Coming of age

Hacerse mayor es soltar lastre y volar, pero nos da mucho miedo volar. Igual que caminar, tras caer una y otra vez. Pero no hay nada como la satisfacción de vernos en el aire, o desplazándonos a través del suelo, sea a pie, sea en bicicleta, sea asiendo un volante con las manos. Todos estos pasos me han costado mucho, puesto que nadie se ha ofrecido a dármelos, y el tiempo para poder alcanzarlos por mí mismo me ha supuesto mucho esfuerzo. También es este propio bloqueo el que me ha impedido realizar las cosas que se suponía que debía hacer por mí mismo el que ha propiciado que pensara que no era capaz de hacerlas. Para auto convencerse de que uno puede hacer algo tiene que ponerse manos a la obra. Es la única forma. No hay ninguna lección válida que extraer en la observación del fracaso ajeno, o escuchar consejos desacertados de personas que no comparten la misma experiencia vital, y no se ha de olvidar tampoco que no hay dos seres humanos iguales conviviendo en el mundo.

Cuando somos niños vemos las cosas de un modo más puro y entero que tras los años que suceden a nuestra frenética entrada al mundo adulto. Las preocupaciones, leves y graves, empañan nuestros sentidos y tornan nuestra vista de colores más grises. Las distracciones se hacen más necesarias, porque la realidad se convierte en pesadilla; es algo continuo. Solo entonces, en medio de ese glorioso entretenimiento, nos atrevemos a realizar y dar rienda suelta a nuestros sueños.

Amanecer

Qué has hecho durante toda tu vida, sino levantarte, una y otra vez, ascender poco a poco y enfrentarte a cada una de las etapas de tu vida, la mayoría de ellas absolutamente solo, poco a poco, sí, cayendo y poniéndote otra vez en pie, ascendiendo en la medida de lo posible en la escala social, logrando alcanzar con la punta de los dedos lo que te deniegan, enfrentándote a tus miedos y enemigos, a la soledad y los falsos amigos, a familiares que no son tal, y a personas que te quieren y han querido.

Qué has hecho sino aprender a parar los golpes que siempre has recibido, a ocupar toda la portería con tus frágiles hombros de niño, a salvar goles con la boca y nariz ensangrentadas, y codos y rodillas magulladas. A comprar lo que nunca tuviste, a luchar por lo que nunca soñaste pero sí anhelabas en silencio durante noches largas bajo la luz de la luna que entraba entre los barrotes de tu pobre ventana. Eras débil, siempre lo fuiste, pero eras en cambio resiliente, capitán, dueño y señor de tu destino, aunque solo veas noche a tu alrededor y huyas de la luz del alba, por no aguantar más el cansancio y por tener un estómago poco amigo del desayuno y del mañana.

Un día el sol se levantará como hace desde el este de la A-92 cada día, como hacía frente a tu armario empotrado calentando la pared de la habitación sin poder penetrar por ningún agujero. Como hace todas las mañanas que pasas durmiendo, naciendo desde Málaga y muriendo en las marismas del Odiel. Y ese día habrás de levantarte por última vez y ver que has dominado tu mayor miedo de todos, que es común a todos los hombres y mujeres del mundo que es, que fue y que será.

Pasión

Tambores, tambores, tambores.

Noche fría bajo la luna llena. Sevilla iluminada de naranja. Oro reluciente pasando por las calles. Seda fina cubriendo las piernas de las mujeres. Viejas que se santiguan al ver a su Madre celestial erguida sobre lechos de flores. Cirios. La luna se desplaza suavemente, haciendo brillar de plata los contornos y las hojas de los árboles. La plaza se ha hecho más grande y el mundo es también distinto al anterior.

Tambores, tambores, tambores.

Pasa el Hijo. Una hora después, la Madre.

Noche en blanco

Solo hay tres vivencias iguales de poderosas a pasar una noche sin dormir. La primera de entre todas ellas, una borrachera con alcohol barato de alta graduación. La segunda, sentir el ardor de perder la virginidad con una mujer desconocida. La tercera, ir al funeral de tu primer ser querido en decir adiós. Son momentos en los que el tiempo se detiene, el sol parece desfilar más despacio sobre el cielo y extraños fenómenos ocurren en la atmósfera, pero cómo darnos cuenta de ello al quedar atrapados en nuestras propias emociones.

La primera vez que viví algo parecido fue en Francia, hace ya casi una década, cuando, sin saber cómo ni por qué, narré mi vida a un rival hasta conseguir que se hiciera amigo mío durante un tiempo. Se nos pasaron las horas de la noche y cuando amaneció aún no habíamos terminado de hablar. Aquella noche en blanco hablamos de otra noche no muy lejana en la que quise perder mi intimidad con una amiga, la primera de todas, quien me abrió su corazón pero no por ello sus piernas, las cuales ansiaba de la misma manera que su mente y su alma. Tampoco pude dormir mucho después de vivir algo así.

