el desánimo. Soy una persona de entusiasmo irregular; lo que me impulsa a hacer cosas por la mañana se va diluyendo a lo largo de la tarde. Hablo en general, por supuesto. No siempre es así. A lo sumo, puedo durar dos o tres días obsesionado con algo entre ceja y ceja, pero lo que es seguro es que terminaré teniendo ganas de dedicarme a otra cosa más útil. Porque escribir, por muy útil que sea, no me aporta enormes ganancias. Ni a mí ni a un gran puñado de gente que coexiste en Internet con blogs parecidos a este en cuanto a estructura.

A veces me parece que lo que escribo se irá al garete, que no lo leerá nadie, que permanecerá inmóvil unos años en la blogosfera tras mi muerte y luego desaparecerá en cuanto a WordPress le dé por liberar espacio. Como buena empresa que son, no me resulta extraño pensar que su generosidad tiene un límite. Pero tampoco me importa tanto.

Estaba pensando en esto un buen día, ya lejano, junto con otras cuestiones de largo más importantes y una frase se compuso lentamente en mi cabeza, a modo de resumen de lo cavilado: “Lo que a mí me guste hacer (esto es, escribir) me podrá terminar dejando de gustar, pero siempre nos quedarán los libros”. He aquí una idea interesante de las que raras veces se me ocurren sin estar borracho.

Los libros son la salvación de la humanidad. Hay miles de maravillas que nos esperan en los rincones más insospechados de las casas, guardados en cajas de cartón, o ricamente expuestos en las bibliotecas públicas, esos templos de la lectura que tantos estudiantes vienen a profanar hoy día con intenciones nada apropiadas en relación con lo que se espera de ellos.

Libros. Son pacientes, son eternos. El papel aguanta el paso del tiempo con sus respectivas inclemencias mejor que esos instrumentos grises y fríos llamados e-books. La humedad transforma sus páginas, las vuelve amarillentas, rígidas, pero las respeta. Y cuando abrimos un libro que lleva a lo mejor décadas cerrado, podemos comprobar, no sin asombro, que la magia sigue intacta. Lo que un autor, fallecido hace quizá siglos, quería decir al mundo, sigue ahí. ¿No es magia esto?

Aunque nunca consiga escribir algo que valga la pena, podré regocijarme con lo que otros más grandes que yo hicieron en su día. Podré acceder al magnífico amasijo de sus ideas. Podré deleitarme con lo que idearon otras imaginaciones más sutiles y lo que escribieron otras plumas más ocurrentes que la mía. Y doy gracias por ello.