Tarde de verano

Atardece y llega esa hora precisa en la que no parece ya de día ni tampoco es aún de noche, esa hora en la que el rayo declina y las plantas despiden durante el espacio de un instante su olor vivo antes de irse a dormir.

Esta hora me recuerda siempre a la casa de mis abuelos, ya que el toldo dejaba de tener su función y tocaba subirlo aunque el sol molestara y penetrara a través de polvorientos ventanales alcanzando el reloj de péndulo, reflejándose en los cristales.

Es tiempo de verano y el día declina.

Autopista del Sur

Es el primero de los caminos, el más antiguo de todos cuanto conozco, que siempre lleva al mismo sitio, allí donde termina la tierra seca y empieza el mar.

Esta carretera parece en realidad un sendero rectilíneo, flanqueado por árboles que dan una sombra perpetua, ya sea en invierno como en verano.

Desde ella, entre ramas frondosas, diviso las montañas al este antes de cruzar el Guadalete y con ello la frontera deseada para hundirme en las marismas, donde el tiempo se ralentiza y regresamos a la vida del siglo pasado, que tanto añoro.

La vida a un lado y el final al término.

Fuego

Huele a incendio aun caída ya la tarde, consecuencia de las llamas estelares que arden a mil millones de kilómetros impregnando la estratosfera. Los campos están más secos que nunca y el aire quema la piel, los ojos y los labios.

Bajo el polvo, entre colinas y montes, avanzamos pesadamente buscando la ansiada brisa marina. El aire caliente amenaza con destruir los circuitos del motor y las partes más sensibles del habitáculo: tú y yo. No podemos parar.

Subimos cuestas penosas forzando el motor, casi al rojo vivo, bajando marchas, quinta, cuarta, tercera, hasta alcanzar la fuerza deseada que nos lleve hasta la siguiente colina.

Hoy no añoramos la sombra de las montañas, sino que bajamos por sus vertientes rocosas en busca del mar…

Montañas

Las veía a lo lejos, al amanecer y al caer la tarde, medio borrosas en la distancia, de un color entre gris y azulado, siempre dormidas, siempre yacentes y eternas, ya fuera bajo el calor o el frío. Su simple vista era ya sinónimo inmediato de aventuras, de túneles y cuevas inexplorados, ríos y arroyos ocultos, bosques remotos y personajes imaginarios.

Entre sus valles, sobre sus cumbres, bajo sus protuberancias rocosas, el aire es más puro y más limpio, menos pesado, mucho menos mundano y, sin duda, algo mágico. Hay algo extraordinario en el aroma de los cardos silvestres, de las aulagas y tagarninas una vez florecidas al secarse bajo el peso del verano.

Sus aguas límpidas desprenden un frescor vivo, pero nacen en cambio de la roca muerta. Allí la vida cobra una vida superior a la cotidiana, más real y auténtica, pero también por ello más olvidada.

Majaceite

Era el río de mi infancia, el río de luces y sombras, de cuestas pedregosas en el camino, escalas fatigantes y pozas de ensueño, de meandros bajo sombra y escalinatas talladas sobre roca desnuda.

El río que se tragó mi luz y me devolvió resplandor y vida. Que transcurre bajo arbustos, rocas, juncos y adelfas; entre chopos, sauces y olmos. Todo en torno al río es frescor y sombra, todo allí se torna en sombra y renovado frescor.

Cada recodo del río, cada obstáculo es una viva demostración de cómo se han de sortear los muchos golpes que nos da la vida a diario, río arriba todo es más duro, pero al final la corriente nos traerá de vuelta al merecido descanso.

El río que ya me salvó una vez puede volver a hacerlo. Tan solo hay que ir.

Viento del Sur

Soplaba el viento del mar, trayendo consigo el aliento del campo anochecido. Las calles de la ciudad olían levemente a abono y paja reseca, y a restos del río.

El viento surtió su efecto y me conminó a asomarme a la ventana y aspirar algo de la noche, que sigue siendo demasiado larga, aunque al final de la misma sabemos que amanecerá. No puede haber noche sin día, ni oscuridad sin luz. No puede haber dolor y sufrimiento sin placeres y alegrías. Esta dualidad maldita ordena todo el Universo conocido afectando a todas las vidas, sin excepción. No somos tan distintos, todos y cada uno, al igual que no hay nadie capaz de escapar a su propio destino.

Guadalquivir

Es el gran río de Sevilla, majestuoso y robusto, como una cota de malla («mejor cota no se halla, como la congele el frío», dijeron una vez), reluciente como las escamas de un esturión. Cuando llega a Sevilla llega ya calmado, antes de reanudar su periplo y hundirse entre marismas hasta llegar al mar.

Es el río que acompaña al viajero a lo largo de todo el camino del Sur, hasta la curva final que lo introduce poco a poco en el océano, con un jardín de delicias al otro lado.

Es el río que me ha acompañado siempre y que había de cruzar cada día en verano para meterme en remojo, junto al puerto.

Es un río que, al pasar, pasa ya domesticado, bello y sucio. Brenes y Alcalá, Villaverde y Lora y otros pueblos ya le han arrebatado su fuerza y masculinidad para cuando atraviesa nuestra ciudad.

Málaga

La llamábamos “La Maga”, porque nos costaba llamarla por su nombre real, que empieza diciéndose “La Mala”. ¿Pero cómo íbamos a llamarla “La Mala”, si era nuestro segundo hogar, el lugar donde pasábamos los veranos, año tras año junto al mar, retornando a la vieja casa cada día cargados de sal, bañados de sol, y al volver a Sevilla lo hacíamos con la piel quemada y una sonrisa de oreja a oreja por haber disfrutado de un verano feliz, aunque no sabíamos aún lo felices que éramos, no nos hacíamos una idea.

El camino a Málaga es recto, monótono y polvoriento en su mayor parte, luego torna a la derecha y se hunde durante media hora en el interior de una cuenca invisible hasta llegar a la cabeza de roca de un indio acostado, que parece contemplar las estrellas, y, acto seguido, sube un momento hasta las nubes y luego baja de nuevo, entre montañas, para concluir la ruta a orillas del Mediterráneo, ese enorme lago azul que en verano amanece gris algunos días, pasando luego a verde y al que se traga la noche hasta hacerlo invisible. En julio, una enorme luna roja se baña entre sus olas.

Huele a Verano

Huele a hierba casi perpetuamente quemada, a jazmín de noche, y a tierra seca de día. Huele a sol y a luz, calentándonos el cuerpo al asomarnos a la ventana. Queda aún aroma a primavera gastada y no hay ya rastro de lluvia ni de invierno, lo que hará que nos confiemos, pero el invierno volverá sin duda, tras los breves meses estivales. Y de nuevo el invierno traerá muerte, pero ahora es tiempo de vivir, de empaparnos de sol, de agua y de sal, y de no pensar en el mal que inevitablemente llegará de nuevo.

Oda Bucólica

Eran caminos recorridos por bicicletas o pies enfundados en botines, ancestros de las actuales zapatillas, o bien botas de montaña, según la ruta que tocara recorrer aquel día y estación del año.

Eran caminos trazados más tarde sobre hojas de papel amarillento y fino, emborronadas a lápiz; dibujos basados en recuerdos de imágenes infantiles.

Eran senderos semiocultos bajo árboles de ribera, entre los cuales fresnos y chopos, duros y salpicados de escalones naturales, amenizados una decena de veces por puentes viejos que se movían ligeramente al caminar sobre ellos.

Bajo nuestros pies corría el agua cristalina, llevándose mi vida consigo.