El camino del héroe

Ser líder no es fácil, es duro. Muy duro. Consiste en creer firmemente en uno mismo, aunque las olas del mar de la tempestad se yergan altas contra el barco que gobiernas con mano firme. Consiste en maldecir mientras agarras el timón para mantener el rumbo que has fijado tras mucho consultar sobre antiguas e imprecisas cartas de navegación, a la par que tu brújula vacila al son del movimiento de las olas. Consiste en no vacilar en la dirección tomada, y en cambiar de dirección si fuera necesario hacerlo, y en saber cuándo y cómo, sin importar las circunstancias y —si estas importaran— hacerlo igualmente. Supone incluso en morir por las propias ideas. Pero al final del viaje, si alguna vez termina, veremos la tierra que tanto ansiábamos conocer al otro lado, una tierra virgen brillando bajo la luz del nuevo sol.

También consiste en escuchar y sacar provecho de las ideas de otros, pero sobre todo en hacerse escuchar. En dudar de uno mismo, pero también estar seguro de lo que uno ha decidido una vez tomada la decisión. En llegar hasta el límite con las propias decisiones, que solo tú puedes tomar, y hacer que los demás te sigan hasta las últimas consecuencias. Consiste en morir por las propias decisiones, si ese es tu destino, y hacer que se salve tu tripulación mientras el barco se hunde contigo por tu mala elección de ideas. También es recular y buscar una solución que no existe para salvar la travesía. Ser líder es ser para los demás. El verdadero líder muere por los demás y busca el bien de su tripulación aunque ello conlleve perderlo todo. El barco es la casa, y la tripulación es familia. Ser capitán consiste un poco en ser Padre. Amén.

Huérfanos de padre

Vivimos en un mundo por entero regulado, desprovistos de rumbo propio, inmersos en medio de un capitalismo arrollador que nos impone vivir los sueños de unos pocos y nos sugiere perseguir una vida mejor, idéntica a la de referentes inalcanzables, y reducida a pocas horas en las que la fatiga no nos permite levantar cabeza. Pero el triunfo definitivo de esta economía esclavista es la de lograr encerrarnos en nosotros mismos, dentro de un círculo vicioso contra el cual solo el alcohol y el ocio efímero ofrecen una fugaz salida.

Durante esos momentos de breve lucidez, no queremos reglas, ni directrices, sino libertad plena de pensamiento y aspiraciones, más difíciles de aplicar al difuso plano de la realidad. Todo ese caos no nos lleva a ninguna parte, pero tenemos la intuición de que nos hará descubrirnos a nosotros mismos y así cambiar el mundo.

Somos los huérfanos, somos los desterrados, somos los hijos bastardos de Dios. Desde que Dios dejó de importar y abandonamos su Edén luminoso, el frondoso hogar paterno, hemos acogido sin reservas el ordenado caos que supone aceptar las reglas que imponen los poderosos.

Esos personajes referentes de nuestra infancia: Luke, Leia y Han, no son nuestros, se perdieron con el curso de las décadas que tumbaron los muros de antiguos bloques. Han venido otros roles descafeinados a sustituirlos. Ya no hay Spocks lógicos, sino inestables emocionales, ni Kirks autoritarios, sino infantiloides. El mismo Bones que antes se quejara impotente bajo su escuálida caja torácica se ha convertido en una musculosa caricatura de Éomer.

Sin embargo, el mundo nos sigue dando oportunidades de cambiar, como la de hoy. Ahora tenemos reglas impuestas, órdenes a nivel nacional e internacional, limitaciones y restricciones a derechos que nunca hemos visto peligrar, salvo por imposición paterna. Ahora el Estado toma el mando. Volvemos a tener Padre. Han cambiado las reglas de juego. Ahora solo nos queda esperar que el mundo no cambie demasiado en las próximas dos semanas.