Pandemia

Al final, la pandemia, como cualquier  tormenta, cataclismo o catástrofe natural, es una cura de humildad para toda la humanidad, y en especial para aquellos imbéciles que consideran que el control de lo incontrolable es algo posible, o que han hecho de su profesión el aparentar hacerlo o el tener la varita mágica para prometerlo.

Protocolos improvisados, medidas absurdas, demonización de las reuniones familiares; de los encuentros entre amigos y de las celebraciones de las grandes etapas de la vida, para mucha gente único consuelo entre duras y largas jornadas de trabajo. Buscar y denunciar causas de contagio en lugar de hacerle frente.

El problema no es la gente, ni tan siquiera el virus, sino la mentira e hipocresía comunes de la sociedad enfermiza en la que vivimos confinados.

Ocaso

Mirar al horizonte, hacia al atardecer, siempre supuso un acto de rebeldía contra el orden establecido. Como un acto de fe, impulso del corazón frente a la dureza de la fría lógica. Único consuelo a veces tras una larga jornada de trabajo, de sol a sol, hasta verlo hundirse para ascender de nuevo, incansable, eterno, alumbrando el día siguiente.

Contemplar las estrellas sobre el cielo, consumiendo su fuego a través del espacio y del tiempo, en dimensiones donde se entremezclan los últimos límites inalcanzables para la humanidad. Tal es su poder, aquel que no podemos comercializar ni alterar a nuestro antojo, puesto que nos es imposible llegar hasta ellas.

Tiempos memorables

Vivimos diversos cambios de ciclo, épocas, siglos y milenios; fuimos personas excepcionales, no por méritos propios, sino por todo el progreso del que nos beneficiamos hasta convertirlo en costumbre. Los ochenta fueron el caldo de cultivo perfecto para la innovación artística hasta llegar al esplendor tecnológico de los noventa, la crisis del dos mil, los retrocesos políticos y la decadencia posneoliberal que se extiende aletargada hasta nuestros días. Visionando los clásicos me he dado cuenta de que el no tan reciente ya cambio de siglo roza a veces la perfección (sobre todo cinematográficamente), y no deja de sorprenderme tal transición. Sin embargo, ahora hemos tocado techo al parecer y ya solo toca pagar los platos rotos que tanto hemos postergado.

Bicho raro

Nadie puede amar a los demás si no empieza por uno mismo. A mí me despreciaron desde siempre, por lo que me resulta difícil querer algo que no resulta amado por la sociedad en general. Solo cuento con el aprecio de la parte débil, de la que también se siente sola y abandonada por el mundo y que busca consuelo y algo que compartir con el exterior como yo.

Sin embargo, tengo mis momentos en los que causo admiración y sorprendo a quienes me subestiman. Cuando llega la inspiración soy capaz de sobreponerme a las dificultades, pero siempre tengo que empezar a convencer a la parte más difícil, que no es otra que yo mismo.

Azar

No hay reglas escritas. El camino lo construimos nosotros. Por eso no hay un manual para todo. Siempre me aferré a las reglas y a las normas porque me transmitían confianza y me ayudaban a vencer mis miedos. Pero no hay reglas ni normas aplicables por entero a la vida. Todas, una por una, fallan una y otra vez. Al igual que las personas cambian, cambian los escenarios y las condiciones de juego.

Fin

Siempre me angustiaron los finales, la simple palabra fin me clava aún una puntiaguda espina en la garganta. Debido a ello retrasé todo lo que pude mi crecimiento durante mis primeros años de vida y con frecuencia he detestado la realidad inmediata, siempre finita y, a menudo, manifiestamente mejorable.

Sin embargo, me terminé enamorando del desarrollo de las ideas, del nudo (casi infinito), una vez acometido el primer paso de terminar la presentación. El transcurrir de las cosas puede demorarse en el tiempo hasta límites insospechados. Esta es la parte más interesante de la vida, ya que el principio precisa de continuación, y el final ya no tiene nada más que aportar una vez llega y da la sorpresa según su intención y modos.

