Escapada

Cogimos el coche, silenciosos como furtivos, y nos escapamos una noche de luna mora menguante, ocultos bajo la oscuridad absoluta, para no volver jamás.

Circulamos mayormente a través de carreteras comarcales para evitar sospechas, atravesando la noche, adivinando de cuando en cuando algún pueblo o caserío tenuemente iluminado entre las colinas oscuras, sin estrellas.

El agua se deslizaba sobre las ventanillas y ocultaba el camino de nuestra vista durante espacio de pocos segundos, suficientes para evitar que nos durmiéramos. Las gotas clamaban sobre la chapa del techo, pero nos sentíamos seguros en el viejo coche. La lluvia no era otra cosa que agua reciente del mar clamando por sus antiguos territorios.

Finalmente dejamos los pueblos de nuestra abandonada provincia y nos adentramos profundamente en las tierras que apellidan Frontera a todo.

Sal

Huele a sal en el aire.

Sopla el viento del oeste, y a ratos del sur, procedente del mar, arrastrándose sobre campos de trigo y arroz resecos, en dirección a la Bética, atraído por cimas envueltas de nubes que parecen de humo, dando de beber a ríos yacentes bajo montañas ancestrales.

Las calles de Sevilla respiran por unas horas brisa marina; la cal reluciente de sus paredes impregnada de sal llegada de otros países, mezclada con el sol.

Huele a sal marina y a salitre, el mismo que pisotean las playeras de bellas gaditanas y el mismo que acentúa el escozor de los marineros cansados.

Huele a sal, huele a mar, huele a Sur…

Barlovento

Dicen que los finales tienen que ser felices por fuerza. Este no lo fue del todo. El mismo viento que me arrebatara de sus brazos me trajo de vuelta a casa, bajo las montañas con formas prehistóricas que se ven desde el mar. Pero no encontré lo que buscaba entre las olas.

Durante doce largos meses navegué por oscuras aguas, enfrentándome a todos los peligros que un hombre ha de afrontar para merecer tal nombre y dejar de ser siervo de sus mayores. Pero no obtuve recompensa más que la experiencia de saber cómo dominar el timón de mi barco y sortear los huracanes imprevistos que se levantan sobre los mares.

Ella seguía donde la dejé, descalza sobre el césped del jardín, con sus pies finos enterrados en la hierba. La besé tras no gustar labios durante más días de los que podía contar y entramos en la casa.

Sotavento

Se despidió de mí con el mar reflejado en los ojos. La visita había sido fugaz pero intensa. Medio día tácito con ella, no haciendo otra cosa que mirarnos e imaginar lo que había bajo nuestras ropas, sin atrevernos aún a quitárnoslas. El viento había cambiado de dirección. Soplaba arrojando las nubes saladas contra la cima del pico San Cristóbal, descargando su contenido al otro lado de la vertiente norte, sobre calizas polvorientas y pinsapos ya resecos.

Nos habíamos prometido amor eterno bajo la sombra de las montañas, pero ahora era el momento de partir y surcar los mares otra vez, durante un largo año, hasta volver a vernos. Nos dimos un último beso que no quise que terminara.

La borrasca que llegaba del Atlántico amenazaba nuestra vida y nuestros sueños, pero había que hacerle frente de la manera que fuera, como fuera. Solo así podríamos volver a vernos.

Mayo

Es el mes de las flores, con aroma a cercanos dolores. De olores que recuerdan a ramos de brillantes colores, los cuales depositábamos, siempre yendo de a dos, a los pies de nuestra Madre. El mes durante el cual componíamos oraciones que recitábamos en voz alta en clase. Al volver luego a casa, las tardes eran más largas, y la noche tardaba siempre en llegar. El mes en que despertaban las ocultas pasiones de las que nos habíamos olvidado o que aún no conocíamos en nuestro interior. El mes en que todo acaba y una nueva vida empieza de verdad.

Feria

Tienes una sonrisa que enamora,

ojos color de bosque que relucen

y el pelo de oro por los muchos soles

que coronaron la Sierra en verano.

Vistes Sevilla y flamenca sin serlo.

De lunares blancos la falda negra.

Piernas albas sobre zapatos rojos.

Rostro plateado por las estrellas.

A Sevilla vienes e irás desde el sur.

