Quaranta

40 es un número, si no sagrado sí legendario; es el número de los ladrones orientales que custodiaban la cueva de los tesoros, el número de días tras el cual suele pasar algo extraordinario si se viven con fe, esperando en ayuno y abstinencia.

Es el número que da nombre a los meses que preceden a la primavera. El número simbólico que duró el Gran Diluvio sobre la Tierra entonces conocida, los mismos días que tardó Dios en esculpir para siempre en diez trazos los Mandamientos sobre roca.

Cuarenta son los días que llevamos encerrados sin clamar por nuestros derechos ni libertad, cuarenta son las derrotas diarias sufridas hasta ahora.

Quizá sea ya la hora de despertar del largo letargo cuaresmal y comenzar de veras la Pascua de Resurrección.

Primavera

Salió el sol, los primeros cálidos rayos de esperanza que llegarán junto al esperado mes de mayo. Por fin se ve la luz al final del túnel, pero aún queda mucho camino por recorrer y los últimos metros que quedan hasta la meta son los más peligrosos, puesto que la confianza nos puede cegar y hacernos dar un último traspiés. Las lluvias frías de abril me han dado que pensar durante las largas noches de insomnio; han limpiado el aire y las paredes de cal de la calle; han fregado los adoquines del suelo y luego el agua se ha secado mucho antes de lo que esperaba. Ahí es donde me he dado cuenta de que la noche es más oscura justo antes de que salga el sol, justo antes de concebir por fin el sueño, y también me he percatado de que la lluvia forma charcos que más tarde se secarán más rápido que nunca bajo el calor de la primavera, y aumentarán la belleza del suelo ya limpio. El mundo sigue y seguirá hecho de los cuatro elementos básicos: tierra, agua, aire y fuego. Y seguirá sin nosotros o a pesar de nosotros, más sucio o más limpio, esperando el próximo diluvio.

Solo es tierra

Todo destino está hecho de tierra. Todos los países, todas las pistas de aterrizaje extendidas para acogernos en islas remotas, atisbos de paraíso que no son tal. Todas las plazas legendarias, calles célebres y largas avenidas elíseas, campos resecos y moles de roca por explorar. Todos los continentes que aún no conocemos y que nos gustaría visitar, animados por la siempre falsa publicidad. Todas las cuevas que hemos visitado de niños y cuyas paredes ansiamos volver a acariciar. Todo el torcal, todos los dólmenes milenarios que aún siguen esperando bajo el sol y la lluvia otros milenios por llegar. Todas las autopistas concurridas en verano, que nos conducen entre provincias hasta el mar. Todas las playas de arena de distinto volumen de grano cuya sal sin esfuerzo no nos podemos quitar. También es la tierra nuestro destino final. Somos del polvo y al polvo volveremos, a generar más polvo donde pueda asentarse una nueva vida hasta terminar.

Coming of age

Hacerse mayor es soltar lastre y volar, pero nos da mucho miedo volar. Igual que caminar, tras caer una y otra vez. Pero no hay nada como la satisfacción de vernos en el aire, o desplazándonos a través del suelo, sea a pie, sea en bicicleta, sea asiendo un volante con las manos. Todos estos pasos me han costado mucho, puesto que nadie se ha ofrecido a dármelos, y el tiempo para poder alcanzarlos por mí mismo me ha supuesto mucho esfuerzo. También es este propio bloqueo el que me ha impedido realizar las cosas que se suponía que debía hacer por mí mismo el que ha propiciado que pensara que no era capaz de hacerlas. Para auto convencerse de que uno puede hacer algo tiene que ponerse manos a la obra. Es la única forma. No hay ninguna lección válida que extraer en la observación del fracaso ajeno, o escuchar consejos desacertados de personas que no comparten la misma experiencia vital, y no se ha de olvidar tampoco que no hay dos seres humanos iguales conviviendo en el mundo.

Cuando somos niños vemos las cosas de un modo más puro y entero que tras los años que suceden a nuestra frenética entrada al mundo adulto. Las preocupaciones, leves y graves, empañan nuestros sentidos y tornan nuestra vista de colores más grises. Las distracciones se hacen más necesarias, porque la realidad se convierte en pesadilla; es algo continuo. Solo entonces, en medio de ese glorioso entretenimiento, nos atrevemos a realizar y dar rienda suelta a nuestros sueños.

Amanecer

Qué has hecho durante toda tu vida, sino levantarte, una y otra vez, ascender poco a poco y enfrentarte a cada una de las etapas de tu vida, la mayoría de ellas absolutamente solo, poco a poco, sí, cayendo y poniéndote otra vez en pie, ascendiendo en la medida de lo posible en la escala social, logrando alcanzar con la punta de los dedos lo que te deniegan, enfrentándote a tus miedos y enemigos, a la soledad y los falsos amigos, a familiares que no son tal, y a personas que te quieren y han querido.

Qué has hecho sino aprender a parar los golpes que siempre has recibido, a ocupar toda la portería con tus frágiles hombros de niño, a salvar goles con la boca y nariz ensangrentadas, y codos y rodillas magulladas. A comprar lo que nunca tuviste, a luchar por lo que nunca soñaste pero sí anhelabas en silencio durante noches largas bajo la luz de la luna que entraba entre los barrotes de tu pobre ventana. Eras débil, siempre lo fuiste, pero eras en cambio resiliente, capitán, dueño y señor de tu destino, aunque solo veas noche a tu alrededor y huyas de la luz del alba, por no aguantar más el cansancio y por tener un estómago poco amigo del desayuno y del mañana.

