Dos

Para mí el dos siempre fue un número de color rojo, mi preferido entre todos aquellos contenidos en la escala cromática. Tengo la suerte de vivir en la década roja, la segunda del segundo siglo de nuestra era. Creo firmemente que las segundas partes a veces pueden ser no solamente buenas, sino incluso mejores que la anterior, superando la frialdad aún no del todo esbozada de la primera vez.

Es increíble descubrir cómo una historia se te mete en la cabeza, más que una idea, mucho más que un estudio, una obsesión por alguien del sexo opuesto o una persecución profesional o monetaria. Necesitamos historias, precisamos de aquellas palabras que antaño nos hicieran temblar de miedo o de felicidad antes de irnos a dormir y con cuyos episodios soñábamos enriqueciendo nuestra imaginación, única arma contra la rutina. Y esto es porque a vivir no nos enseña nadie, ningún manual ni ninguna otra persona con otros medios y experiencia, nadie nos enseña más que una buena historia.

Aún recuerdo cómo empezaba aquel relato inconcluso que iniciamos a medias, como casi siempre, con un viaje inesperado bajo la sombra de la noche hacia la dirección sobre la que acostumbra a aparecer el sol entre viejas almenas de piedra, reluciendo sobre las losas de mármol apiladas en la fábrica de un camposanto.

Don

Durante incontables y largos años, un plazo que ahora parece brevísimo y remoto, viví sin conocer el dinero. No tenía idea, ni siquiera aproximada, de su valor ni de las posibilidades que ofrecía, y no le otorgué interés alguno. En lugar de ello, me refugié en las palabras, a la vez preciosas y útiles, como reliquias con las que podía plasmar ideas y ensueños míos —quizá no míos del todo, tal vez en parte inspirados por otras fuentes— y comunicarlos a otras personas, aunque mi intención era tan solo darles forma, no compartirlos en primera instancia. Más tarde me vi obligado a emplear las palabras, aquellos tesoros puestos durante décadas a buen recaudo en lo más profundo de mi interior, para fines lucrativos y comprobé el poco valor que tenían para el mercado aunque para mí lo fueran todo o casi. Maldije aquella vanidad y estupidez creada en mi opinión por personas huecas y sin escrúpulos, que juzgaba sin conocer plenamente. Pero el paso de los años me hizo darme cuenta de que, fuera de las palabras, más allá de las metáforas, recursos literarios y descripciones, lo que queda es la vida. «Unos viven y otros escriben», me dije.

Veroño

Desde hace ya algunos años, el calor se extiende algo más de lo permitido una vez pasado el verano; unos dicen que siempre ha sido así, otros que es obra del cambio climático, aunque en estos tiempos ya no se puede hablar con seguridad de nada, dado que todo debe ser relativo y sometido a examen por autoridades incompetentes en mayor o menor medida. Mi balance de este año es que jamás había pasado tanto tiempo esperando ni viendo tantos días pasar en balde, ni escuchando consejos estúpidos emitidos desde la distancia por parte de personas que no se los aplican.

Este verano no hemos visto más barcas que los vagones de mercancías provenientes del puerto ni sentido más agua salada que las pocas gotas fangosas despedidas por alguna tormenta eléctrica aislada de mediados de agosto. Ha sido un verano largo y sacrificado, lleno de soledad y prácticamente falto de apoyos, casi ascético, que ha dado para muchas reflexiones, pero sobre todo para observar comportamientos ajenos, de los cuales siempre se puede tomar nota para no cometer errores en el futuro ni malgastar energías que no nos sobran en gente que no merece la pena nombrar siquiera.

El veroño, veranillo de San Miguel o como quieran llamarlo es una época confusa que huele a otoño a ratos pero bajo un sol que pica y escuece sin llegar a calentar lo suficiente el agua estancada como para apetecer darse un baño. Es una época propicia para terminar de perder amistades tras el largo periodo estival durante el cual cada uno se pierde por su cuenta en ese entramado de ilusiones temporales que apenas si dura un trimestre pero al que sigue un curso académico o laboral (para el que se rija por las leyes del Estado) largo, larguísimo y tedioso.

Con todo, es momento de recomenzar y seguir aprendiendo, una vez más, de todo cuanto acontece. Al fin y al cabo la vida es eso, o algo parecido nos vendieron.

