Tablada

Despegar tras el sol brillando a las seis y media y sufriendo el viento de frente, soplando desde los lindes del océano Atlántico. Cuna, madre, origen de los vuelos grandiosos partidos desde España a otros continentes, museo del aire, amor por las hélices y especies aladas de todo tipo, vivas e inertes.

Las aves estiman a los hombres que vuelan, ya que los pescadores del aire no las cazan, sino que vuelan a su par.

Hombres fatigados, completamente dependientes de sus motores. Hombres que, asistidos por otros hombres, surcan los cielos y quiebran las fronteras pasadas, sobre las nubes.

Patria

Antes de llegar a las marismas solemos encontrar algunos cortijos ya vencidos, bajo un cielo que amenaza permanente tormenta. El lecho del antiguo Lago Ligustino poblado de malezas verdes, extendido sobre un cielo claro. Pájaros volando en busca de alimento sobre los arrozales. Ardillas y ratas corretean sobre el desvencijado asfalto. Viaductos de hormigón de aspecto franquista cruzando los campos. Un día encontramos un perro atropellado, con los intestinos fuera, parecía estar temblando aún en medio de la calzada.

El pueblo de mi familia alzado sobre el centro de la marisma. En la encrucijada donde convergen los principales caminos que conducen al mar y a las montañas, los caminos de la droga del Estrecho.

Noche de verano

Son noches donde crujen insectos y caen estrellas del cielo oscuro. Bajo nuestros pasos gimen piedras y se doblan cardos secos. Al fondo, desde las calles del pueblo se levanta un olor perenne a restos de carne de alguna caza y a rocío, a arroyo y a plantas humedecidas, a mosquitos perecidos.

Tarda la luna en salir, oculta aún tras las montañas, hasta bien entrada la madrugada no la veremos y habremos de contentarnos con contemplar las sempiternas estrellas que iluminaban nuestros sueños de pequeños y que olvidamos con tanta facilidad por causa de nuestros problemas cotidianos.

Viaje de noche y Jotas

Me vi obligado a hacer la maleta deprisa y corriendo para pasar la noche en la sierra. JC, quien me había embaucado a realizar aquella aventura y se ofreció a llevarme hasta allí, me pidió permiso para correr y yo se lo concedí sin saber muy bien a qué me comprometía. El coche bajaba cuestas milenarias como un cometa incandescente, aun así controlado, y de vez en cuando JC se erguía sobre el volante para divisar por el breve desarrollo de un instante una torre de vigilancia o un valle perdido entre sombras. Finalmente llegamos a nuestro destino, un pueblo enorme de piedra rodeado de rocas, hendido por un río límpido y frío. Allí, tras una breve cena, pasé una fría noche sobre un duro suelo de mármol, más duro aún que las piedras de la montaña. Al día siguiente convencí a otro conductor cuyo nombre empezaba por la inicial J para que me llevara hasta Jerez, lugar donde había de pasar el día, que consideraba que quedaba de camino en su retorno a Sevilla.

Miedo

Me daba miedo el diablo, me estremecía pensando en sus frías, gélidas manos, afiladas uñas y relucientes colmillos.

Sabedor de ello, tomó otras figuras, a veces más hermosas que la mayoría de las que se deslizan sobre la tierra, pero siempre hay podredumbre bajo sus delicados pasos. Siembra siempre corrupción entre las personas que se quieren.

Abracé al diablo para matarlo. Casi morí en el intento, pero aquí sigo.

Viaje al pasado

El coche parecía una nave espacial navegando por el espacio frío y oscuro, totalmente empañado por la condensación que caía de las nubes, aumentada a su vez cuando se impregnaba de la humedad que desprendían los campos de niebla. El vapor subía desde los charcos y los ríos.

Finalmente vimos montañas y el amanecer deslizándose bajo los cimientos pétreos. Sonaba la música de cítaras y flautines. Una campiña verde cubierta de cercos se desplegaba bajo inmensas moles rocosas. La reconocí al acto. Allí mi madre solía decir, no del todo segura ni en absoluto convincente, que ya nos quedaba poco para llegar.

Hotel

Nada nos sorprende más que despertarnos en una habitación que no esperamos, tras dormir toda una apacible noche sobre una cama que no es la nuestra, sin duda más cómoda, pero por ello mismo desconocida.

Son lugares donde nos encontramos de nuevo con nosotros mismos, tras largos meses dedicados a cosas que no son nuestras, cosas que no somos nosotros.

Aquí, en cambio, la complicidad se convierte en la nueva rutina, los horarios no estorban, las molestias son pasajeras y los beneficios muy grandes.

El ocio es necesario para purgar el negocio. Tal es el precio de la vida.

Aviones

Desde muy pequeño me interesó volar. Quería saber lo que se sentía al dejar el suelo a una velocidad apenas superior a la de un Fórmula 1, quería averiguar qué tacto tienen las nubes. Algunos niños sueñan con el mar, yo en cambio siempre lo he hecho con las alturas. En lugar de anclas y gorras de capitán, adornaba mi escritorio con hélices y aeromodelos de madera de balsa. Ojeaba enciclopedias plagadas de láminas a todo color que ilustraban los múltiples tipos de aeronaves. En vez de puestas de sol idílicas a orillas del océano suelo preferir ver al astro rey desaparecer bajo las cimas del mundo.

