Guadalquivir

Es el gran río de Sevilla, majestuoso y robusto, como una cota de malla («mejor cota no se halla, como la congele el frío», dijeron una vez), reluciente como las escamas de un esturión. Cuando llega a Sevilla llega ya calmado, antes de reanudar su periplo y hundirse entre marismas hasta llegar al mar.

Es el río que acompaña al viajero a lo largo de todo el camino del Sur, hasta la curva final que lo introduce poco a poco en el océano, con un jardín de delicias al otro lado.

Es el río que me ha acompañado siempre y que había de cruzar cada día en verano para meterme en remojo, junto al puerto.

Es un río que, al pasar, pasa ya domesticado, bello y sucio. Brenes y Alcalá, Villaverde y Lora y otros pueblos ya le han arrebatado su fuerza y masculinidad para cuando atraviesa nuestra ciudad.

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