Viajes

Roma

Aquel viaje no fue lo que yo imaginaba. Italia solo era una prolongación monótona del Mediterráneo, y había llegado hasta ella desde Sevilla sin bajarme de un autobús. Sus carreteras abundaban en paneles de color verde. Fue la primera vez que descubrí que las cosas no son como dicen los libros. La tierra es igual en todas partes: fatiga de la misma manera. Una vez allí, la pizza quemada y la birra me hicieron más daño que otra cosa y no pude comer sin devolver por el plazo de tres largos días.

Tras pasar una larga noche durmiendo en una enorme nave de peregrinos un autocar nos llevó ante San Pedro. Aún no había amanecido del todo. La Santa Plaza, el Santo Padre y el sacrosanto latín no me conmovieron lo suficiente ni obraron el deseado milagro que esperaban los directores que actuara en mi interior llegados a esta Santa Tierra. El mismo Tíber no era más que un hilo de agua descolorido y cubierto de vegetación. Me perdí al salir de San Pedro y anduve solo largo rato junto al Castillo de Sant’Angelo, todo a lo largo del Lungotevere Tor di Nona, sin saber a dónde ir, sin saber qué era todo aquello, completamente solo en Roma.

Lo único que verdaderamente me fascinó fue el Coliseo. Era en realidad grandioso, descomunal y pétreo, sin dejar de parecer nuevo. Una escultura limpia de la sangre que antaño lo cubriera y le diera aspecto de infecto matadero. Ahora ya no era casa de muerte, como antaño viera escrito sobre los fríos muros de hormigón del colegio, sino templo vacío y monumento en ruinas. 

Beget, pueblo de postal

Todos los habitantes de la comarca catalana de la Garrocha corroborarán de buen gana cuanto voy a decir sobre Beget, uno de los pueblos más hermosos de la tierra de Cataluña, a pesar de que muy poca gente en el resto de España ha oído hablar de él.

Beget se encuentra en el corazón de las montañas de origen volcánico de la Garrocha (provincia de Gerona) a varios metros por debajo del nivel del mar Mediterráneo, cuyas cálidas aguas bañan las tierras colindantes allá en Empordà, región montañosa que sirve de muro natural entre el valle de Beget y las extensas playas de la Costa Brava.

La característica más encantadora de Beget la ponen de relieve sus casitas de piedra, talladas a lo largo de la riera que lleva el nombre del pueblo. Beget no parece, en absoluto, un pueblo grande o laborioso. Apenas una treintena de personas viven en él durante todo el año, lo cual permite una afluencia casi diaria de turistas que acuden a admirar las líneas románicas del pueblo y de su iglesia. El campanario —ya mudo— de San Cristofòl de Beget posee una elegante y alta figura que se alza sobre los tejados de rojas tejas de la aldea y le confieren una presencia majestuosa y solemne durante buena parte del día.

En el interior de la iglesia puede contemplarse, por un simbólico precio, una de las joyas medievales mejor conservadas en Cataluña: la Majestat, un Cristo de tamaño natural tallado en madera de pino que se mantiene suspendido sobre el altar, presidiendo la Misa cada domingo.

Al salir, el viento frío del valle conmueve al recién llegado y le invita a mirar un momento las montañas que encierran Beget, las montañas que lo separan de Francia. Si se opta por realizar la excursión que sube desde la localidad hacia la ribera de Sant Aniol, el visitante se sorprenderá al acceder a una espléndida vista del pueblo, rondando los seiscientos metros de altura con respecto a él. Y al ver un Beget de juguete allá abajo, un Beget de piedra, de foto de postal, seguro que no podrá reprimir un fuerte sentimiento de nostalgia por un lugar donde nunca ha vivido.

El tuc

Me despertaron a eso de las cinco, sacudiéndome el hombro. Una voz maloliente murmuró mi nombre y la hora. Gruñí y me encaminé a la ducha arrastrando los pies, con la visión aún borrosa y los miembros entumecidos. Maté al primer mosquito de la mañana y abrí el grifo. El chorro frío e irregular me golpeó de lleno en la frente, haciéndome daño. Me retorcí entre los azulejos blancos dando fuertes resoplidos. El cuerpo tarda un poco en habituarse a los cambios drásticos de temperatura, sobre todo a primera hora del día. Me fui despertando. A los cinco minutos me sentía como nuevo; tenía unas ganas locas de partir.

