Noche de verano

Son noches donde crujen insectos y caen estrellas del cielo oscuro. Bajo nuestros pasos gimen piedras y se doblan cardos secos. Al fondo, desde las calles del pueblo se levanta un olor perenne a restos de carne de alguna caza y a rocío, a arroyo y a plantas humedecidas, a mosquitos perecidos.

Tarda la luna en salir, oculta aún tras las montañas, hasta bien entrada la madrugada no la veremos y habremos de contentarnos con contemplar las sempiternas estrellas que iluminaban nuestros sueños de pequeños y que olvidamos con tanta facilidad por causa de nuestros problemas cotidianos.

Azar

No hay reglas escritas. El camino lo construimos nosotros. Por eso no hay un manual para todo. Siempre me aferré a las reglas y a las normas porque me transmitían confianza y me ayudaban a vencer mis miedos. Pero no hay reglas ni normas aplicables por entero a la vida. Todas, una por una, fallan una y otra vez. Al igual que las personas cambian, cambian los escenarios y las condiciones de juego.

Fin

Siempre me angustiaron los finales, la simple palabra fin me clava aún una puntiaguda espina en la garganta. Debido a ello retrasé todo lo que pude mi crecimiento durante mis primeros años de vida y con frecuencia he detestado la realidad inmediata, siempre finita y, a menudo, manifiestamente mejorable.

Sin embargo, me terminé enamorando del desarrollo de las ideas, del nudo (casi infinito), una vez acometido el primer paso de terminar la presentación. El transcurrir de las cosas puede demorarse en el tiempo hasta límites insospechados. Esta es la parte más interesante de la vida, ya que el principio precisa de continuación, y el final ya no tiene nada más que aportar una vez llega y da la sorpresa según su intención y modos.

Sigamos hasta el fin y esperemos demorarlo todo lo posible, porque una vez acabado el viaje volvemos al aburrido punto de partida sin ser ya los mismos. Nunca podremos superar la emoción de la primera vez. Por eso la vida es solo una, único elemento desprovisto de simetría, de dualidad.

Recuerdos

No son las cosas las que cambian, sino nosotros. Y somos nosotros quienes cambiamos las cosas, ya sea en la realidad o en nuestra mente. Los lugares son inmóviles, no cambian por sí solos, sino que son las personas que habitan en ellos quienes los modifican a su antojo según la medida de sus posibilidades. Por ello nos asombra enormemente volver a amar las mismas cosas aun pasado el tiempo. El tiempo solo no cambia los paisajes; estos seguirán siendo los mismos pasadas tres estaciones. Pero nosotros, aunque espirales que aspiramos a ser cíclicos y nos creemos rectilíneos, sí cambiamos y nos desgastamos, año tras año, aspirando más y más y olvidando lo esencial.

Soy un ladrón de recuerdos. Robo aquello que veo y siento y lo utilizo para mi propio beneficio, hinchándolo de belleza. Como una adicción bendecida, extraigo de un poso inmóvil de ensueños fragmentos de una realidad ya vencida.

Viaje de noche y Jotas

Me vi obligado a hacer la maleta deprisa y corriendo para pasar la noche en la sierra. JC, quien me había embaucado a realizar aquella aventura y se ofreció a llevarme hasta allí, me pidió permiso para correr y yo se lo concedí sin saber muy bien a qué me comprometía. El coche bajaba cuestas milenarias como un cometa incandescente, aun así controlado, y de vez en cuando JC se erguía sobre el volante para divisar por el breve desarrollo de un instante una torre de vigilancia o un valle perdido entre sombras. Finalmente llegamos a nuestro destino, un pueblo enorme de piedra rodeado de rocas, hendido por un río límpido y frío. Allí, tras una breve cena, pasé una fría noche sobre un duro suelo de mármol, más duro aún que las piedras de la montaña. Al día siguiente convencí a otro conductor cuyo nombre empezaba por la inicial J para que me llevara hasta Jerez, lugar donde había de pasar el día, que consideraba que quedaba de camino en su retorno a Sevilla.

