Noche en blanco

Solo hay tres vivencias iguales de poderosas a pasar una noche sin dormir. La primera de entre todas ellas, una borrachera con alcohol barato de alta graduación. La segunda, sentir el ardor de perder la virginidad con una mujer desconocida. La tercera, ir al funeral de tu primer ser querido en decir adiós. Son momentos en los que el tiempo se detiene, el sol parece desfilar más despacio sobre el cielo y extraños fenómenos ocurren en la atmósfera, pero cómo darnos cuenta de ello al quedar atrapados en nuestras propias emociones.

La primera vez que viví algo parecido fue en Francia, hace ya casi una década, cuando, sin saber cómo ni por qué, narré mi vida a un rival hasta conseguir que se hiciera amigo mío durante un tiempo. Se nos pasaron las horas de la noche y cuando amaneció aún no habíamos terminado de hablar. Aquella noche en blanco hablamos de otra noche no muy lejana en la que quise perder mi intimidad con una amiga, la primera de todas, quien me abrió su corazón pero no por ello sus piernas, las cuales ansiaba de la misma manera que su mente y su alma. Tampoco pude dormir mucho después de vivir algo así.

La tercera y más dolorosa no fue de noche, sino de día, pero aquel día pareció alargarse en el tiempo de forma imposible, hasta hacerme incapaz de distinguir entre sueño y vigilia, entre mañana y tarde, entre vida y muerte. El día en que velamos a quien a todos nos dio la vida. Él leyó las primeras líneas que he publicado en este espacio. A él le dedico todas aquellas que valgan la pena. A él y a todos los que me velan mientras padezco una larga noche más en silencio hasta ver amanecer.

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