Ruta romántica

El camino a Ronda podría parecer rápido y directo, pero se trata de una cuesta eterna, extendida bajo el aleteo de los buitres y el susurro de las ramas de los pinsapos. Se inicia a lo largo de una breve autopista que más tarde pasa a convertirse en una fina autovía, y ya nunca vuelve a ser otra cosa a lo largo de toda la tierra fronteriza, cuna de la bandolería.

Piratas y bandoleros, ¿acaso no se trata de la misma cosa? Bandoleros son los piratas de las montañas, y las montañas surgieron de las profundidades del mar. Richard Ford los conocía bien y quería vestir como ellos, pero solo era un invitado ante esta inmensidad hermosa y española. Como tú, como yo.

Empieza esa ruta a los pueblos nazaríes y benimerines, la ruta de los viajeros románticos, que ya no existen sino en las rocas y en la imaginación. Empiézala en tu cabeza y termínala cuando no te queden más fuerzas. Y vuelve a ella cada vez que puedas a recordar lo que fuimos y no somos.

La taberna del fin del mundo

Hay una especie de bar excavado bajo roca, de paredes humedecidas y casi lloronas, inmerso en un valle florido, donde la noche no termina nunca.

Hay un pueblo yacente bajo montes surcados por un estrecho río, habitado por casas de piedra que guardan el calor del verano en invierno y refrescan al llegar la primavera.

Hay una muchacha de ojos grandes y tobillos finos, desconsolada, que sueña con ir al mar, pero vive en la Sierra.

Hay un camino que lleva a lo más hondo del valle, pero para volver se sale por otro sitio, por otra provincia.

Hay miles de detalles como estos que pasan inadvertidos para los ojos acostumbrados a la realidad, pero antaño lo eran todo cuando fuimos niños.

Mañana solo nos quedarán los recuerdos. Nunca volveremos al mismo lugar.

Road

La llamo la Ruta 90, porque noventa son los máximos kilómetros permitidos por hora durante casi todo el trayecto. Los neumáticos arden bajo el capó, sobre un asfalto a punto de derretirse. Una larga recta hasta las montañas, camino directo hacia el fondo del mar levantado hace milenios, cubriendo la tierra —entonces virgen— de sal y de vida.

Tras pasar las colinas marrones que anuncian la frontera y pasar por aquel pueblo de paciente nombre, llegamos al cruce sobre el río más caudaloso de la provincia del Sur. Lo cruzamos despacio, a lo largo de toda una majestuosa curva erigida sobre matorrales.

Entonces me acuerdo de hace dos décadas, cuando aún prácticamente no existías, pero te llevaba en mi corazón, igual que ahora, aunque a veces no quieras. Hoy te he recordado que sigo existiendo.

Somos capaces de hacer mejor lo que tocamos, y mucho peor lo que ignoramos.

Abierto hasta el Amanecer

Con los ojos secos y brillantes, pocas horas de sueño encima, y una fiebre alta que no me deja apenas moverme, sigo viajando, incansable, en busca de lo que nunca encontraré, salvo por breves momentos de fugaz lucidez.

Por delgadas rutas verdes interprovinciales, bajo cimas puntiagudas y rodando sobre infraestructuras gastadas, entre pinos, sorteando montes cubiertos de matojos aleatorios, al fondo hay una ciudad escondida, nuestro próximo destino.

Antaño, no hace mucho tiempo, nos guarecíamos bajo la roca para protegernos del frío invierno. En lugares ancestrales como este lo siguen haciendo, al igual que nuestros antepasados, los últimos pueblos libres del Sur.

Contemplo un río antiguo excavando su garganta bajo casas de piedra mientras imagino que me recupero y que esta noche podré salir un rato a contemplar las estrellas antes de irme a dormir.

Un día pasado bajo la roca, mañana marcharemos sobre ella.

Un Día

Quiero ver pasar todo un día, un solo día entero, lentamente, como si estuviera sentado desde un balcón de madera colgante, frente a toda la Sierra.

Quiero ver amanecer desde detrás del monte Albarracín y ver luego ponerse el sol tras los campos que rodean Algar, entre colinas verdes y serpenteantes veredas, camino de Arcos, haciendo brillar, a lo lejos, los pantanos.