No me gusta desayunar temprano, pero el pantumaca te anima a hacerlo. Lo había descubierto durante aquella prolongada estancia mía en Barcelona, y me encantaba. Me hacía disfrutar de la comida más importante de la jornada por primera vez en mucho tiempo. Es una cosa muy tonta, sencillísima de preparar, pero a mi madre nunca se le ha ocurrido darme los buenos días a la catalana. Hicimos nuestras bolsas con el almuerzo y la cena y nos fuimos.

Era una mañana de verano, fresca y con olor a pino. Durante el viaje en coche, algunos se durmieron; yo me quedé mirando por la ventanilla, contemplando la geografía insólita de aquellas tierras. Mi interés aumentó conforme nos acercábamos a los Pirineos.

Nos detuvimos en la boca del viejo túnel de Vielha. Salimos de la furgoneta con ganas patentes de estirar las piernas tras casi cuatro horas de viaje. Preparamos las mochilas y nos abrochamos bien las botas de montaña. Uno de mis compañeros las tenía muy viejas y habría de tirarlas apenas llegado el mediodía. Nos untamos el cuerpo con crema solar y marchamos hacia el túnel. Lo atravesamos por encima, sintiendo las vibraciones de los vehículos que pasaban debajo.

Delante, una pared inmensa de roca gris, manchada de bosque. Un pequeño claro de hierba amarillenta se extendía sobre sus cimientos, a modo de alfombra. El lugar tenía algo de místico una vez que nos apartábamos de la carretera.

Nuestro guía, Carles, nos comentó que aquello era un tuc. Me enamoré de la palabra. Teníamos todo el día para repetirla mientras subíamos. Francamente no me veía alcanzando la cima de aquella pétrea mole.

Al ver aquello pensé que Dios, si existe, debe reírse bastante de nosotros. Me lo imaginé sentado en una gran nube, apenas un poco más alto, mirando divertido nuestro intento de acercarnos a tocarle las barbas. Éramos unos ilusos, como aquellos que una vez decidieron construir una torre que llegara hasta el cielo. La más grande que la humanidad haya levantado jamás no alcanza el kilómetro de altura. Pero, a pesar de todo, a Dios le mosqueó un poco el tema y decidió hacernos hablar a cada uno en un idioma para que la vida fuera un poco más compleja e interesante. O incluso en dos. Varios chicos del grupo eran catalanes, así como el guía; había también dos navarros y un gallego. El único que no procedía de una región bilingüe era yo.

Atrás queda esa subida interminable, penosa, por senderos imaginarios. Atrás queda el baño breve en uno de aquellos ibones helados a mitad de camino. El aire renovado de las alturas. El sabor de la chistorra caliente. Son recuerdos que han tomado posesión de un lugar inmutable en mi memoria. Os hablaré tan solo de aquellas sensaciones al llegar al punto más alto, a más de tres mil metros. De la satisfacción general y del regalo para la vista. Alrededor nuestro todo eran pirámides destacadas sobre un cielo sin nubes. Laderas desnudas por doquier. El Aneto envuelto en sus nieves eternas. Francia en el horizonte, al otro lado de la muralla vencida del Pirineo aragonés.

Nunca he descendido de una montaña tan generosa. Desde aquel día ya no soy el mismo.

Garona: río de ensueños

El Garona recién nacido es apenas un hilo blanco de agua, muy débil. Tirita al entrar en contacto con el aire, deslizándose lentamente sobre un lecho de piedras caídas de la montaña. A su paso, va oscureciendo el color de la tierra inclinada que lo sostiene. Los caballos pardos que pastan en las cumbres son los primeros en gustar su frescura. Más tarde se precipita por algún lugar secreto entre los barrancos de Beret formando una cascada invisible. Cae cientos de metros en la más completa oscuridad. Al posarse en el fondo del Valle de Arán va adquiriendo cada vez más presencia. Los que lo han visto lo definen como una delgada lámina de plata extendida sobre piedras grises. Regularmente, la mano del hombre lo detiene, lo cerca y lo hiere para aprovechar su fuerza. Hay compuertas y grandes tuberías oxidadas a lo largo de todo el curso aranés. Pero no pueden domarlo enteramente; es un río con carácter, acostumbrado a abrirse paso a través de la roca dura. Serpentea alegremente por el valle golpeando muros de cemento y esclusas de vieja madera.