Una nueva vida

Los hospitales, como los conventos o los asilos, son lugares enormes donde a veces el tiempo parece detenerse por un plazo demasiado largo, a veces eterno, sobre todo cuando uno se ve obligado a permanecer en vigilia o guardar ayunas por una o otra razón; médicas hay muchas. Aunque algunos desearíamos que se encontraran vacíos de gente y así evitar sufrimiento, no lo están, pero mucha gente que mora en ellos puede encontrar y sentir ese vacío que a veces tiene cosas que enseñarnos sobre la vida, si es que le dejamos. El Vacío es el escenario primero de la Creación, sobre el Vacío y la Nada se erige el mundo tal y como lo conocemos; la Causa causante ya depende de las creencias de cada uno. Todo sonido se construye sobre silencio; toda gran obra comienza por vaciar terreno para levantar cimientos.

Llevo un par de noches sin dormir, casi sin comer, esperando pacientemente y en silencio a que se cumpla el milagro, aquel recuerdo feliz que junto a aquel polvo de hadas mágico me permita alzar el vuelo tras decir: ¡Soy Padre! Pero padre de verdad, de los que se quedan contigo toda la vida tratando de sacar lo mejor de ti, de ayudarte a encontrar tu propio camino y reírnos juntos de las contrariedades, aunque estemos en desacuerdo en ciertas cosas. Ser padre no es solo dar la vida, sino también es permanecer y cuidar de ella.

Bien, hoy ha ocurrido el milagro tan esperado cuya única y sola causa éramos simplemente dos personas unidas y solas frente a un mundo egoísta en el que sólo se puede vivir cuerdo siendo contradictorio con su misma naturaleza y compartiendo aquello que nos escasea o que no tenemos del todo ganado. Nadie tiene todo en esta vida, pero a los hijos se les da todo lo que se tiene e incluso a veces lo que es hasta imposible que tengamos.

Y con esto y finalmente, cito de la manera más textual posible que me permiten las limitaciones del castellano a mi autor francés preferido, Marcel Pagnol: «Amarles y servirles. Tales son los únicos derechos que los mayores tienen sobre los más pequeños». Pues a ello.

Y como decía Peter Pan al final de Hook: «¡Vivir! Vivir será mi gran aventura».

Quién como Dios

La última frontera

A veces (y no tanto como me gustaría) acostumbro a caminar por parajes desolados que antaño me parecieran más grandes de lo que son hoy en realidad. La naturaleza es algo brutal, te golpea en la frente con la dura realidad de los elementos apenas has cruzado su umbral. Es en esos momentos en los que ese débil nexo que recientemente he descubierto entre el espacio y el tiempo nos hace darnos la vuelta y tomar conciencia de nosotros mismos, a falta de poder apreciar plenamente las sutilezas que tenemos por delante. Durante esa breve pausa nos damos cuenta de lo que no hemos podido pensar en los días pasados, en los que nos falta el tiempo para hacerlo debido a la intensa (y sin embargo irrelevante) vida que llevamos vivida.

Los déjà-vu no son sino recuerdos de sueños antiguos avivados al visitar de nuevo aquellos lugares que nos han marcado de alguna u otra manera. No podemos volver al pasado, pero sí rememorarlo y aprender de él, aprovechando la perspectiva ganada con el paso del tiempo y de sufrir de la experiencia de aquello ocurrido.

No podemos cambiar lo que no nos toca a nosotros hacer. No tenemos derecho a pedir a nadie que cambie, puesto que no se trata de nosotros ni de algo que sea nuestro, solo podemos alentarlo con el ejemplo y el éxito de una vida feliz, si de veras estamos convencidos de que merece la pena derrochar en otra persona nuestra energía más positiva.

Ante esto, no nos queda otro remedio que aceptar la realidad tal y como es, esperando una mejora gradual en el futuro, sin prisas. Ocuparnos de lo que es de veras importante; vivir el presente de la mejor forma posible. O tal vez hacer que mejore la vida de alguien necesitado, algo tan frecuente en un mundo que no se preocupa en absoluto por los demás si no hay algo parecido a un premio o reconocimiento claramente visible en ello.

Alguien nos hará ser mejores si no somos capaces de hacerlo nosotros mismos por nuestros propios medios. Quizá alguien nos hará poner todos nuestros medios, aquellos que no estábamos dispuestos a dar fácilmente, incluso algunos recursos que desconocíamos tener ya fuera en nosotros o nuestro entorno, al servicio de alguien que no seamos nosotros. Esta es la última frontera que transciende lo físico y nuestros propios límites.

Camino

Tal vez sea nuestro sino desandar lo andado por otros. Tal vez sea nuestra proeza abandonar las sendas habituales y crear las nuestras propias. Siempre hemos andado a la contra porque no nos convencían los modos antiguos, ha tiempo ya vencidos. No queríamos imitar, ¿qué tiene eso de interesante? No, la libertad es siempre ir hacia delante, pisando roca desnuda.