La tercera y más dolorosa no fue de noche, sino de día, pero aquel día pareció alargarse en el tiempo de forma imposible, hasta hacerme incapaz de distinguir entre sueño y vigilia, entre mañana y tarde, entre vida y muerte. El día en que velamos a quien a todos nos dio la vida. Él leyó las primeras líneas que he publicado en este espacio. A él le dedico todas aquellas que valgan la pena. A él y a todos los que me velan mientras padezco una larga noche más en silencio hasta ver amanecer.

Lluvia de medianoche

Ocurrió esta tarde, apenas poco después de pasado el mediodía solar. El cielo se oscureció de pronto, como si fuera de noche. Y la lluvia comenzó a golpear los alféizares y maineles con gotas de plata, semejante a aquella cascada aislada de primavera sobre el canchal en mitad del valle verde.

Llovió en abundancia y no paró sino de manera intermitente hasta la cena. Luego prosiguió con fuerza, pasada la medianoche, y me acerqué a cerrar las contraventanas. Abajo brillaban los adoquines plateados bajo la luz de las farolas anaranjadas. Se me ocurrió pensar en otras noches solitarias en las que me viera deambulando vagabundo entre las sombras, en países lejanos, ajeno a las diversiones de este mundo. Aún sigo sintiendo parte de aquel pasado que nunca se aleja del todo. Aún sigo contando los días y los años que partieron de momentos que no puedo olvidar y que no he desterrar por siempre.

Sé que mañana los charcos de esta lluvia de medianoche habrán desaparecido, pero por ahora voy a soñar con mares y tempestades imaginarias, los males de mis recuerdos, mucho más reales y temibles que la realidad misma.

Viajes

El viaje es algo antinatural. Tiene el regusto ácido de lo desconocido. Es la única forma inevitable de salir de nuestra zona de confort, que es nuestro hogar, pero no ofrece tampoco el remedio que ansiamos. No es un fin en sí mismo, sino un medio de alcanzar problemas diferentes a los que estamos acostumbrados a ver, o de ver los mismos problemas de otra manera. Son esas carreteras especiales de nuestra España sureña, mal llamadas autovías y nacionales, donde la vegetación y la fauna hacen su aparición de sorprendentes maneras, a veces accidentales. Caminos con forma de sierpe sobre colinas seculares, pobladas de torres de vigilancia donde antaño encendieran fogatas para advertir de peligrosos enemigos. Ahora, en tiempos de paz, sirven como puntos de referencia para hacernos saber cuánto nos queda, cuánto hemos recorrido. Cuando era niño me aburría soberanamente el paso de los kilómetros, ahora podría quedarme embobado contemplando cada curva del camino, cada grieta en la carretera, cada punto distintivo de la ruta que conozco a la perfección.

Aquel pueblo con nombre combinado de mar y sierra marcaba el límite de la sevillanía sobre campos áridos, de color anaranjado en verano. A continuación, la carrera subía progresivamente y atravesaba verdes prados, entre los más fértiles de España, pese a estar en el sur. Campos sombríos, protegidos por hileras de montañas, poblados de una hierba única que pastan las ovejas que hacen quesos galardonados y apreciados por los británicos, los mejores exploradores que ha conocido nuestra tierra. Lugares bendecidos por siglos de interminables guerras y paces traicioneras. Pueblos con carácter afable y bandolero al mismo tiempo, donde se acoge con una sonrisa de mujer al tiempo que se desconfía del forastero. Donde se conocen a la perfección las finas caricias como los puños apretados sobre una espada. 

Calles vacías

Las calles del centro de Sevilla son a día de hoy maravillosamente silenciosas; solo se levantan rumores al fondo de las mismas, en las plazas y plazoletas y en lo más hondo de las tascas cerradas, pero con plena actividad en su interior. En ellas, el tiempo se detiene al son de palmas y choques de vasos anchos de cerveza, en plena clandestinidad con el apoyo cómplice de los vecinos. Las calles desprenden olores variados: a puchero de mediodía, a lejía, a tarde mortecina de domingo y a azahar caído de los árboles, todo ello mezclado con polen mustio y restos de pipí perruno.

Las patrullas de policía escasean en las calles del centro, por falta de medios para atender la demanda imaginada por el gobierno de Madrid. Ni rastro de militares o de cuerpos especiales armados en el casco histórico; quizá se estima (erróneamente) que sus habitantes se comportan con más educación y compostura que el resto de la ciudad.

Durante la primavera las nubes han descargado parte del cercano mar sobre nuestra tierra y renovado el aire que se respira a diario, tornando nuestra ciudad en algo parecido a lo que era antes y, en realidad, nunca dejó de ser: un pueblo grande, semejante a los de alrededor, pero habitado por gente en general bastante más estúpida, dándose aires de ciudadanos de algo diferente.

