Polo

Fue nuestro primer bólido de carreras. Mi tío Pepillo, propietario de un desguace ubicado en algún lugar incierto de los alrededores de la ciudad, lo tuneó apropiadamente para su época y le colocó unos altavoces que realzaban la música de casete que entraba por la antena colocada sobre el capó con alegre altanería. Un coche pequeño, lento, pero que para nosotros era de categoría. Durante más de una década soñé con poder conducirlo, sabiendo que el día que lo consiguiera entonces me habría hecho mayor, siendo al menos semejante a mi padre, a quien tanto admiraba y temía.

Dos décadas después, mi tío político, portador del mismo nombre que el modelo del coche de mi padre, me cedió un automóvil apenas usado, similar en tamaño y prestaciones, con la única salvedad de que el cuentakilómetros llegaba hasta 200 km/h, cosa que antes del cambio de siglo no era tan frecuente en un utilitario de aquel formato. Lo exploté al máximo, otorgando a aquel vehículo, tanto tiempo inmóvil y olvidado, una segunda vida, llegando con él hasta todas las provincias de mi tierra, antaño pobladas de caballos. Buscaba sus límites sin encontrarlos; puse a menudo mi vida en compromiso a través de riscos y cuestas que el motor apenas si alcanzaba a superar, pero siempre obteniendo la alegría de volver sano y salvo a casa después de cada aventura recorrida por los campos de Andalucía.

Para mí el automóvil representa el intento humano de romper las fronteras puesto al alcance de la clase media, o al menos eso fue durante buena parte del siglo XX. Al mismo le debemos casi tanto como los marinos mediterráneos a sus carabelas o los pilotos de correo transoceánico del periodo de entreguerras a sus viejos aviones de hélice. Todos los vehículos son instrumentos de libertad.

Lluvia

Volvía a llover, pero esta vez la lluvia era débil, sin dejar por ello de ser fría, y traía con ella un remoto olor a polvo, arrastrando las hojas resecas de otoños pasados.

Volvía la cabeza para mirar al pasado, que ya apenas si tenía efecto visible en mí, pero que aun así había existido alguna vez, como perdura en el subconsciente de mis años púberes el olor de las hojas de los chopos horas después del paso de una tormenta, imposible de olvidar del todo, aunque lo creamos.

Volvía a recorrer aquella maravillosa y antigua carretera que conducía a Sausset-les-Pins y a la costa. Ya no me paraba en la cooperativa vinícola para degustar vino rosado de Bandol, sino que seguía hasta el término, hasta llegar al mar.

Orígenes

Mi padre acostumbraba a llegar bien tarde, visibles ya todas las estrellas, con barro en las botas y olor a monte en las ropas. Su chamarra de cuero pardo conservaba los aromas de todo a cuanto se había acercado durante el día: humo de leña, molletes de harina, lodo del río y matojos; pelo y sangre de oveja. Acercaba las rudas manos al calor de la lumbre para secarse el primer rocío caído de la noche y quitarse las espinas de los dedos y entonces, mientras esperaba a que mi madre volviera a calentarle la sopa de nuestra ya digerida cena, nos contaba historias de hombres que ya no existen, hombres que alguna vez fueron de nuestra familia pero que nadie recuerda aquí ya.

Muchas veces nos contó la historia de uno de nuestros tatarabuelos, quien salió un día de casa, bajó al campo a trabajar y nunca volvió. Días más tarde lo encontraron tendido sobre un sendero que habría recorrido miles de veces, con la nariz metida en un charco de fango y los dientes apestando aún a alcohol. Maldecíamos las viejas historias de familia que acababan mal, de nuestros parientes renegados de pueblos cercanos pero aun así rivales, del rencor de amantes robados, de hermanos separados y de herencias derrochadas o perdidas, pero nuestro padre decía que a la familia siempre hay que apoyarla y recordarla, pase lo que pase, porque nadie más lo hará por nosotros y nadie compadece los errores ajenos, sino que los aprovecha a su favor y para nuestra desgracia durante generaciones.

Nos hablaba también de caminos siempre ocultos bajo la eterna sombra de valles históricos, entre árboles antiguos y precipicios de roca caliza, de pinos reluciendo bajo el brillo del atardecer, de la primera estrella sobre la montaña que le mostraba la dirección que había de tomar para volver cada noche a casa. Del color del agua del río una vez caída la noche y del continuo cantar del río por la noche, cuando todo el mundo duerme y todas las voces se han callado.