Miedo

Me daba miedo el diablo, me estremecía pensando en sus frías, gélidas manos, afiladas uñas y relucientes colmillos.

Sabedor de ello, tomó otras figuras, a veces más hermosas que la mayoría de las que se deslizan sobre la tierra, pero siempre hay podredumbre bajo sus delicados pasos. Siembra siempre corrupción entre las personas que se quieren.

Abracé al diablo para matarlo. Casi morí en el intento, pero aquí sigo.

«Por qué no podemos esperar»

La vida no se detiene para nosotros. La vida no espera a que estemos preparados para afrontar las mismas etapas señaladas para cada existencia humana a lo largo de los siglos. Tal vez nuestros primeros años, más fáciles en todo de lo que lo fueron para nuestros mayores, no nos hayan servido para enfrentarnos a la máxima dificultad que imponen estos duros tiempos de incertidumbre y desgaste de las estructuras, de basura y de mentira, de vano espectáculo sobre bases de mierda.

No podemos esperar a que se abran las fronteras o mejoren las condiciones laborales, a que el mercado esté listo para asimilarnos o a que se encuentre una cura para las enfermedades que aún no conocemos como corregir. No podemos esperar a terminar unos estudios que no nos llevan en realidad a ninguna parte pero que nos exigen dedicación entera y matrículas muy reales o a firmar un contrato de duración determinada que nos permita sobrevivir unos meses antes de lograr un puesto más estable, condición indispensable para los bancos y para aspirar a menos de la mitad de calidad de vida de nuestros padres pero que aun así resulta insuficiente para mal llamados propietarios (en realidad hipotecados de por vida) avariciosos de infraviviendas.

La vida sigue esperando algo de nosotros que no podemos dar si no nos dejan vivir como es debido, como se ha vivido siempre.

Julio

Era al fin verano, una vez más. Anduve durante escaso tiempo a través de calles inundadas de sol. Subían calores desde el empedrado, flotaban en el aire perdido, cegaban los ojos y embriagaban nariz y garganta.

Pensé en lo difícil que es acometer algo cuando se tiene la cabeza puesta en otra parte. Y es efectivamente cierto, mas somos asombrosamente capaces de desafiar las leyes de la razón y de la lógica de cuando en cuando, y hacer así parecer lo imposible, a ratos, algo extremadamente sencillo.

Tal es el secreto del triunfo.

Casa

Este será mi tercer año viviendo en el centro y aún no he disfrutado plenamente de la Alameda por la noche, a pesar de vivir a apenas tres minutos andando. De sus bares de copas y terrazas. Cada vez que he pasado ante la torre de don Fadrique me ha apenado no ser del todo consciente de su plena medievalidad. Calles eternamente sucias, pero aun así sigue siendo el centro.

Pensaba que era en aquella larga y antigua calle del centro donde acababa la Sevilla conocida, así que allí me fui a vivir. Pero al cabo del tiempo descubrí que la calle no tenía salida. Las cosas que no conocemos se nos antojan mejores, pero la sensación de aprender algo nuevo no implica necesariamente que sea algo bueno o que nos convenga. No obstante, ansiamos aprender, y conservamos ese anhelo por el espacio de toda una vida, como un arma evolutiva eficiente contra los continuos avatares de la vida.

Miopía

No ver más allá de tus narices es tan peligroso como ver demasiado lejos y tropezar con lo que tenemos delante. No hay ningún modo óptimo de caminar por la vida, siempre cometeremos errores por no saber en cada momento lo que nos conviene hacer o no poder pensar suficientemente en ello.

Durante muchos años ansié ponerme gafas sin que me hicieran falta, pues nací con una vista aguda y el mejor color en el iris para mirar y ser visto. Al final me las pusieron y no tuve tampoco el resultado que esperaba. Nunca estoy satisfecho al lograr lo que persigo. Es normal.