Quiero hacerte el amor a media tarde, tras haber comido, bebido y cantado, antes de que salgan las estrellas que nunca consigo fotografiar con nitidez.

Un día de pausa, un día de paz. Un día vivido.

Noche Pirata

Llovía al final, refrescando el suelo del calor de la ya vencida tarde. Caían frágiles gotas que parecían ensuciar los adoquines de la calle más que baldearlos, cubriéndolos de motitas grises. El enorme farol amarillo hacía brillar y resaltar todas y cada una de las piedras. Era una lluvia antinatural, extrañamente monótona, pero real y fría como el hielo. A lo lejos, tras las espadañas de las viejas iglesias, se oían tañidos de campanas de navíos, desde el distante puerto. Olía algo así en el aire como mercancías traídas desde el oeste, podridas bajo el sol, anunciando que llegaba el esperadísimo verano.

El tiempo había cambiado, el viento soplaba desde el mar embriagando el aire de la calle de sal y especias. Al fondo del río, entre cables y grúas con aspecto de grullas, se abría el inmenso mar.

Escapada

Cogimos el coche, silenciosos como furtivos, y nos escapamos una noche de luna mora menguante, ocultos bajo la oscuridad absoluta, para no volver jamás.

Circulamos mayormente a través de carreteras comarcales para evitar sospechas, atravesando la noche, adivinando de cuando en cuando algún pueblo o caserío tenuemente iluminado entre las colinas oscuras, sin estrellas.

El agua se deslizaba sobre las ventanillas y ocultaba el camino de nuestra vista durante espacio de pocos segundos, suficientes para evitar que nos durmiéramos. Las gotas clamaban sobre la chapa del techo, pero nos sentíamos seguros en el viejo coche. La lluvia no era otra cosa que agua reciente del mar clamando por sus antiguos territorios.

Finalmente dejamos los pueblos de nuestra abandonada provincia y nos adentramos profundamente en las tierras que apellidan Frontera a todo.

Sal

Huele a sal en el aire.

Sopla el viento del oeste, y a ratos del sur, procedente del mar, arrastrándose sobre campos de trigo y arroz resecos, en dirección a la Bética, atraído por cimas envueltas de nubes que parecen de humo, dando de beber a ríos yacentes bajo montañas ancestrales.

Las calles de Sevilla respiran por unas horas brisa marina; la cal reluciente de sus paredes impregnada de sal llegada de otros países, mezclada con el sol.

Huele a sal marina y a salitre, el mismo que pisotean las playeras de bellas gaditanas y el mismo que acentúa el escozor de los marineros cansados.

Huele a sal, huele a mar, huele a Sur…

Barlovento

Dicen que los finales tienen que ser felices por fuerza. Este no lo fue del todo. El mismo viento que me arrebatara de sus brazos me trajo de vuelta a casa, bajo las montañas con formas prehistóricas que se ven desde el mar. Pero no encontré lo que buscaba entre las olas.

Durante doce largos meses navegué por oscuras aguas, enfrentándome a todos los peligros que un hombre ha de afrontar para merecer tal nombre y dejar de ser siervo de sus mayores. Pero no obtuve recompensa más que la experiencia de saber cómo dominar el timón de mi barco y sortear los huracanes imprevistos que se levantan sobre los mares.

Ella seguía donde la dejé, descalza sobre el césped del jardín, con sus pies finos enterrados en la hierba. La besé tras no gustar labios durante más días de los que podía contar y entramos en la casa.

Sotavento

Se despidió de mí con el mar reflejado en los ojos. La visita había sido fugaz pero intensa. Medio día tácito con ella, no haciendo otra cosa que mirarnos e imaginar lo que había bajo nuestras ropas, sin atrevernos aún a quitárnoslas. El viento había cambiado de dirección. Soplaba arrojando las nubes saladas contra la cima del pico San Cristóbal, descargando su contenido al otro lado de la vertiente norte, sobre calizas polvorientas y pinsapos ya resecos.

Nos habíamos prometido amor eterno bajo la sombra de las montañas, pero ahora era el momento de partir y surcar los mares otra vez, durante un largo año, hasta volver a vernos. Nos dimos un último beso que no quise que terminara.

La borrasca que llegaba del Atlántico amenazaba nuestra vida y nuestros sueños, pero había que hacerle frente de la manera que fuera, como fuera. Solo así podríamos volver a vernos.