Cuando todo esto acabe

Me levantaré al alba con la maleta ya hecha. Habré dormido apenas tres o cuatro horas de madrugada. Pondré el coche a punto, apenas una ojeada a los niveles de aceite y agua, lo necesario para recorrer los cien kilómetros que me separan de la libertad. Saldré temprano, despacio, acelerando en su justa medida por las calles vacías. Veré de reojo amanecer a mi izquierda al pasar ante el campanario de la antigua Universidad Laboral, envuelto de rojo y gualda. Una vez en la autopista pisaré tres cuartos de pedal, manteniendo el límite de cien kilómetros por hora, ni uno más ni uno menos, hasta llegar a la rotonda de Utrera.

Veré al frente desfilar sobre las colinas nubes de lluvia fina con forma de trompas de elefante. Atravesaré la lluvia al pasar frente a El Coronil, pero apenas durará unos minutos, una vez suba la cuesta hacia Montellano, que espero poder coger en quinta, a plenas revoluciones, si no pillo ningún tractor delante.

Al fin pasaré bajo la autovía de Antequera, y podré reducir la marcha durante un rato a través de la carretera comarcal más septentrional de Cádiz, precedida por un puente viejo que cruzaré despacio, contemplando por breves instantes el arroyo del Serracín, serpenteando bajo adormecidos chopos y matorral. Al ver la sierra, giraré a la izquierda y subiré la cuesta que lleva a las montañas que siempre me han acogido en su seno sin imponerme ninguna condición. Entre ellas pienso dedicarme a pasar el resto de mis días, empezando por los largos meses estivales.

Será un verano extenso, sin tiempo ni horarios. El viejo coche me llevará de pueblo blanco en pueblo blanco. Recorreré cada callejuela olvidada, pasaré bajo cada arco desnudo y me acordaré de mis ancestros gaditanos que jamás conocí. Cada mediodía lo regaré de cerveza y tinto. Los viernes por la noche beberé vino blanco muy frío bajo las estrellas antes de irme a dormir. Solo saldré los sábados.

Pueblos blancos

Son de puras casas encaladas de blanco, encaramadas sobre robustas montañas, verdes en invierno y grises en verano.

Casas viejas, pequeñas y precarias, pero confortables en invierno, calentadas al son de pequeñas chimeneas, con suelos de barro, refugio estival contra el calor.

Calles estrechas donde huele a flores y a leña, recubiertas de pizarra y musgo, baldeadas por el agua de las lluvias de invierno y primavera, y el rocío fresco.

Pocos monumentos o castillos, solo los que la huella del tiempo no ha destruido, testigos mudos de la sangre valiente y auténtica de sus vecinos.

De plazas rojas y almenadas, torreones coronados y fuentes antiguas y susurrantes, que cantan en lenguas olvidadas ecos del pasado, esperanza en el presente y sueños de futuro.

El ángel caído

En el interior de todos nosotros mora el mal, acechando como una sombra tras el reflejo de luz que irradia un cuerpo al ser golpeado por el sol. Una vez fuimos inmortales, pero nuestra soberbia, aberrante pecado que siempre anida dentro de cada uno, ya sea más profunda o más visible, nos perdió para siempre. Somos hijos de  la luz, pero moramos entre los páramos de la noche, bajo la fría lluvia de la perdición eterna, portando un farol encendido de esperanza. Tememos la soledad, pero estamos totalmente solos, incluso en medio de una multitud sonriendo a pesar de su dolor. El dolor que acarrea la vida consigo, por el mero hecho de existir y mantenernos vivos, por mucho que lo evitemos. Tal es el sino de nuestra existencia: un severo castigo, una condena eterna de la que no nos podemos librar, ya que fuimos soberbios en tiempos de antaño, allende cualquier calendario ideado por el hombre. Tanto dolor solo puede engendrar peores pensamientos, que al llevarse a cabo se hacen realidad y destruyen, tan reales como el verbo que se ha hecho carne, tan reales como las palabras duras que conllevan actos de crueldad, que nunca pueden perdonarse del todo. Como un ángel caído, arrojado desde los Cielos tras mediar una tormenta de rayos y truenos sobre el mundo aún nuevo y vacío. El mal golpeó la tierra virgen como un martillo y aún persiste entre las sombras. Un mal que quiso y pretendió amar el mundo para arrastrarlo hacia sí.

Una vez, hace tiempo, el mal tuvo forma de ángel y era bello, el más hermoso e inteligente de todos los cuerpos celestes, no por ello el más fuerte, aunque sin duda muy poderoso e influyente entre todos los espíritus. El mal suele disfrazarse de aparente belleza, de ahí que sea más difícil verlo, pero está ahí, latente y omnipresente, en cada rincón del mundo. Tenemos que aprender a ver más allá de las apariencias.