Al fin desaparecen las iglesias románicas que se contemplan altivamente en sus riberas. Arán se termina y comienza una nueva etapa. Las aguas se oscurecen. El río se despide del valle y pierde su masculinidad. Al pasar la frontera, se convierte en el acto en una dama de nombre distinguido, antes de ensancharse de forma considerable y recorrer mansamente la planicie de Aquitania, hacia Burdeos y el Atlántico, donde se pierde en la inmensidad salada. Su pureza acaba allí. Pero, antes, se detiene un breve tiempo en Toulouse, la ciudad más coloreada del sudoeste francés, donde pasa sus últimos instantes de vanidad. Aquí aprovecha la ocasión para saludar a su verde hermano, el Canal de Midi, a quien cede generosamente un poco de su caudal. Los ladrillos de color rosa se miran en las aguas heladas venidas del Pirineo. Los enamorados se despiden del río por la noche lanzando flores desde el Pont Neuf. Es verano. No hay lugar para la melancolía, solo momentos fugaces y alegres.

A veces he de hacer como este río. Seguir adelante y luchar contra los elementos, como él. Caer de cascada en cascada y reposar en las llanuras. Detenerme en alguna hermosa población para saciar la sed de los sedientos y también inspirar con mi murmullo a los poetas desesperados. Abrazar los pilares de cuantos puentes encuentre a mi paso. Acoger los besos furtivos de los jóvenes que aprovechan la noche para tener intimidad. Luego, proseguir a duras penas mi camino. Hasta alcanzar ese plácido estuario donde por fin podré diluirme entre las olas del mar.

Marsella vieja

Marsella. Su nombre evoca el detergente favorito de las viejas amas de casa mediterráneas.

El sol se levantaba. Atravesábamos un manto de polución a paso de tortuga. A derecha e izquierda todo estaba pintado con una escala de grises.

Todo el mundo prefiere a priori Marsella. Tan solo después de haber visto lo que es Marsella te dan ganas de hacer nuevamente la maleta y largarte lo más rápido posible. Yo, por desgracia, no tenía otra opción. Marsella sería mi nueva casa, por mucho que me lamentase acerca de mi suerte. El autobús avanzaba a duras penas a través de aquella marea humeante de motos y camiones. Marsella me daba la bienvenida a trompicones.

Recordé aquella historia que había leído no hacía mucho, sobre la lepra en Marsella. En pleno siglo XVIII, las calles aún sin asfaltar rebosaban de cadáveres cubiertos de horribles pústulas negras. Los supervivientes languidecían  encerrados a cal y canto en sus casas. Aunque el mistral sopla con fuerza en esta región, no las tenía todas conmigo.

La Venecia provenzal

Amanece sobre el pequeño mar de Berre una fría mañana de diciembre. El cielo está cubierto de nubes espesas de color cemento. Durante la noche han descargado con furia parte de su contenido; ahora reposan ocultando casi enteramente el sol. Humean las fábricas en torno al agua. El mistral ha soplado intensamente en los últimos días, pero la mar se ha calmado por fin y los pescadores faenan desde hace largas horas. Las doradas van y vienen, acá y allá, atravesando el Canal de Caronte, estrecho camino entre dos mares considerado avenida principal de Martigues. Pues las calles de esta ciudad no están cubiertas de vulgar asfalto o de adoquines como es común en toda Francia, sino que son arterias de agua salada en constante movimiento.

Poco a poco sale el sol, pero su luz no centellea en el agua. Aquí el líquido elemento es siempre azul, un color tan vivo como el de la lavanda que perfuma el aire salado. Los canales de la pequeña Venecia provenzal no son verdes ni están podridos como los de su lejana hermana mayor. En Martigues todo es dinamismo y brillante colorido. Berre no es una laguna estancada, sino un mar en miniatura cuya custodia pertenece por derecho a los martegales. Un mar con olas y playas, en el que abunda la pesca. Un mar de carácter cambiante, de encrespado orgullo, del cual Martigues es la isla predilecta.

¡Martigues, mi pequeña Venecia particular! Te echo de menos. Cada línea que escribo, cautivado por tu belleza y dolido por la nostalgia es una punzada en el corazón. Añoro el día en que vuelva a ver tu alegría flotante sobre las costas del país más hermoso del mundo.

