Carretera de Utrera

Anoche, al acercarme a la incorporación para subir a la SE-30, tuve por un momento la tentación de seguir adelante, sin desviarme a casa, y terminar por adentrarme en la oscuridad más absoluta para perdernos por los campos, con un destino un tanto incierto.

Quizá me sorprendiera la lluvia durante el camino, palpando el volante casi a tientas, intuyendo el trazado de la carretera, hasta que me cegara el sol naciente subiendo tras las Cordilleras Béticas y envolviéndolas de oro.

Durante un segundo tuve aquel sueño, estando aun despierto. No obstante, torné finalmente a la derecha en el último momento y dejé a un lado mis ensueños para otro día, espero que no muy lejano y ciertamente más afortunado que ayer.

Parador

Un salón rústico, venido a menos, pero dentro del cual relucen aún detalles antiguos, vestigios de su antiguo señorío. Losas de barro bailadas por invitados de renombre gastado y vestidos coloreados. Camareros cansados desfilan entre nosotros mientras bailamos y reímos, ajenos por un día a su cotidiana profesionalidad. Música profana, nostálgica a ratos, hace que el día se alargue y llegue la tarde sobre las cimas y la noche se extienda sin estrellas sobre los campos.

La comida copiosa ya recogida, las copas abandonadas apenas dados dos sorbos, ráfagas de viento serrano refrescando nuestras caras palidecidas tras meses de encierro; atrás quedan los temores del mediodía.

Me gustaría tener un minuto para convertirme en espectador de esta escena atemporal desde lejos, algo así como el dron que nos filma, invitado inesperado a esta fiesta clandestina. Pero enseguida busco tus ojos y tus labios, ya míos, ya nuestros hasta el amanecer.

Destinos

Soy un hombre con dos vidas. He tenido una vida antes de conocerte y otra después de hacerlo. Ambas vidas han terminado siempre lejos de casa, en dos hoteles situados en dos extremos de la península. En sendos hoteles he conocido todo lo importante que te ha de pasar en la vida. Allí he vivido los momentos más determinantes de mi existencia. En ellos me han propuesto entregar mi vida, la primera para un propósito que no alcancé, la segunda para otro que nos hemos propuesto seguir juntos. En el interior de Portugal y en la sierra de Cádiz, siempre cerca del aire del mar, pero sin ver la costa sino de lejos, inmersos entre árboles y montañas he escuchado palabras de importancia. En el país cristiano más occidental de Europa me llamó Dios a través de personas que no compartían su plan para conmigo; más tarde, en mi verdadero país, me llamó mi compañera de penurias y alegrías. En el hotel rosado oí las primeras palabras portuguesas, palabras que miran allende los mares, palabras raras que no entendía pero sí podía leer con facilidad. En el hotel rústico, de sencilla cal blanca y tejas rojas, lugar ante el cual siempre pasé sin saber que allí terminaría mi eterno estado civil, fue donde aprendí que la gente sencilla es la mejor del mundo. Las gentes humildes nos inspiran con su ejemplo y desdicen los problemas que nos asolan en las ciudades, que nos preocupan y persiguen pero no tienen más importancia que la que queramos darle. Aquí lo que importa son los días, largos en verano, cortos en invierno, y las noches, siempre frías, oscuras y con relente, importan el sol, siempre blanco, y la luna incandescente, que sube despacio desde las cumbres, las montañas de formas voluptuosas, y el agua cristalina. Vivir cada nuevo día, trabajar duro, comer abundante y dormir cada noche, al calor de la lumbre. Rezar, pero no rezar encerrados, sino al son de los pasos firmes que damos al caminar y subir cuestas penosas para observar el vuelo de las aves majestuosas, y el santuario de los pinos, embalses, calizas y pinsapos.

Tras un largo día paseando por la ribera del río, el camino de mi infancia, ella se me declaró. No fue en el prado donde recogíamos hojas en primavera y otoño, ni fue en aquellos llanos sobre la montaña donde antaño, muchos años atrás, durmiera por vez primera al raso. Ella me dejó las pistas en formas de letras de papel y yo las fui recogiendo. Una vez reunidas todas las letras, compuse la frase que toda mujer quiere oír para decir sí.

