Es el mes de las flores, con aroma a cercanos dolores. De olores que recuerdan a ramos de brillantes colores, los cuales depositábamos, siempre yendo de a dos, a los pies de nuestra Madre. El mes durante el cual componíamos oraciones que recitábamos en voz alta en clase. Al volver luego a casa, las tardes eran más largas, y la noche tardaba siempre en llegar. El mes en que despertaban las ocultas pasiones de las que nos habíamos olvidado o que aún no conocíamos en nuestro interior. El mes en que todo acaba y una nueva vida empieza de verdad.
Categoría: Prosa
Noche en blanco
Solo hay tres vivencias iguales de poderosas a pasar una noche sin dormir. La primera de entre todas ellas, una borrachera con alcohol barato de alta graduación. La segunda, sentir el ardor de perder la virginidad con una mujer desconocida. La tercera, ir al funeral de tu primer ser querido en decir adiós. Son momentos en los que el tiempo se detiene, el sol parece desfilar más despacio sobre el cielo y extraños fenómenos ocurren en la atmósfera, pero cómo darnos cuenta de ello al quedar atrapados en nuestras propias emociones.
La primera vez que viví algo parecido fue en Francia, hace ya casi una década, cuando, sin saber cómo ni por qué, narré mi vida a un rival hasta conseguir que se hiciera amigo mío durante un tiempo. Se nos pasaron las horas de la noche y cuando amaneció aún no habíamos terminado de hablar. Aquella noche en blanco hablamos de otra noche no muy lejana en la que quise perder mi intimidad con una amiga, la primera de todas, quien me abrió su corazón pero no por ello sus piernas, las cuales ansiaba de la misma manera que su mente y su alma. Tampoco pude dormir mucho después de vivir algo así.
La tercera y más dolorosa no fue de noche, sino de día, pero aquel día pareció alargarse en el tiempo de forma imposible, hasta hacerme incapaz de distinguir entre sueño y vigilia, entre mañana y tarde, entre vida y muerte. El día en que velamos a quien a todos nos dio la vida. Él leyó las primeras líneas que he publicado en este espacio. A él le dedico todas aquellas que valgan la pena. A él y a todos los que me velan mientras padezco una larga noche más en silencio hasta ver amanecer.
Lluvia de medianoche
Ocurrió esta tarde, apenas poco después de pasado el mediodía solar. El cielo se oscureció de pronto, como si fuera de noche. Y la lluvia comenzó a golpear los alféizares y maineles con gotas de plata, semejante a aquella cascada aislada de primavera sobre el canchal en mitad del valle verde.
Llovió en abundancia y no paró sino de manera intermitente hasta la cena. Luego prosiguió con fuerza, pasada la medianoche, y me acerqué a cerrar las contraventanas. Abajo brillaban los adoquines plateados bajo la luz de las farolas anaranjadas. Se me ocurrió pensar en otras noches solitarias en las que me viera deambulando vagabundo entre las sombras, en países lejanos, ajeno a las diversiones de este mundo. Aún sigo sintiendo parte de aquel pasado que nunca se aleja del todo. Aún sigo contando los días y los años que partieron de momentos que no puedo olvidar y que no he desterrar por siempre.
Sé que mañana los charcos de esta lluvia de medianoche habrán desaparecido, pero por ahora voy a soñar con mares y tempestades imaginarias, los males de mis recuerdos, mucho más reales y temibles que la realidad misma.
Viajes
El viaje es algo antinatural. Tiene el regusto ácido de lo desconocido. Es la única forma inevitable de salir de nuestra zona de confort, que es nuestro hogar, pero no ofrece tampoco el remedio que ansiamos. No es un fin en sí mismo, sino un medio de alcanzar problemas diferentes a los que estamos acostumbrados a ver, o de ver los mismos problemas de otra manera. Son esas carreteras especiales de nuestra España sureña, mal llamadas autovías y nacionales, donde la vegetación y la fauna hacen su aparición de sorprendentes maneras, a veces accidentales. Caminos con forma de sierpe sobre colinas seculares, pobladas de torres de vigilancia donde antaño encendieran fogatas para advertir de peligrosos enemigos. Ahora, en tiempos de paz, sirven como puntos de referencia para hacernos saber cuánto nos queda, cuánto hemos recorrido. Cuando era niño me aburría soberanamente el paso de los kilómetros, ahora podría quedarme embobado contemplando cada curva del camino, cada grieta en la carretera, cada punto distintivo de la ruta que conozco a la perfección.
Aquel pueblo con nombre combinado de mar y sierra marcaba el límite de la sevillanía sobre campos áridos, de color anaranjado en verano. A continuación, la carrera subía progresivamente y atravesaba verdes prados, entre los más fértiles de España, pese a estar en el sur. Campos sombríos, protegidos por hileras de montañas, poblados de una hierba única que pastan las ovejas que hacen quesos galardonados y apreciados por los británicos, los mejores exploradores que ha conocido nuestra tierra. Lugares bendecidos por siglos de interminables guerras y paces traicioneras. Pueblos con carácter afable y bandolero al mismo tiempo, donde se acoge con una sonrisa de mujer al tiempo que se desconfía del forastero. Donde se conocen a la perfección las finas caricias como los puños apretados sobre una espada.