París, Paname, Paris

París es una ciudad gris. Pero de un gris tan pálido y luminoso que parece blanco. El señor Haussmann la ha vestido como a una novia, dándole a todas sus amplias fachadas un resplandor nuevo que no puedo ni me siento en disposición de criticar.

Y sin embargo, tan sucia. Tan encantadoramente urbana. Sus puentes de hierro que atraviesan el Sena de una orilla a otra conservan el recuerdo de aquella revolución industrial que cambió radicalmente la faz de Europa. Gran contraste con la sólida catedral de Notre Dame, cuya majestuosidad se ha reducido al subir el suelo sobre los antiguos escalones de la entrada. Las calles empedradas de Montmatre conservan el encanto de las ciudades antiguas de Francia. Una colina de insólito tamaño en pleno corazón de París.

La primera vez que visité Roma critiqué duramente su falta de homogeneidad urbanística; pensaba que las farolas y los acerados debían ser iguales en todas las calles. En la capital francesa no cometí tal craso error. Todo encaja a la perfección en la céntrica isla de Francia.

Me acordé de ti hasta en París. Era inevitable hacerlo toda vez que me encontraba a solas por las calles desconocidas. Seguí caminando a lo largo de la ribera, por encima de los muelles blanquecinos, acercándome en silencio hacia aquel esqueleto de hierro forjado cuya equilibrada fealdad ha inspirado a tantos poetas posmodernos.

Me falta París.

Toulouse

Una ciudad entera de ladrillo. El barrio tosco de mi infancia convertido en una urbe. Calles al estilo londinense, pero rojas, sin su característica capa de hollín. Una Londres parda, relajada, sudista.

Toulouse-Matabiau: estación gigantesca y sucia. Dejamos todo atrás tras el canal de Midi, mi último encuentro con él. Mi primera impresión del Canal de Midi fue la de averiguar como una arteria de color verde, estrecha y de puentes bajísimos podía resultar de tan vital importancia para las ciudades del sur francés.

Caminábamos pesadamente, cansados y muertos de hambre. Se nos cruzaban yonquis, gente que conversaba ante las puertas de los garajes abiertos y que rebuscaba en la basura cuando no mirábamos.

Una calle larga, larguísima; única vía civilizada en medio de un descampado. Casas de variados perfiles, colores y alturas. Oíamos el sonido de reactores a pleno rendimiento. Ningún avión en el cielo, pero su presencia en la tierra próxima era inminente. El aeropuerto del que una vez despegara para siempre el autor del Principito no debía quedar lejos. No que me interesase demasiado su obra culmen, pero la vida de este señor me inspira en cierto modo, ya que le veo cierta relación con la de Dahl.

Underground

Nos despertábamos tarde. Comprábamos el desayuno en Tesco y marchábamos hacia la estación de metro. Con las bocas llenas de dulce, pasábamos bajo las arcadas de ladrillos negruzcos y descendíamos las escaleras que nos llevaban hasta el oscuro andén. Una vez salíamos fuera, el tren se movía sin ruido. Mientras, la luz pálida se esforzaba por atravesar el grueso manto de polución que arropa a todas horas a la ciudad londinense. Los cimientos de los edificios quedaban al descubierto sobre desordenadas capas de musgo verde entre las cuales pululaban los viejos raíles.

En las paradas más céntricas, la abertura practicada para el paso del tren tenía el tamaño justo. Me sorprendía tanta finura y gusto por lo claustrofóbico, a pesar de que no sufro este mal. Sentíamos el estrés de aquellos menos afortunados que nosotros, que habían de correr a toda prisa sin por ello perder la compostura.

Llegamos a esa estación de ridículo nombre y anduvimos un rato sobre las frías aceras, sin sentir en ningún momento que estábamos caminando sobre una isla. Fue entonces cuando percibimos el olor del Támesis y nos acercamos a sus fangosas aguas que me recordaron inmediatamente a las del Sena. La disposición de los muelles, las barcazas… todo aquello era como ver París de nuevo, bajo un cielo aún más tupido. Pero entonces la silueta del Big Ben emergió de una ligera neblina, como un sueño.