Entramos en un bar antiguo

Paseamos por la calle Feria y vuelvo a recordar lo que es Sevilla anochecida. Hay mucha gente, tal vez demasiada. Gente buscando a gente, personas esperando a otras personas y encontrando nuevas formas de amar. Chicas esperando bajo dinteles de iglesias, esperando a que las hermandades terminen sus misas para salir a cenar con sus citas.

Entramos en un bar antiguo donde se sienta gente bien vestida que nos mira mal; quizá no estamos en el sitio adecuado, así que nos vamos por donde hemos venido.

Nos decantamos finalmente por un bar moderno. Misma gente, tal vez peor vestida, pero aquí nos atienden bien. Pedimos comida sin origen definido y bebemos vino sureño, siempre buena elección. La luna está llena, la noche sin estrellas, pero el frío sopla entre las ramas desnudas de hojas ya barridas.

El olor del verano muerto

Cayó una flor de jazmín a enterrarse dentro del tiesto. Olía a lluvia, mas no llovía. No aún. También llegaba hasta mi balcón el aroma de leña encendida, pero no veía humo: había de ser una hoguera oculta o una chimenea clandestina perdida en medio de la oscura urbanidad.

Llegaba la época que precede al frío. Llegaba el mes de los muertos y de la nostalgia, el eterno recomenzar de la aventura, el inicio de senderos ocultos entre bosques y valles, bajo montañas.

La lluvia, cuando acompaña, es una fina cortina translúcida bajo la que reluce la cal de casas bicentenarias.

Libros y chocolate

La noche fue mágica. Paseamos por calles atestadas de gente, bajo el olor de buñuelos y algodón de azúcar. Mi madre me obsequió con un chocolate caliente que bebí deleitado mientras devoraba las hojas de aquel libro que no hacía sino contar de nuevo una historia que ya conocía y había visionado sobre la amarillenta pantalla del enladrillado salón de actos de mi colegio.

Un  día me llevé el libro, ya mi fiel compañero, a las clases de matemáticas que me impartía mi madre, y de cuando en cuando echaba una ojeada a sus páginas, deseoso de poder adentrarme de nuevo en sus cálidas palabras. Mi madre me hizo ver que aquella actividad era incompatible con el aprendizaje de las ciencias lógicas que se afanaba en enseñarme. Y mi padre, dándose cuenta, me arrebató el libro de las manos sin mediar palabra y lo rompió en varios trozos antes de tirarlo a la papelera. Aquello me hizo ver inmediatamente a qué quería dedicar mi vida desde entonces, y a qué no.

Tesoro

No podían con él. Había visto la Luna y las estrellas sobre las montañas. Sabía más que ellos de todo. El mundo era mucho más inmenso que la pequeñez que ellos querían plantear sobre las cosas importantes para hacerlas irrisorias a sus ojos y para convertir lo irrisorio en grandioso.

Motores

Cada movimiento de pistón, cada ciclo, cada tiempo es un paso más hacia la ansiada libertad. Fluye el aceite entre las piezas como la sangre entre los órganos del cuerpo.

Cada vuelta de rueda, un metro más que nos aleja de la mortal rutina, del aburrido rincón de una calle conocida hasta el hartazgo.

Cada avería, cada enfermedad, un simple trámite que resolver para proseguir el viaje. Cada recuperación, cada revolución nos acerca un poco más a las cimas de la sierra.

Cada curva, un peligro invisible bajo la sombra de árboles milenarios, junto a precipicios de roca viva.

El mejor de los lugares

Recuerdo aún reciente aquella hermosa mañana que pasamos caminando por la sierra, primer día y preludio de un largo invierno. El sendero estaba fresco y frágiles rayos de sol destellaban sobre las hojas humedecidas. Hicimos el camino rápidamente, ya que no había apenas nadie. Solo naturaleza salvaje a un lado y al otro del estrecho valle que te impregna con su magia y se queda contigo para siempre adonde quiera que vayas.