Cuando todo esto acabe
Me levantaré al alba con la maleta ya hecha. Habré dormido apenas tres o cuatro horas de madrugada. Pondré el coche a punto, apenas una ojeada a los niveles de aceite y agua, lo necesario para recorrer los cien kilómetros que me separan de la libertad. Saldré temprano, despacio, acelerando en su justa medida por las calles vacías. Veré de reojo amanecer a mi izquierda al pasar ante el campanario de la antigua Universidad Laboral, envuelto de rojo y gualda. Una vez en la autopista pisaré tres cuartos de pedal, manteniendo el límite de cien kilómetros por hora, ni uno más ni uno menos, hasta llegar a la rotonda de Utrera.
Veré al frente desfilar sobre las colinas nubes de lluvia fina con forma de trompas de elefante. Atravesaré la lluvia al pasar frente a El Coronil, pero apenas durará unos minutos, una vez suba la cuesta hacia Montellano, que espero poder coger en quinta, a plenas revoluciones, si no pillo ningún tractor delante.
Al fin pasaré bajo la autovía de Antequera, y podré reducir la marcha durante un rato a través de la carretera comarcal más septentrional de Cádiz, precedida por un puente viejo que cruzaré despacio, contemplando por breves instantes el arroyo del Serracín, serpenteando bajo adormecidos chopos y matorral. Al ver la sierra, giraré a la izquierda y subiré la cuesta que lleva a las montañas que siempre me han acogido en su seno sin imponerme ninguna condición. Entre ellas pienso dedicarme a pasar el resto de mis días, empezando por los largos meses estivales.
Será un verano extenso, sin tiempo ni horarios. El viejo coche me llevará de pueblo blanco en pueblo blanco. Recorreré cada callejuela olvidada, pasaré bajo cada arco desnudo y me acordaré de mis ancestros gaditanos que jamás conocí. Cada mediodía lo regaré de cerveza y tinto. Los viernes por la noche beberé vino blanco muy frío bajo las estrellas antes de irme a dormir. Solo saldré los sábados.
Pueblos blancos
Son de puras casas encaladas de blanco, encaramadas sobre robustas montañas, verdes en invierno y grises en verano.
Casas viejas, pequeñas y precarias, pero confortables en invierno, calentadas al son de pequeñas chimeneas, con suelos de barro, refugio estival contra el calor.
Calles estrechas donde huele a flores y a leña, recubiertas de pizarra y musgo, baldeadas por el agua de las lluvias de invierno y primavera, y el rocío fresco.
Pocos monumentos o castillos, solo los que la huella del tiempo no ha destruido, testigos mudos de la sangre valiente y auténtica de sus vecinos.
De plazas rojas y almenadas, torreones coronados y fuentes antiguas y susurrantes, que cantan en lenguas olvidadas ecos del pasado, esperanza en el presente y sueños de futuro.
El ángel caído
En el interior de todos nosotros mora el mal, acechando como una sombra tras el reflejo de luz que irradia un cuerpo al ser golpeado por el sol. Una vez fuimos inmortales, pero nuestra soberbia, aberrante pecado que siempre anida dentro de cada uno, ya sea más profunda o más visible, nos perdió para siempre. Somos hijos de la luz, pero moramos entre los páramos de la noche, bajo la fría lluvia de la perdición eterna, portando un farol encendido de esperanza. Tememos la soledad, pero estamos totalmente solos, incluso en medio de una multitud sonriendo a pesar de su dolor. El dolor que acarrea la vida consigo, por el mero hecho de existir y mantenernos vivos, por mucho que lo evitemos. Tal es el sino de nuestra existencia: un severo castigo, una condena eterna de la que no nos podemos librar, ya que fuimos soberbios en tiempos de antaño, allende cualquier calendario ideado por el hombre. Tanto dolor solo puede engendrar peores pensamientos, que al llevarse a cabo se hacen realidad y destruyen, tan reales como el verbo que se ha hecho carne, tan reales como las palabras duras que conllevan actos de crueldad, que nunca pueden perdonarse del todo. Como un ángel caído, arrojado desde los Cielos tras mediar una tormenta de rayos y truenos sobre el mundo aún nuevo y vacío. El mal golpeó la tierra virgen como un martillo y aún persiste entre las sombras. Un mal que quiso y pretendió amar el mundo para arrastrarlo hacia sí.
Una vez, hace tiempo, el mal tuvo forma de ángel y era bello, el más hermoso e inteligente de todos los cuerpos celestes, no por ello el más fuerte, aunque sin duda muy poderoso e influyente entre todos los espíritus. El mal suele disfrazarse de aparente belleza, de ahí que sea más difícil verlo, pero está ahí, latente y omnipresente, en cada rincón del mundo. Tenemos que aprender a ver más allá de las apariencias.