Burdeos, al borde del agua (Bord’eaux)

Aquella mañana no desayuné; solo bebí un poco de café demasiado caliente. Me había salido algo de barba, no le hice ascos y me peiné el pelo hacia atrás. Me noté excesivamente  delgado y no me disgustó del todo, pues siempre he oído que tal característica parece algo atractivo en un hombre a las chicas jóvenes. Con mi camisa demasiado celeste y mis cedidos castellanos llevaba sobre mí un cierto regusto tradicional y serio. Estaba pálido y desaliñado, no como quisiera estar pero lo que yo quisiera tampoco importaba en demasía. Llegaba tarde al trabajo, de modo que salí corriendo tras el tranvía.

Cada mañana en el tranvía, en la calle, me encuentro con el destino; el destino me mira a su vez y pasa de largo.

Bajé del tranvía esquivando a la gente. Fui en pos de aquellas dos piernas de seda. El rótulo del hotel apareció entre las ramas desnudas, como una invitación.

Petites. Francesas. Pequeños demonios. Me hallaba envuelto por una maldición susurrada en los oídos que tornaba mis ojos hacia aquellas chicas de pálidos ojos y rostros estilizados, de piernas largas y delgadas, de ropa oscura y cara.

Burdeos le recordaba en cierta manera a París, pero no era París, más bien dos o tres plazas que guardaban una relación secreta con el urbanismo de aquella gran urbe; más tarde descubriría exactamente el qué. Contempló las mansardas revisitadas del sudoeste.

Las calles estaban llenas de tobillos al aire libre.

Las francesas se ponían calcetines bajos o no se los ponían, directamente, dejaban sus tobillos al aire, un lujo para los fetichistas como yo. Zapatillas deportivas de colores precedidas de chevilles encantadas, blanquecinas o sonrosadas, desprovistas de pelos. Finas y delicadas, altas o bajas. Tobillos de velcro. Medias traslúcidas.

Había una especie de feria en el centro, al pasar por allí me crucé inevitablemente con un puesto de churros, los servía una chica harapienta, chal desgarrado y maloliente, cigarro casi enteramente consumido entre los dedos, rubia, aros, flor metálica en el pelo, medias oscuras bajo las rodillas.

Quería comprar un libro, así que me acerqué a la librería más famosa de la ciudad y probablemente de todo el sur de Francia: Mollat. Un auténtico supermercado de libros. No tardé en obtenerlo y me fui para la caja. Me acerqué a la chica rubia y de ojos claros. Cogió el libro, lo pasó por el lector y me espetó: 11 euros. Tras aceptar el pago metió el libro en una bolsa de papel, parecida a la de un bocadillo.

Bajé a la cripta y allí estaba, sentada, al resguardo de la humedad. Custodiando la entrada al dominio de los muertos. Fue en aquel lugar macabro donde la vi por vez primera.

Me respondió con la boca llena de humo.

Era hermosa, fría y me miraba con inquietud.

Quise hacerle el amor en la necrópolis. Ella no dio ningún paso, no tomó iniciativa alguna, pero me pareció advertir un leve temblor en su voz y en su respiración al sentir mi presencia.

Esta lluvia me cansa. No hay transición entre el día y la noche, solo lloviznas, momentos de respiro entre borrasca y tromba, con el cielo permanentemente cubierto.

Una pareja se unió bajo la lluvia, al amparo de un paraguas diminuto, frente al gran teatro iluminado. Los faros de un coche destellearon tras ellos.

Tras la estatua negra, demoniaca, que se recortaba sobre el cielo oscuro humeaba un débil fulgor.

Vi por última vez la Flecha, torre cadavérica, esqueleto de altura, esqueleto en las alturas. Triste. Gris de día, negra de noche, con bordes anaranjados, a juego con las luces que alumbran el puente. El Garona actúa como verdadero espejo del agua de la ciudad, de ahí la idea desarrollada más tarde. Por la noche te vienes abajo, desesperas. Pero sabes que amanecerá rojo bajo el enorme puente de piedra. Y habrá mañana y otoño, y lluvia y frío.

El Garona es un río mágico y robusto. Estaba ahí antes que todo lo demás. Garona, Garunna, Garuña. Sin él, no habría habido vida aquí.

El humor de los gascones pudo alegrar quizá el ánimo de algunos filósofos melancólicos del pasado, pero muchos años han caído y ahora incluso los gascones han cambiado. Sin embargo, esta ciudad es hermosa y la echaré de menos.