Durante los meses confinados en casa he dejado de ver aviones surcando el cielo, solo algún helicóptero de emergencias ha invadido por espacio de un breve instante el límpido espacio aéreo. Una tarde vi una bandada de patos migrando a baja altura. Lo cual me desconcierta sobremanera aunque no siempre sea consciente de ello, ya que resido justo exactamente bajo un corredor aéreo de primer orden, el cual se ha vuelto año tras año más y más importante.

Un día comenzaré una historia sirviéndome de la circunstancia de un viaje en avión, desde que deje el suelo hasta que vuelva a tocarlo. Todo transcurre entre un duro despegue y un suave aterrizaje. Esa es la parte que importa de veras en toda historia, la central, el nudo, el desarrollo, el núcleo.

Viaje a Málaga

Recuerdo aquella noche de larga espera, tras haber visto la primera película comprada de Tintín en formato vídeo, esperando la hora de despertarnos, las seis, y de enjuagar mi cara con ánimo de quitarme algunas legañas de los ojos. Nunca me había despertado a aquella hora y me parecía algo nuevo y exótico aún por probar. Salimos muy temprano de casa, persiguiendo al tren de la tarde anterior, y aún no eran las siete cuando ya circulábamos por una vieja carretera vacía, aquí mal llamada autovía, entre campos ocultos bajo la sombra y luces de colores provenientes de los extensos polígonos de la periferia. Nuestro coche era rojo, apenas si alcanzaba los cien por hora en aquella época, por lo que tardamos más de dos horas en llegar a nuestro destino. Los túneles en la ida eran injustamente más cortos que en la vuelta.

Campamento

Llegó el gran día. Lo había esperado con impaciencia, no puedo mentir. Algunas noches me costaba dormir bajo la ventana, aun cerrando mis ojos con fuerza y buscando la postura más cómoda. El calor del verano tampoco ayudaba. Todos los elementos jugaban en mi contra. El tiempo pasaba demasiado despacio, la rutina no terminaba nunca y la aventura no empezaba de una vez.

Pero el día señalado, rodeado con color rojo en el calendario, llegó cuando tenía que llegar. Ni antes ni después, sino cuando era necesario. Aquella mañana no me costó en absoluto levantarme de la cama. Estuve dando guerra desde primera hora.

A pesar de todo, había que esperar a que llegara la tarde. La mañana se me hizo eterna, y la comida a mediodía también. Hasta la película de fantasía que vimos mientras mis padres se echaban la siesta. Finalmente, dieron las cuatro de la tarde y respiré aliviado.

La hora de ir al colegio se acercaba ya, y mis padres, aunque ya en pie y activos, no parecían darse cuenta de que teníamos que ir saliendo. Mi padre buscaba las llaves del coche, como siempre. Mi madre comprobaba mi equipaje; quería asegurarse de que no olvidaba nada.

Yo llevaba una mochila enorme, que una amiga de mi madre nos había prestado, con la cantimplora rígida colgando a un lado y la gran linterna de cinco luces distintas al otro. Encima de todo el conjunto un grueso saco de dormir torpemente enrollado, un poco ladeado hacia la derecha. Lógicamente, me hacía perder el equilibrio. Y por último un macuto más, verde, con aspecto ligero pero que me dejaba la marca del asa bien grabada en el brazo. De esta guisa bajé en el ascensor acompañado tan solo de mi madre; obviamente no cabíamos todos ahí y el equipaje debía dar más de la mitad de mi peso.  

El patio del colegio estaba repleto de niños, como unas semanas antes cuando había clase, pero esta vez todos parecían contentos. Mucho más de lo habitual en nosotros.

Nos dirigimos a los autocares. Separados ya de nuestros padres, algunos cogimos la delantera. Por una vez, nos olvidamos de la acera. Teníamos la calle entera para nosotros. Los profesores tampoco nos dijeron nada. Al entrar en los vehículos, fueron pasando lista y los primeros dijimos “sí”, hasta que alguien tuvo la ocurrencia de decir otra cosa:

— ¡Presente!

Me gustaba más esa palabra. Lamenté no haberla dicho.

Lentamente, los autocares se fueron poniendo en marcha. Nos despedimos haciendo gestos exagerados con las manos. Estábamos excitados, muchos nunca nos habíamos separado de nuestros padres durante más de media jornada de escuela. Los vehículos dieron una vuelta por el barrio, internándose en calles que conocíamos de memoria pero que nunca habíamos visto desde aquella alta perspectiva. Yo me preguntaba cómo podíamos caber en ellas. Finalmente alcanzamos la autopista y pusimos rumbo a lo desconocido.

Cantábamos a pleno pulmón. Era imposible hacernos callar. Algunas de las canciones no gustaban a nuestros monitores, pero tuvieron que aguantarse. Pasamos por pueblos de nombres graciosos, como Montellano, que fueron pasto de nuestras bromas.

Aquella noche, junto al fuego de campamento, prometí dedicar mi vida a lo desconocido.