Nos insistía en la importancia de las tradiciones y en no olvidar nuestros orígenes ni consentir que nadie se burle de ellos por desconocimiento o insensatez; aunque salgamos afuera a ver mundo y aprender nuevos oficios, siempre habrá un hogar al que ansiemos volver sobre todas las cosas antes de morir, un hogar que amar y proteger.

Sevilla

Siempre tuviste los ojos y los oídos bien abiertos, mas sabías cuando cerrar la boca para tu conveniencia, aunque de cuando en cuando se te escape apenas un sorbo de lo que deseas, no de lo que piensas; tienes cara de pensar mucho mientras hablas conmigo, pero no estoy seguro de que lo hagas, aunque si lo hicieras nunca sabría de qué se trata.

Por tus calles estrechas y sinuosas abundan las tiendas de colores, objetos antiguos e inútiles y retazos de modernidad igual de inservibles. Pero reconozco que hay cierta magia en el aroma de tus naranjos, en el azahar, y en el brillo del sol sobre el agua al caer la tarde.

Hablas con uno y otro, ávida de compromiso pero llena de mil y una dudas, porque en fondo lo que quieres es fama y dinero, en eso no tienes nada de diferente a las demás capitales de provincia. El vestido de flamenca no te distingue de otra andaluza más que el de una arlesiana a otra provenzal. Solo lo luces una semana en la que el tiempo pasa volando, sin consecuencias importantes.

Te haces de rogar para entrar en tu vida, para dar a conocer tus defectos y vergüenzas, pero, al final, resultas ser un montón de azulejos rotos, coloridos por delante, toscos por detrás.

Marbella

No estaba muy convencido al principio, pero no me arrepentiría al final. Salimos por la tarde, como es costumbre mía cuando marcho tan al este.

De aquel viaje solo recuerdo que ya era noche cerrada cuando circulábamos sobre la casa de mis abuelos, tan llena de recuerdos, pero no era aquella vez nuestro destino, sino algo más allá, en una ubicación incierta, situada en la misma costa, pero un poco más metida en el mar.

No hubo golpe sordo, pero aún así corríamos un grave peligro sin ser conscientes de ello. Una vez llegados a nuestro destino, una alba urbanización en plena costa del sol, nos dimos cuenta del alcance del daño, plasmado en un reventón en la rueda del conductor. Tuvimos que cambiarla para no dejar la furgoneta coja durante toda la noche. Finalmente nos fuimos a la cama bien entrada la madrugada, cada uno en el colchón más adaptado a sus necesidades, pero no por ello el más cómodo, ocupando todas las estancias de la casa.

A la mañana siguiente, una vez levantados y realizadas todas las tareas necesarias, bajamos todos hasta una piscina que no era sino un pozo en lo más hondo de una colina de césped verde. Aquella tarde comencé a leer la historia de aquel niño desdichado que terminaba bien a pesar de vivir mil y una vicisitudes con una y otra improvisada compañía encontrada durante su largo camino. No sabía que más tarde emprendería un camino parecido buscando el mismo final.

Por la tarde bajamos, más bien nos deslizamos, al mar, reluciente y quieto como una platina, reflejando el brillo del atardecer en escala de grises.

La Antilla

Llegamos de buena mañana, tras un corto viaje hecho a velocidad de furtivos, a un pueblo fantasma, similar a uno del oeste americano, pero sin más desierto que las dunas de la playa. La calle principal, otrora poblada de gente haciendo colas para poder alquilar un piso por una quincena; buscando las chanclas o gafas de sol más baratas, o un lugar agradable donde cenar y reunirse con amigos más tarde, yacía ahora vacía hasta el punto de poder contemplarse el inmenso arco iris que formaba la secuencia de losas coloreadas que habían puesto el año anterior. Habíamos vuelto al mismo sitio, sí, pero aquel sitio sin gente no era ya nada. Ni siquiera el chiringuito junto a la playa sabía igual o tenía el encanto de aquella fatídica tarde donde el fútbol de la selección firmó su finiquito. La nostalgia nos hace recordar todo mejor de lo que es, que no lo que era, en realidad.

N-IV

Es una larga recta que desciende serpenteando suavemente, tal como un río plácido e inerte entre colinas, a ratos ascendiendo, sobre llano en su mayor parte, por medio de campos embarrados o mayormente resecos. Comienza su curso junto a una gran rotonda que tiene su gemela al término, tras cruzar el puente Ramón de Carranza. Empieza envuelta en bruma del río por la mañana, con un molesto sol amaneciendo entre los primeros chalets del sur. Se extiende bajo aromas de aceite prensado de primera calidad, para más tarde pasar bajo la sombra de árboles milenarios junto a las márgenes de un río presente todo el camino más sin jamás ser visto.