Un día el sol se levantará como hace desde el este de la A-92 cada día, como hacía frente a tu armario empotrado calentando la pared de la habitación sin poder penetrar por ningún agujero. Como hace todas las mañanas que pasas durmiendo, naciendo desde Málaga y muriendo en las marismas del Odiel. Y ese día habrás de levantarte por última vez y ver que has dominado tu mayor miedo de todos, que es común a todos los hombres y mujeres del mundo que es, que fue y que será.

Calles vacías

Las calles del centro de Sevilla son a día de hoy maravillosamente silenciosas; solo se levantan rumores al fondo de las mismas, en las plazas y plazoletas y en lo más hondo de las tascas cerradas, pero con plena actividad en su interior. En ellas, el tiempo se detiene al son de palmas y choques de vasos anchos de cerveza, en plena clandestinidad con el apoyo cómplice de los vecinos. Las calles desprenden olores variados: a puchero de mediodía, a lejía, a tarde mortecina de domingo y a azahar caído de los árboles, todo ello mezclado con polen mustio y restos de pipí perruno.

Las patrullas de policía escasean en las calles del centro, por falta de medios para atender la demanda imaginada por el gobierno de Madrid. Ni rastro de militares o de cuerpos especiales armados en el casco histórico; quizá se estima (erróneamente) que sus habitantes se comportan con más educación y compostura que el resto de la ciudad.

Durante la primavera las nubes han descargado parte del cercano mar sobre nuestra tierra y renovado el aire que se respira a diario, tornando nuestra ciudad en algo parecido a lo que era antes y, en realidad, nunca dejó de ser: un pueblo grande, semejante a los de alrededor, pero habitado por gente en general bastante más estúpida, dándose aires de ciudadanos de algo diferente.

El camino del héroe

Ser líder no es fácil, es duro. Muy duro. Consiste en creer firmemente en uno mismo, aunque las olas del mar de la tempestad se yergan altas contra el barco que gobiernas con mano firme. Consiste en maldecir mientras agarras el timón para mantener el rumbo que has fijado tras mucho consultar sobre antiguas e imprecisas cartas de navegación, a la par que tu brújula vacila al son del movimiento de las olas. Consiste en no vacilar en la dirección tomada, y en cambiar de dirección si fuera necesario hacerlo, y en saber cuándo y cómo, sin importar las circunstancias y —si estas importaran— hacerlo igualmente. Supone incluso en morir por las propias ideas. Pero al final del viaje, si alguna vez termina, veremos la tierra que tanto ansiábamos conocer al otro lado, una tierra virgen brillando bajo la luz del nuevo sol.

También consiste en escuchar y sacar provecho de las ideas de otros, pero sobre todo en hacerse escuchar. En dudar de uno mismo, pero también estar seguro de lo que uno ha decidido una vez tomada la decisión. En llegar hasta el límite con las propias decisiones, que solo tú puedes tomar, y hacer que los demás te sigan hasta las últimas consecuencias. Consiste en morir por las propias decisiones, si ese es tu destino, y hacer que se salve tu tripulación mientras el barco se hunde contigo por tu mala elección de ideas. También es recular y buscar una solución que no existe para salvar la travesía. Ser líder es ser para los demás. El verdadero líder muere por los demás y busca el bien de su tripulación aunque ello conlleve perderlo todo. El barco es la casa, y la tripulación es familia. Ser capitán consiste un poco en ser Padre. Amén.

Huérfanos de padre

Vivimos en un mundo por entero regulado, desprovistos de rumbo propio, inmersos en medio de un capitalismo arrollador que nos impone vivir los sueños de unos pocos y nos sugiere perseguir una vida mejor, idéntica a la de referentes inalcanzables, y reducida a pocas horas en las que la fatiga no nos permite levantar cabeza. Pero el triunfo definitivo de esta economía esclavista es la de lograr encerrarnos en nosotros mismos, dentro de un círculo vicioso contra el cual solo el alcohol y el ocio efímero ofrecen una fugaz salida.

Durante esos momentos de breve lucidez, no queremos reglas, ni directrices, sino libertad plena de pensamiento y aspiraciones, más difíciles de aplicar al difuso plano de la realidad. Todo ese caos no nos lleva a ninguna parte, pero tenemos la intuición de que nos hará descubrirnos a nosotros mismos y así cambiar el mundo.

Somos los huérfanos, somos los desterrados, somos los hijos bastardos de Dios. Desde que Dios dejó de importar y abandonamos su Edén luminoso, el frondoso hogar paterno, hemos acogido sin reservas el ordenado caos que supone aceptar las reglas que imponen los poderosos.

Esos personajes referentes de nuestra infancia: Luke, Leia y Han, no son nuestros, se perdieron con el curso de las décadas que tumbaron los muros de antiguos bloques. Han venido otros roles descafeinados a sustituirlos. Ya no hay Spocks lógicos, sino inestables emocionales, ni Kirks autoritarios, sino infantiloides. El mismo Bones que antes se quejara impotente bajo su escuálida caja torácica se ha convertido en una musculosa caricatura de Éomer.

Sin embargo, el mundo nos sigue dando oportunidades de cambiar, como la de hoy. Ahora tenemos reglas impuestas, órdenes a nivel nacional e internacional, limitaciones y restricciones a derechos que nunca hemos visto peligrar, salvo por imposición paterna. Ahora el Estado toma el mando. Volvemos a tener Padre. Han cambiado las reglas de juego. Ahora solo nos queda esperar que el mundo no cambie demasiado en las próximas dos semanas.