Sigamos hasta el fin y esperemos demorarlo todo lo posible, porque una vez acabado el viaje volvemos al aburrido punto de partida sin ser ya los mismos. Nunca podremos superar la emoción de la primera vez. Por eso la vida es solo una, único elemento desprovisto de simetría, de dualidad.

Recuerdos

No son las cosas las que cambian, sino nosotros. Y somos nosotros quienes cambiamos las cosas, ya sea en la realidad o en nuestra mente. Los lugares son inmóviles, no cambian por sí solos, sino que son las personas que habitan en ellos quienes los modifican a su antojo según la medida de sus posibilidades. Por ello nos asombra enormemente volver a amar las mismas cosas aun pasado el tiempo. El tiempo solo no cambia los paisajes; estos seguirán siendo los mismos pasadas tres estaciones. Pero nosotros, aunque espirales que aspiramos a ser cíclicos y nos creemos rectilíneos, sí cambiamos y nos desgastamos, año tras año, aspirando más y más y olvidando lo esencial.

Soy un ladrón de recuerdos. Robo aquello que veo y siento y lo utilizo para mi propio beneficio, hinchándolo de belleza. Como una adicción bendecida, extraigo de un poso inmóvil de ensueños fragmentos de una realidad ya vencida.

«Por qué no podemos esperar»

La vida no se detiene para nosotros. La vida no espera a que estemos preparados para afrontar las mismas etapas señaladas para cada existencia humana a lo largo de los siglos. Tal vez nuestros primeros años, más fáciles en todo de lo que lo fueron para nuestros mayores, no nos hayan servido para enfrentarnos a la máxima dificultad que imponen estos duros tiempos de incertidumbre y desgaste de las estructuras, de basura y de mentira, de vano espectáculo sobre bases de mierda.

No podemos esperar a que se abran las fronteras o mejoren las condiciones laborales, a que el mercado esté listo para asimilarnos o a que se encuentre una cura para las enfermedades que aún no conocemos como corregir. No podemos esperar a terminar unos estudios que no nos llevan en realidad a ninguna parte pero que nos exigen dedicación entera y matrículas muy reales o a firmar un contrato de duración determinada que nos permita sobrevivir unos meses antes de lograr un puesto más estable, condición indispensable para los bancos y para aspirar a menos de la mitad de calidad de vida de nuestros padres pero que aun así resulta insuficiente para mal llamados propietarios (en realidad hipotecados de por vida) avariciosos de infraviviendas.

La vida sigue esperando algo de nosotros que no podemos dar si no nos dejan vivir como es debido, como se ha vivido siempre.

Julio

Era al fin verano, una vez más. Anduve durante escaso tiempo a través de calles inundadas de sol. Subían calores desde el empedrado, flotaban en el aire perdido, cegaban los ojos y embriagaban nariz y garganta.

Pensé en lo difícil que es acometer algo cuando se tiene la cabeza puesta en otra parte. Y es efectivamente cierto, mas somos asombrosamente capaces de desafiar las leyes de la razón y de la lógica de cuando en cuando, y hacer así parecer lo imposible, a ratos, algo extremadamente sencillo.

Tal es el secreto del triunfo.

Casa

Este será mi tercer año viviendo en el centro y aún no he disfrutado plenamente de la Alameda por la noche, a pesar de vivir a apenas tres minutos andando. De sus bares de copas y terrazas. Cada vez que he pasado ante la torre de don Fadrique me ha apenado no ser del todo consciente de su plena medievalidad. Calles eternamente sucias, pero aun así sigue siendo el centro.

Pensaba que era en aquella larga y antigua calle del centro donde acababa la Sevilla conocida, así que allí me fui a vivir. Pero al cabo del tiempo descubrí que la calle no tenía salida. Las cosas que no conocemos se nos antojan mejores, pero la sensación de aprender algo nuevo no implica necesariamente que sea algo bueno o que nos convenga. No obstante, ansiamos aprender, y conservamos ese anhelo por el espacio de toda una vida, como un arma evolutiva eficiente contra los continuos avatares de la vida.