Porque sureños son tus apellidos,

que suenan a familias ancestrales

y más ancestral aún es tu nombre.

Bailas siempre a solas entre la gente

y pegas a mi oído los labios,

pero luego sigues bailando libre

sobre el albero gastado de días.

Todo es mentira

Nada o muy poco es cierto en el mundo actual. Las telarañas de mentiras cubren, al igual que la omnipresente contaminación, todas las calles de nuestras ciudades, levantadas a base de engaños durante siglos de fallidos intentos de civilización. La publicidad y el marketing son la madre de todas las mentiras y componen el legado del siglo XX, el cual trata de perdurar en el nuevo milenio, pero empieza ya a pudrirse en un mundo acelerado por los cambios económicos y sociales. Todo se basa en engañar a otros para que gasten lo poco que tienen o que apenas les queda en cosas que no les hacen falta. Y más efectivo es mientras más grande es la mentira. La apariencia de llevar lujo y riqueza aparejados no te hace mejor persona, solo es reflejo de la imagen que quieres dar, pero es más fácil atraer a otros a cumplir tus deseos dando esa imagen que dando la auténtica, la de un simple y débil ser humano. Todo se basa ahora en mentir y hacer convincente tu mentira, con el fin de sacar provecho de ello. Esta es la base de casi todas las empresas humanas con ánimo de lucro, la base de vida de familias enteras que tratan de pisotear al resto de familias que les dan trabajo y consumen pagando el fruto de su propio trabajo.

Quaranta

40 es un número, si no sagrado sí legendario; es el número de los ladrones orientales que custodiaban la cueva de los tesoros, el número de días tras el cual suele pasar algo extraordinario si se viven con fe, esperando en ayuno y abstinencia.

Es el número que da nombre a los meses que preceden a la primavera. El número simbólico que duró el Gran Diluvio sobre la Tierra entonces conocida, los mismos días que tardó Dios en esculpir para siempre en diez trazos los Mandamientos sobre roca.

Cuarenta son los días que llevamos encerrados sin clamar por nuestros derechos ni libertad, cuarenta son las derrotas diarias sufridas hasta ahora.

Quizá sea ya la hora de despertar del largo letargo cuaresmal y comenzar de veras la Pascua de Resurrección.

Primavera

Salió el sol, los primeros cálidos rayos de esperanza que llegarán junto al esperado mes de mayo. Por fin se ve la luz al final del túnel, pero aún queda mucho camino por recorrer y los últimos metros que quedan hasta la meta son los más peligrosos, puesto que la confianza nos puede cegar y hacernos dar un último traspiés. Las lluvias frías de abril me han dado que pensar durante las largas noches de insomnio; han limpiado el aire y las paredes de cal de la calle; han fregado los adoquines del suelo y luego el agua se ha secado mucho antes de lo que esperaba. Ahí es donde me he dado cuenta de que la noche es más oscura justo antes de que salga el sol, justo antes de concebir por fin el sueño, y también me he percatado de que la lluvia forma charcos que más tarde se secarán más rápido que nunca bajo el calor de la primavera, y aumentarán la belleza del suelo ya limpio. El mundo sigue y seguirá hecho de los cuatro elementos básicos: tierra, agua, aire y fuego. Y seguirá sin nosotros o a pesar de nosotros, más sucio o más limpio, esperando el próximo diluvio.

Solo es tierra

Todo destino está hecho de tierra. Todos los países, todas las pistas de aterrizaje extendidas para acogernos en islas remotas, atisbos de paraíso que no son tal. Todas las plazas legendarias, calles célebres y largas avenidas elíseas, campos resecos y moles de roca por explorar. Todos los continentes que aún no conocemos y que nos gustaría visitar, animados por la siempre falsa publicidad. Todas las cuevas que hemos visitado de niños y cuyas paredes ansiamos volver a acariciar. Todo el torcal, todos los dólmenes milenarios que aún siguen esperando bajo el sol y la lluvia otros milenios por llegar. Todas las autopistas concurridas en verano, que nos conducen entre provincias hasta el mar. Todas las playas de arena de distinto volumen de grano cuya sal sin esfuerzo no nos podemos quitar. También es la tierra nuestro destino final. Somos del polvo y al polvo volveremos, a generar más polvo donde pueda asentarse una nueva vida hasta terminar.