Cuando era niño miraba siempre hacía abajo, me fijaba en los recovecos del camino mientras me instaban a mirar hacia arriba. Una vez superada la niñez, descubrí que desde arriba se pierden muchos detalles de las cosas. Quizá haya una tercera vía que consista en mirar únicamente al frente.

A través de la noche

Llovía, pero no alcanzaba a divisar más gotas que aquellas trenzadas en un filo hilo anaranjado bajo la farola más cercana. Alrededor, noche oscura y estrellas invisibles; largo tiempo hace ya que perdieron el brillo sobre las ciudades, y hoy día empieza a ser incluso difícil distinguirlas en las afueras debido a la contaminación lumínica. Pocos son ya quienes las miran, ya apenas se les presta atención. Y sin ellas no hay esperanza posible, solo una noche vacía aguardando que llegue un alba pálida que filtre un poco de luz, tan necesaria, entre la cada vez más densa polución que nos hace perder, poco a poco, el olfato y por tanto el gusto, mientras el persistente ruido va terminando con nuestros oídos.

Algunos hombres crecieron mirando las estrellas, aprendieron a orientarse bajo los astros siempre inmóviles, aun a ciegas, aun en medio de la penumbra. Nadie les mira, nadie les escucha sino para reírse, para burlarse quizá con momentáneo y vano alboroto, pero ellos siguen dando órdenes en silencio, su gran aliado, y trazando mapas que puedan tal vez ayudarnos a guiarnos bajo la oscuridad, a tientas, cuando se hayan desgastado todos nuestros demás sentidos.

Pacem in terris

De todos los tesoros posibles imaginables, ya sea realistas o totalmente idílicos, la paz sobresale por encima entre los más deseados por los hombres. Calma antes y después de la tempestad, la cual suele caracterizarse por ser tan intensa como breve.

No hay mejor manera de emplear el tiempo que en perderlo, en regresar dando paseos a aquellos caminos olvidados por la rutina diaria. En contemplar cómo hemos crecido al volver a andar los mismos senderos y ver cómo ellos, sin embargo, apenas han cambiado.

El mundo alienta el tesoro de la paz sin saberlo. Paz rima en asonante con humildad y verdad; no da pie a ambiciones idiotas ni proyectos irrealizables y fácilmente sustituibles por nuevas modas. Paz eterna en latín vulgar. Solo unos pocos hemos entendido realmente su significado.

Frío, frío 2021

Al término de estos diez meses echo la vista atrás y pienso en todo lo que hemos pasado sin llegar todavía a ninguna parte definida. Momentos duros, durísimos, y un mundo vuelto del revés sobre el que, por un atisbo, pareció que cambiaban de manera brusca y casi mágica las tornas del poder para volver de nuevo al lugar donde siempre han residido, incluso con más firmeza que antes.

La pandemia nos ha impuesto el uso de una mascarilla tan incómoda como inútil, pero en cambio nos ha quitado las caretas a todos. Todas las crisis sacan lo mejor y lo peor de las personas, dependiendo de lo que sea que lleven dentro. Algunos que acostumbraban a ser próximos se han ido sin motivo, quizá para siempre; otros más distantes se han acercado sin esperarlos ni haberles dado bienvenida alguna, quizá resulten ser más verdaderos que los anteriores.

Quizá pasado este año de penumbra haya una nueva vida más allá de las estrellas; un nuevo sol amaneciendo sobre las montañas gélidas de nuestra tristeza invernal. Al final, la luz se levantará de nuevo.

Espero paciente un 2021 cargado de esperanza. Nada más por ahora.

Barqueta

No pensé al principio que aquel coche parado en medio del puente señalaba mi destino. Nunca pensé que viviría tres años completos frente al escenario donde Sevilla creció y murió al cabo de un ejercicio. Ni que aún me quedan dos años más por enfrentar y aprender de ellos, ya bastante más al sur, río abajo.

El centro siempre ha sido como un pueblo, donde la vida se desarrolla a pie de calle. Donde lo mismo ves a un niño jugar en su cuarto al pasar frente una ventana como una pierna cruzada sobre otra encima de un colchón, con un portátil despidiendo colores entre las rodillas, en plena vida de hogar sin posibilidad de ocultación salvo cerrando las persianas.

Mi vida siempre ha sido una vida de despedidas y traslados, de mudanzas y viajes sin intención de asentarme en ninguna parte. Siempre he vivido bajo la sombra de una nostalgia errática, con el murmullo entre los oídos del adiós, con la certeza de que nada es para siempre. Y sin embargo siempre añoro lo que dejo atrás, quizá más que nadie en este mundo girante. Y nunca he echado más de menos que mi primer hogar y su entorno inmediato, a pesar de haberlo odiado durante muchos años.

Sevilla, siempre rancia, siempre eterna.