Los dos soles

El primer sol, apenas llegada el alba, suele traer consigo una aparente claridad en la oscuridad, como un fulgor escondido tras los montes. Ascienden los cantos de los pájaros a medida que va tiñendo la bóveda del mundo de rojo y gualda, hasta al fin extender sus rayos y alzarse hacia lo más alto, haciéndose más grande y fuerte conforme envejece el día. Irradia todo su calor sobre el suelo mientras se encamina hacia el oeste, donde se desvanece, otro día más, hasta ser relevado por la luna y las estrellas, más sabias, más prevenidas.

Viajes gaditanos

I

De niño visitó Cádiz dos veces, una vez muy pequeño, bajo un frío de otoño en Cortadura. Pasaron una mañana avistando cañones oxidados sobre una muralla de piedra desgastada. Más tarde vivió parte de un verano en una casa desconocida, cuya única imagen recordada era la de un viejo tocadiscos que tenía prohibido usar y un montón de enciclopedias grises, del mismo color que el cielo de aquellos días.

II

Aquella mañana empezó con la imagen de una boda sobre las escalinatas del Pópulo, tras lo cual visitamos un pequeño balcón abierto al mar. Después, callejeamos bajo terrazas albas hasta encontrar donde comer en una mesa al aire libre, bajo balcones de hierro forjado, entre transeúntes y turistas, con abundante pan y cubiertos de mango amarillo. Aquel pescado sabía a gloria, fuera cual fuera su nombre.

Pasamos el día haciendo turismo eclesiástico: catedral y su cripta húmeda, museo catedralicio, Oratorio de la Santa Cueva. En cada corredor abundaba el oro, el lino y la plata, vestigios de un antiguo poder sobre la primera ciudad fundada al oeste del mundo conocido.

Al atardecer paseamos sobre la playa de Santa María del Mar, andando sobre la arena fina. Algunos nos animamos a recorrer el espigón en toda su longitud, sobre las rocas resbaladizas mientras el sol bajaba hasta casi rozar las olas. La vuelta la hicimos bajo la oscuridad reflejada sobre la espuma del mar, como una despedida callada en oración.

III

El tren se deslizó, suavemente al principio, chirriando al pasar sobre los cambios de raíles. El estudiante, sentado, contemplaba el desfile silencioso de los campos extensos que le separaban del mar a medida que el camino tornaba lentamente hacia el suroeste. Conocía bien aquellos paisajes, durante el espacio de un año cierto tiempo atrás fueron parte de su rutina semanal. Ahora, aquella campiña parda, verde a ratos, era la frontera que le separaba del primero de sus hermanos.

Cádiz les dio la bienvenida, blanca y reluciente. Caminaron hasta la playa de la Caleta y pasaron bajo el arco. Soplaba el viento del levante aquella tarde, aunque sin demasiada intensidad. Hacía mucho calor y apenas olía a mar salado. Pocas olas en el horizonte. Recorrieron el camino que se adentraba en las rocas hasta llegar al castillo fortificado de San Sebastián. El agua verdosa besaba los cimientos de piedra tostada.

Luego, tras tomar una o dos cervezas, fueron a comer aquel pescado milenario hasta saciarse. Bebieron grandes cantidades de alcohol entre plato y plato, haciendo de aquel día, de aquellas cortas horas, un momento atemporal para el recuerdo. Después volvieron a sentarse junto al mar, despertando ya al fin, con la marea más arriba.

A falta de bañador, optó por meterse en el agua en vaqueros. El baño enfrió, de algún modo, el entusiasmo ocasionado por la bebida. Luego siguieron su recorrido por el paseo marítimo, sin despegarse nunca demasiado del agua, buscando nuevos bares y nuevas orillas donde avistar mejor el atardecer sin desear nunca que llegara.

Las Abiertas

Parecen hechas de un sueño inmaterial, esculpido sobre roca dura, concebido bajo una noche oscura. Pero solo son de tierra, una tierra sorprendentemente fértil en estas latitudes tan meridionales, una tierra que se extiende en la lejanía, abierta como la palma de una mano, descendiendo lenta y sinuosamente hacia montañas con formas irregulares. Conforman una planicie alta, a más de doscientos metros sobre la altura del mar, envuelta de aire limpio y bajo un sol duro, áspero y blanquecino, que enrojece la piel y aviva los sentidos. Por sus venas corren ríos y arroyos de agua a ratos verde, raras veces fangosa, curso arriba helada como el cristal.

Aquí, a pocos pasos del hogar, nuestro hogar, huele a verano eterno, incluso en invierno.